lunes, 27 de abril de 2009

La Virgen aparecida en Gibraleón y su danza del Sol

El lunes catorce de octubre de 1991, la prensa provincial existente en Huelva en aquel momento no dudó en afirmar sin ningún pudor y en pleno titular de portada que “El sol se movió ayer en Gibraleón”. Semejante irresponsabilidad sirvió para dar alas a un disparatado montaje aparicionista que se estaba desarrollando en esa localidad próxima a la capital onubense. Una vidente adulta protagonizaba un caso de supuestas apariciones marianas en Gibraleón, consiguiendo que cientos de fanáticos convirtieran unos terrenos próximos al casco urbano en un lugar sagrado donde reunirse en torno a ella, para que a su través, “la Virgen les hiciera llegar sus mensajes”.

Por entonces, la provincia de Huelva ya había contado con un caso notorio de apariciones marianas, el protagonizado en 1987 por una niña en la pedanía jabugueña de El Repilado. El fenómeno del movimiento aparicionista se estaba esparciendo por todos lados, tanto en nuestro país como en el resto del mundo, por lo que era muy frecuente encontrarse con nuevos puntos de la geografía en los que saltaba la noticia de que alguna persona afirmaba ver a la Madre de Dios y que ésta le daba mensajes. Curiosamente este último punto resultaba no ser enteramente cierto, puesto que lo que ocurría a la vista de seguidores y curiosos era que la supuesta Virgen poseía a la persona elegida para hablar directamente por su boca en unos instantes de trance. El esquema era similar prácticamente en todas partes.

Esta vez le tocó el turno a Gibraleón, de nuevo en nuestra provincia. Corría el año 1991 cuando un grupo no muy numeroso de personas comenzó a reunirse entorno a una encina situada en el paraje conocido por el nombre de El Alto Micael, acompañando a una vecina de la localidad olontense, María del Carmen Pérez de la Rosa. Esta mujer, denominada en su entorno con el apelativo cariñoso de María, afirmaba ver en la encina a la Virgen María, y que ésta le hablaba. La vidente, nombre con el que se designa en el mundillo de las apariciones marianas a la persona privilegiada con el supuesto don de ver a la Santa Madre cuando el resto no puede, manifestaba que la Virgen se le aparecía en su propio domicilio desde hacia dos años. Según contaba María, fue la propia Virgen quien le instó a cambiar de emplazamiento y quien la guió hasta aquella encina. María y un grupo de amigos y vecinos acudían todas las mañanas del mes de agosto a rezar el rosario. Allí, la Virgen se aparecía en algunas ocasiones. Sólo era vista por María. Sus mensajes eran muy similares a los habituales en otros casos de apariciones, hablando de penitencia, castigos, oración y sacrificio.

El modelo a imitar entre las apariciones marianas es el establecido en Fátima en las primeras décadas del siglo XX. El trece de octubre de 1917 se produjo en esa localidad lusa, ante 70.000 testigos, el supuesto milagro de la danza del sol, consistente en que el astro rey hace unos extraños giros y evoluciones ante la mirada de los fieles, sin dañarles la vista. Para este fenómeno se han dado varias explicaciones que descartan la absurda pretensión de que el sol pueda interrumpir su traslación por el espacio y que, para mayor disparate, esto sólo sea apreciable desde el lugar de la aparición. La presencia de ovnis o una especie de alucinación colectiva, provocada por un cúmulo de energía psíquica emanada de una gran masa de gente que espera ser protagonista de un milagro, son algunas de las más utilizadas.

A raíz de aquellos hechos, casi todas las recientes apariciones marianas han contado en alguna ocasión con un supuesto milagro similar al descrito en Fátima. Por eso, cuando la supuesta Virgen de las apariciones de Gibraleón anunció un hecho sobrenatural para el 13 de octubre de 1991, rápidamente se especuló con una danza del sol. El rumor se extendió y en la fecha fijada se congregaron en el lugar unas mil personas. Comenzó el rezo del rosario y al cabo de un rato se produjo el esperado encuentro entre vidente y Virgen. En el transcurso del diálogo, la Señora pidió que se mirara al sol para ver en él su imagen y la de la Cruz. En ese momento se disparó la histeria y gran parte de los presentes comenzaron a ver cosas extrañas, que fueron interpretadas como hechos milagrosos. Giros o desplazamientos veloces del sol, luces en el interior del astro o junto a él, o el hecho de mirar al sol sin ser cegados por su luz eran los argumentos esgrimidos por los defensores del caso.


Afortunadamente, en el lugar también había gente seria y objetiva, como el investigador Moisés Garrido, que constató la presencia de nubes que filtraban la luz solar y cuyo desplazamiento provocaba el efecto óptico de que el sol se movía. Como es lógico, el sol no se movió fuera de su órbita, pese a lo que afirmara el autor o autora del artículo que cité al comienzo. En cuanto a las luces o manchas junto al astro o en su interior, son achacables a las impresiones luminosas en las retinas de los observadores. La historia de las apariciones de Gibraleón ya no tenía freno. Seguidores y detractores comenzaron una encarnizada lucha, que sólo sirvió para darle más publicidad aún al caso. La primera voz en alzarse en contra de las supuestas apariciones fue la del párroco olotense, Diego Suárez Mora, quien no dudó en afirmar que todo era falso y que la vidente había protagonizado otras presuntas historias descabelladas. Según el párroco, María había afirmado en alguna ocasión que se le aparecía una niña muerta de la localidad, lo cual no había gustado nada, siempre según Diego Suárez, a la familia de la pequeña difunta. Según la versión del párroco, María había ejercido alguna vez de curandera, y en alguna ocasión afirmó poseer una figura del Corazón de Jesús que movía los ojos y los labios. Por otra parte, en una visita que realicé a Gibraleón en noviembre de ese mismo año en compañía del investigador Alejandro Rubio, en el convento de la Orden de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento nos afirmaron estar convencidas de que nada divino había detrás de todo aquello, puesto que la obra divina une a los hombres y no los separa. Las monjas adoratrices dijeron rezar a diario pidiendo a Dios que si aquello era obra suya, que siguiera adelante y si no, que desapareciera.

Ambos investigadores asistimos a una sesión de apariciones, en la que constatamos que el esquema era similar al de otros casos de videntes adultos, con un considerable tufillo a montaje descarado. Evidenciamos la presencia de un grupo de acólitos que trabajaba en el entorno más inmediato de la vidente para dar credibilidad al fenómeno. Una de sus tareas era asegurar a los periodistas un lugar privilegiado para la observación de los acontecimientos. Ese mismo grupo se encargaba algún tiempo más tarde -en nuevas visitas nuestras al enclave- de mostrar a los curiosos fotografías con presuntos hechos milagrosos acaecidos en el paraje. De la observación de tales fotos se apreciaba que se trataba de simples efectos ópticos logrados enfocando a contraluz al disparar las cámaras.

En pleno tinglado aparicionista, la destacada seguidora de las manifestaciones marianas, Esperanza Ridruejo, más conocida como “Pitita”, visitó en 1993 Gibraleón, antes de impartir una conferencia sobre el tema en el salón de actos del vicerrectorado onubense. Para “Pitita” Ridruejo, la sencillez de la vidente, la devoción y el respeto que ella había encontrado en el caso y el contenido de los mensajes, entre otras cosas, le hacían pensar que en Gibraleón se estaba apareciendo realmente la Virgen María. Este nuevo espaldarazo a la vidente María no sirvió para que el caso se perpetuara.

No sabemos si por las plegarias de las adoratrices o porque todas las cosas caen por su peso, lo cierto es que el caso está cerrado desde hace bastante tiempo, ya que la Virgen dejó de aparecerse, aunque la vidente afirmara que estaba presente cuando rezaban el rosario en el lugar, cosa que ocurrió con frecuencia durante cierto tiempo, puesto que los acólitos siguieron acudiendo con bastante asiduidad. El trece de julio de 1993 la ya conocida como Virgen de la Encina le había dicho a la vidente que no volvería a aparecerse. Al parecer, la Madre de Dios cumplió su promesa, dejando que poco a poco se fuera diluyendo el tufillo marianista que tanta atención había acaparado durante varios años.

Esta es, básicamente, la historia en la que una supuesta vidente, movida por no sabemos qué motivos o, incluso, tal vez de forma inconsciente, protagonizó unos hechos similares a tantos otros casos. Unos hechos que -en muchos de esos casos- acaban arrastrando a personas que se encuentran desesperadas o que buscan con ansia una realidad divina a la que aferrarse. Gente sin escrúpulos que se aprovecha de la buena voluntad de sus semejantes.

miércoles, 1 de abril de 2009

Cráneos trepanados y dioses de pizarra

Uno de los grandes misterios de la antigüedad lo constituye, sin duda alguna, el caso de las trepanaciones de cráneos, un fenómeno de distribución prácticamente universal. En Jabugo se conoce desde principios del siglo XX uno de esos cráneos trepanados, correspondiente al periodo Neolítico. Pero, antes de entrar en materia convendría recordar que una trepanación consiste en realizar un orificio en el cráneo, es decir en retirar un trozo óseo de la calota (pero sin llegar a dañar las meninges) mediante variadas técnicas de incisión. Esta práctica tuvo su máximo apogeo durante el Neolítico, aunque las primeras trepanaciones conocidas datan del Epipaleolítico, hace unos 11 milenios. Pese a este dato muchos estudiosos opinan que esta práctica podría ser mucho más antigua aún. La perforación craneal ha suscitado polémica, ya que los expertos no han llegado a ponerse de acuerdo sobre su motivación. Ciertos investigadores sostienen que se trataba de una intervención quirúrgica destinada a aliviar enfermedades cerebrales o que constituían tratamientos para tumores óseos de la calota e incluso cerebrales. Por el contrario, otros antropólogos defienden que se trataba de una práctica de iniciación, tras la cual el individuo que había sido sometido a dicha intervención comenzaba a ser considerado como adulto en caso de sobrevivir al proceso. Tampoco se descarta que la intencionalidad de esta actividad fuera dejar salir por el orificio, según ritos y creencias ancestrales, los malos espíritus o las enfermedades.

Ya avanzamos al comienzo que el cráneo trepanado hallado en nuestra provincia fue encontrado en la localidad de Jabugo, famosa por sus productos del cerdo ibérico. En concreto, en el yacimiento de la Cueva de la Mora. Esta cavidad se originó por un proceso cárstico en unos mármoles dolomíticos de edad correspondiente al Cámbrico Inferior. Estos materiales afloran en un área situada al norte del casco urbano jabugueño. Se trata de una cavidad de desarrollo casi horizontal con una leve pendiente hacia el Este. Está localizada en la vertiente sur de un cerro de 625 m. de altitud. Posee dos salas, la mayor, al comienzo, con unos siete metros de bóveda y la segunda, situada a mayor cota, de dimensiones más reducidas y con menor interés arqueológico. La importancia de este yacimiento, empleado como lugar de hábitat y funerario, radica en la amplia secuencia poblacional que se ha detectado y en el interés cuantitativo y cualitativo de la cultura material que se encuentra asociada a los diferentes periodos de ocupación.

Para conocer más a fondo el cráneo trepanado descubierto en Jabugo comenzaremos haciendo un poco de historia sobre el yacimiento que lo albergaba, basándonos en las investigaciones de dos buenos amigos, los arqueólogos Eduardo Romero y Timoteo Rivera, que lo han investigado en profundidad. Según la documentación que han manejado, en 1906, Juan Manuel Romero Martín, propietario de la finca “El Mirón”, inició unas labores de limpieza para convertir en almacén una cueva que había en aquel paraje. Los trabajos pusieron al descubierto algunos materiales arqueológicos que evidenciaban su uso por comunidades prehistóricas y llamaron la atención del dueño de los terrenos, quien lo notificó al Museo Arqueológico Nacional y donó los materiales a tal institución. Juan Manuel Romero inició en 1922 nuevas excavaciones, encontrando otros materiales que fueron mostrados en la Exposición Iberoamericana de 1929, para pasar después a estar depositados en el Museo Arqueológico de Sevilla. De todas esas labores nos ha quedado un importante legado consistente en piezas arqueológicas recogidas en museos, abundante documentación epistolar y un gran archivo fotográfico de material arqueológico (de muchas piezas se desconoce el actual paradero).

Los trabajos de excavación realizados por Juan Manuel Romero alcanzaron los cinco metros de profundidad, constatándose la existencia de poblamiento desde la Edad del Bronce hasta el Neolítico, así como en época romana. Cabe la posibilidad de que la cueva también estuviera habitada en el Paleolítico Superior, ya que en el Museo Provincial de Huelva existe una pieza ósea grabada datada en la etapa magdaleniense, que está atribuido a dicho yacimiento en base a una referencia incompleta, aunque podría corresponder a algún otro yacimiento con el mismo nombre (como el de la Cueva de la Mora de La Umbría/Puerto Moral). El soporte óseo corresponde a un radio de cáprido o cérvido, en el que se han grabado, por una cara, la figura de un ciervo con la cabeza vuelta, parte de otro animal y dos patas de un tercero. En la otra cara aparece la imagen de un rinoceronte.

En cuanto al periodo Neolítico, en la Cueva de la Mora se recuperó material que corresponde a vasos cerámicos decorados (que se datan en la primera mitad del IV milenio a.C.). Tales utensilios tienen formas globulares y ovoides, que presentan decoración en franjas junto al borde. Esta decoración está basada en impresiones, incisiones y acanaladuras. Pero el mayor porcentaje del repertorio ergológico de esta Cueva se encuadra en el periodo Calcolítico, entre el 2500 a. C. y principios del II milenio a. C. En esta cultura material destacan los ítems de carácter ideológico, los denominados ídolos placas, construidos sobre pizarras o esquistos. Presentan formas rectangulares y trapezoidales, con una o dos perforaciones. Están decorados con bandas y triángulos reticulados (también llamados “dientes de lobo”), líneas en zig-zag, motivos de “chevrons” y soles. Estas piezas son similares a las halladas en la comarca lusa del Alentejo, donde son muy abundantes. Otras localidades onubenses también han aportado ejemplares de ídolos placa. Los dólmenes de El Pozuelo, en Zalamea la Real, son el ejemplo más prolífico. Además, el arqueólogo Enrique Pérez halló otro ídolo de pizarra en la excavación de una sepultura de cúpula en San Bartolomé de la Torre. En Aljaraque fueron halladas otras dos piezas de esta naturaleza. Estos ídolos placa encierran en su utilidad un gran misterio, por lo que por sí solos merecen un amplio estudio.

En lo referente al material lítico hallado en la caverna jabugueña, se encontraron hachas pulimentadas, pulidores, láminas de sílex y una pieza interpretada como alabarda. La cerámica corresponde a vasos que presentan formas con tendencias esféricas, elipsoidales, cilíndricas o troncocónicas, la mayoría sin decoración y de pequeño o mediano tamaño. Destacan en cuanto a la decoración, 2 vasos con motivos de ajedrezado y de líneas en zig-zag, así como los fragmentos de cerámica campaniforme. De la Edad del Bronce también existen evidencias de ocupación en esta cavidad. En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid están depositados los materiales hallados en el interior de un característico enterramiento en cista, como ajuar funerario, que son un cuenco y otros objetos de cerámica, hachas pulimentadas y un ídolo placa. Además de esos, se documentan otros materiales como vasos o un fragmento cerámico con escorificaciones, que podría corresponder a un crisol o a una vasija-horno.

Por otra parte, los responsables de las excavaciones detectaron la existencia de grabados rupestres en el interior de la cavidad, representando a diversos animales, como avestruces y elefantes, entre otros. En una primera valoración no se ha confirmado su autenticidad pues no presentan pátinas, por lo que se está pendiente de contrastar su autenticidad. Puede que fueran realizados durante el pasado siglo, lo cual no se sabrá hasta que no se hagan los estudios pertinentes. En la Cueva de la Mora se ha constatado la presencia de restos faunísticos, como cráneos u otros huesos de tejón, comadreja, Capra hispánica, zorro, meloncillo y conejo. Pero lo más interesante es la existencia de restos humanos procedentes de los enterramientos realizados en su interior. La presencia de un mínimo de ocho individuos se deriva del estudio de tales restos, aunque podrían ser más.

El más importante de los restos óseos es sin duda alguna el cráneo trepanado, que presenta su respectiva mandíbula. Ambas piezas evidencian una preservación óptima. Corresponden a un adulto masculino, joven aún. Se trata de la única trepanación documentada hasta el momento en la provincia de Huelva y la tercera en Andalucía occidental, pero quizás no haya sido la única de la Cueva de la Mora, ya que parece haber evidencias fotográficas de otros restos con este tipo de operación, aunque lamentablemente se desconoce su actual paradero. El cráneo que nos ocupa presenta una perforación completa, con gran pérdida de sustancia oval en la zona central de la calota, de mayor anchura en la parte posterior, afectando al frontal y a ambos parietales. Las paredes de la trepanación son oblicuas, con una mayor pérdida de sustancia en la tabla externa. Las características de esas paredes evidencian una reacción cicatricial con supervivencia del individuo trepanado, en especial la porosidad del contorno en algunas zonas (en relación a un proceso infeccioso secundario).

La técnica de producción de la trepanación fue el legrado o abrasión por medio de un instrumento de piedra de superficie granujienta utilizado a modo de lima. Al margen de la trepanación, los otros únicos daños patológicos que presenta la calavera son dos pequeñas erosiones. La supervivencia pudo llegar a las dos semanas. Parece descartarse una intencionalidad médicoquirúrgica en la práctica de la trepanación, por lo que cabe inclinarse por un origen relacionado con prácticas mágicas o religiosas. Unas prácticas que nos abren las puertas a las incógnitas que se ciernen sobre aquella gente, sobre sus creencias y su visión de los temas trascendentes. Un misterio que tal vez nunca llegue a aclararse.

martes, 17 de marzo de 2009

Humanoides en la costa, el encuentro de Rafael Peralta y otros casos

Debido al enorme número de casos de avistamientos de ovnis en todo el mundo, los investigadores del fenómeno nos hemos visto en la necesidad de establecer unos criterios de clasificación con los que agrupar los casos, para poder analizarlos con mayor precisión y poder sacar conclusiones con más objetividad. El primer criterio de clasificación es la distancia entre el testigo y el supuesto objeto observado, lo que supone que existen dos tipos de avistamientos: lejanos y cercanos. Los avistamientos lejanos, analizados aisladamente, carecen de especial interés porque aportan escasa información sobre el objeto y porque se prestan en demasía a ser el resultado de algún error de percepción. Por su parte, los avistamientos cercanos se subdividen en cuatro categorías o tipos, según si el objeto está en vuelo (1º), si está aterrizado (2º), si está aterrizado y son perceptibles seres asociados a él (3º), y si el observador supuestamente interacciona con el objeto (4º).

Cuanto más complejo es el caso, más llamativo resulta para los investigadores y más atracción ejerce sobre los medios de comunicación, aunque existen otras circunstancias que elevan ese interés. Es eso lo que ocurre con el caso acaecido en nuestra provincia en julio de 1982, un avistamiento cercano del tercer tipo que, además, estuvo protagonizado por un personaje famoso: Rafael Peralta, una figura del arte del rejoneo. Con el aliciente añadido de la popularidad del protagonista, el caso fue muy divulgado en su momento, aunque al principio Peralta sólo relató los hechos a su familia. Cuando la información trascendió el círculo familiar y llegó a los medios de comunicación, el prestigioso investigador Juan José Benítez estudió a fondo el caso, incluyéndolo en alguno de sus libros sobre temática ufológica.

Rafael Peralta contaba en aquel momento con cuarenta y tres años de edad. En la tarde del domingo veinticinco de julio de 1982 toreó en la plaza de La Línea de la Concepción. Tras la corrida acompañó a su cuadrilla hasta la capital hispalense. Desde allí, Peralta se dirigió en su vehículo, un potente Mercedes, hacia Punta Umbría, población en la que se encontraba veraneando su familia. El trayecto de Sevilla a Punta lo realizó solo. Sobre las cuatro de la Madrugada, cuando se acercaba al cruce de La Bota, observó unas luces rojas y amarillas intermitentes junto al ramal de carretera que sale del cruce en dirección a Punta Umbría, sobre la arena, en el lado que da al mar. El afamado torero pensó que se trataba de algún accidente de tráfico, por lo que aminoró la velocidad del coche hasta detenerse a unos veinte metros del lugar en que estaban las luces.

Peralta se apeó y caminó hacia las luces con el propósito de prestar ayuda a los posibles accidentados. Cuando se acercaba, comprobó estupefacto que no se trataba de ningún accidente de tráfico. Según su testimonio, allí lo que había era un objeto casi cuadrado con las aristas redondeadas, de unos cinco o seis metros de largo por tres o cuatro de alto, con un brillo plateado muy intenso. El conocido rejoneador se paró a medio camino con la certeza de que aquello no era algo normal. Al detenerse reparó en otro detalle. A la derecha del objeto, Rafael descubrió a un individuo muy alto, de más de dos metros y medio, que se encontraba frente a él. Aquel ser parecía no tener brazos, ni cabellos, ni facciones. Su cabeza parecía como cubierta con una especie de malla metálica y era cuadrada. Las piernas parecían partir de más abajo de las ingles. Nuestro hombre no daba crédito a lo que veía.

El extraño ser emitió un sonido gutural, seco, entrecortado y con cierto tono metálico. Rafael oyó algo así como “ba-ra-ra-rá”, y no entendió absolutamente nada, por lo que le preguntó al personaje “¿qué dices?”. No obtuvo respuesta. El humanoide se adentró en el objeto sin que el rejoneador acertara a captar ni cómo, ni por dónde. Seguidamente el objeto se elevó y, siempre en silencio, se dirigió hacia el mar. Peralta volvió al coche y durante unos minutos buscó las llaves, pues con el nerviosismo no recordaba dónde las había dejado. Cuando por fin las encontró, arrancó el vehículo y puso rumbo a su casa, a donde llegó invadido por un miedo que no lo dejó dormir en toda la noche. Su reloj se había quedado parado a las cuatro y pico, y no volvió a funcionar hasta pasados varios días.

Curiosamente, el catorce de ese mismo mes se había producido algún avistamiento de ovnis en la misma zona. Pasadas las tres de la madrugada, unos veraneantes madrileños vieron en el mismo cruce un objeto que evolucionaba sobre el mar. Al llegar a Punta Umbría alertaron a varios vecinos que fueron así también testigos de las maniobras del objeto, que en ocasiones descendía hasta casi tocar la superficie del agua, iluminándola con potencia.

No ha sido este caso el único en nuestra provincia en el que se observa un ser de aspecto humanoide, el propio Benítez nos dio a conocer otros casos que resultan muy adecuados para referirlos a continuación. Comenzaremos por el avistamiento ocurrido en Villablanca el día diecinueve de marzo de 1967. La historia fue protagonizada por el pastor de la localidad, Domingo De la Cruz Orta, el “Hilario”, y por el “zagal” que le ayudaba en las faenas de cuidar a las ovejas, Fernando Cavaco, un chico de unos doce años de Cartaya. A las dos de la madrugada, ambos regresaban con el ganado después de haber pastado furtivamente en una finca próxima cuando divisaron una luz muy potente junto a unas cuadras. Primero pensaron que sería un paisano que atendía al ganado, pero cuando se situaron a unos doscientos metros vieron que era un extraño personaje que portaba una especie de foco.

Tras deambular por la zona, aquel ser se elevó por los aires hasta que sólo era visible la luz proyectada. Primero se desplazó en dirección a Portugal y después se dio la vuelta hacia el punto de partida. Antes de llegar cayó por un barranco y después siguió acercándose, volando a unos veinte o treinta metros de altura. A medida que descendía, la luz disminuía y se hacía más visible la silueta del humanoide, que volaba en posición vertical sin que se viera ningún aparato que propiciara tal desplazamiento, como si levitara, y sin emitir ni un solo sonido. El pastor se acercó algo más al ser, una vez se posó de nuevo. Observó que vestía pantalón y chaqueta bien abrochada que le parecieron de pana, con un sombrero en el que brillaba algo metálico y que el ayudante percibió más bien como una corona. La indumentaria hizo pensar al “Hilario” que podía tratarse de uno de los guardas de la finca que acababan de abandonar, aunque no podía comprender lo del vuelo.

Ante esa posibilidad, el pastor se acercó hacia el ser con la intención de solucionar la falta cometida, pero cuando estuvo a pocos pasos -y ambos se detuvieron- observó que no era ningún guarda. Antes de poder emitir alguna palabra, el humanoide se giró y se alejó. Poco después volvió a elevarse, aumentando la luz hasta que la claridad lo ocultó a la vista. La luminaria se alejó en dirección al Guadiana alumbrando los campos en su trayectoria. Cuando desapareció de forma definitiva, los pastores retomaron el rebaño -en todo momento tranquilo- y se recogieron siendo poco más de las tres de la madrugada.

El siguiente caso es el que protagonizó la prestigiosa pintora María Asunción Echagüe en noviembre de 1972. Tenía cuarenta y cuatro años por entonces y vivía en Isla Cristina. Una mañana salió a pasear por la playa con su hermana Concha y la perrita Tekel. Vieron pisadas, dos pares de hileras separadas entre sí un metro. Parecían pisadas normales, salvo por el detalle de que eran afiladas por la delantera. Presentaban un avance unísono, saliendo perpendicularmente del agua y desapareciendo súbitamente a cierta distancia, en las dunas que cerraban la playa, como si los caminantes se hubieran esfumado durante el avance. Eso asustó a las mujeres, que decidieron volver a casa.

Según confesó la pintora a J. J. Benítez, poco antes del mediodía, se puso a regar las plantas de la terraza y descubrió en un jardín a unos cuarenta metros a dos individuos de casi dos metros de altura, con melenas de color blanco brillante, con trajes ajustados de una sola pieza, de color gris refulgente y como granulado, con algo oscuro en el pecho y el cuello. La pintora estupefacta se preguntó qué serían. En ese momento, los seres se giraron y la miraron, alzando sus brazos derechos con tres dedos extendidos. La testigo creyó recibir una comunicación que la llenó de paz y alegría. A continuación, se marcharon y desaparecieron entre los árboles cercanos. A poca distancia, un niño del vecindario observaba a los extraños seres y, cuando la vio, le preguntó a María Asunción si había observado aquellos extranjeros tan raros.

En el mes de enero siguiente, María Asunción observó al oscurecer, bajo las aguas del mar, una gran luz que cambiaba de color, entre el azul, el verde y el naranja. El fenómeno duró unos diez minutos. La pintora protagonizó otro avistamiento singular el 29 de septiembre de 1982, dos meses después de la experiencia de Peralta. Al levantarse vio hacia el este un panecillo luminoso de color anaranjado, de tamaño aparente mayor que la luna llena, y que se apagó de repente. A continuación, observó por el balcón, hacia el oeste, otras dos luces, una ovalada y la otra, como doble, con la parte superior más pequeña que la inferior. Esa misma noche también fueron testigos de los avistamientos unos policías locales, comerciantes y marineros de Isla Cristina.

sábado, 7 de marzo de 2009

La leyenda de la Romana de Oro de la Cueva de la Mora de La Umbría-Puerto Moral

La Sierra del Parralejo es una montaña que abarca el sur del término municipal de Puerto Moral y una pequeña extensión de terrenos pertenecientes al de Aracena. En la parte de la solana, en la ladera suroriental de dicha sierra, a pocos metros del límite entre ambos municipios, se encuentra la Cueva de la Mora (homónima de otros enclaves serranos en Jabugo, Los Romeros y la propia Cueva de la Mora, perteneciente al municipio de Almonaster la Real). Se trata de una pequeña cavidad horadada en la roca caliza, cuya entrada tiene una orientación que le permite recibir bastante luz solar a lo largo del día. A su alrededor crece una extensa masa de matorral, en la que destacan las madroñeras y otros arbustos. Por pocos metros la cueva se encuentra en terreno aracenés desde la emancipación local de Puerto Moral hace un par de siglos. Pese a ello, esta localidad considera la cueva como algo propio, en parte por la artificialidad de los límites territoriales que son trazados sobre un mapa sin atender a la realidad de esos territorios. No en vano, los antiguos habitantes de la Sierra del Parralejo campaban por ella ajenos a la división que siglos más tarde sería establecida. El hábitat de tales pobladores debe entenderse de forma unitaria, por lo que en la actualidad ambos municipios pueden sentirse “herederos legítimos” de aquella realidad histórica (y de hecho, los restos arqueológicos se esparcen a ambos lados de la actual línea divisoria).

La existencia de la cueva es conocida desde hace siglos por los habitantes de Puerto Moral y de otras localidades de los alrededores. En torno a esa cavidad ha existido una leyenda que afirma que en lo más profundo de la cueva está enterrada una romana de oro. Una balanza romana construida exclusivamente con ese preciado metal. Hasta el momento nadie ha encontrado ese curioso tesoro. Decimos curioso porque otras leyendas más comunes sobre caudales ocultos hablan siempre de cofres con monedas y joyas o de lingotes de gran tamaño, nunca de artilugios como el que nos ocupa.

Por la presencia de restos se sabe que esta cueva fue un abrigo habitado en épocas prehistóricas, pero lamentablemente no hay mucha información, puesto que el yacimiento arqueológico ha sido brutalmente expoliado por buscadores de la Balanza de Oro. Entre los materiales que ha sido posible recuperar tras las expoliaciones se encuentran fragmentos de cerámica, microlitos y restos dentarios. Del análisis de la cerámica rescatada en la década de los 80, llevado a cabo por los arqueólogos Federico Martínez Rodríguez y José Pedro Lorenzo Gómez, se deduce que la oquedad estuvo débilmente habitada en el Calcolítico pleno (mediados del III milenio a. C.) y alcanzó su máxima ocupación en el Calcolítico final y el Bronce antiguo y pleno (I milenio a. C.). A partir de ese momento la ocupación tuvo carácter esporádico, como parece desprenderse de ciertas evidencias en el Bronce final (primeros siglos del I milenio a. C.) y la etapa prerromana (siglos V al III a. C.). La documentación de esas diversas etapas de ocupación otorga a este yacimiento arqueológico una gran importancia dentro del contexto comarcal serrano.

Es posible pensar que la existencia de restos arqueológicos en el interior de la cueva hubiera desencadenado en un pasado remoto los mecanismos que dieran lugar a la aparición de la leyenda. Algo así como si el supuesto tesoro (la balanza romana de oro) guardara relación con los restos (sobrevalorados por la fantasía popular). Sin embargo, la existencia de la leyenda parece remontarse a tiempos muy anteriores a los momentos en los que el pueblo llano ha tomado conciencia sobre el valor de los restos arqueológicos. Además, nunca se ha hablado de que se hubieran hallado restos con anterioridad a la fecha citada (década de los ochenta). Por todo ello parece descartarse cualquier relación entre la Romana de Oro y los restos arqueológicos hallados en la Cueva de la Mora.

Por otra parte, el mundo del ocultismo nos ofrece claves para determinar el valor simbólico de la leyenda, cuya interpretación en esa línea nos lleva a unas conclusiones sorprendentes (sean ciertas o no). Definimos el ocultismo como el conjunto de doctrinas y prácticas misteriosas, espiritistas y hasta mágicas, que pretenden conocer, explicar y someter al dominio humano los más misteriosos fenómenos de la vida material y psíquica. Recurrimos a tal línea de explicación basándonos en la circunstancia de que aquello que está enterrado se encuentra oculto y, por tanto, disponible sólo para quienes sepan encontrarlo. Y la leyenda es clara en eso: la romana de oro está enterrada.

Para realizar el análisis de la leyenda partiremos de la clave simbólica de la cueva. Grutas, simas, cavernas y demás oquedades naturales han sido utilizadas en la antigüedad como viviendas, santuarios y tumbas. Por ello, José Felipe Alonso Fernández-Checa afirma en su Diccionario de Alquimia, Cábala, Simbología que “en ellas residen los mitos de renacimiento y de iniciación de numerosos pueblos”. Más allá va Juan G. Atienza en el prólogo de Montes y Simas Sagrados de España, cuando afirma que “la caverna ha constituido la base de la penetración humana en el conocimiento prohibido, (...) participa del secreto de la iniciación,” o que “su acceso (está) restringido a quienes aspiran al conocimiento superior”. Para Atienza “su simbolismo primigenio la identificó siempre con el útero materno de la Tierra creadora de todo lo viviente”, por lo que “es la matriz de la tierra, el vientre de la ballena jonasiana, la cueva de los leones de Daniel, el antro sombrío donde el humano debe penetrar cuando quiere integrarse en el saber sagrado que nunca le será revelado ni cedido voluntariamente, sin haber cumplido primero con el requisito iniciático que lo haga acreedor de alcanzar el conocimiento de lo numinoso”. Estas afirmaciones convierten a las cavernas en lugares propicios para los rituales iniciáticos, conscientes o inconscientes. Atienza afirma que tales enclaves despiertan “reacciones físicas o psíquicas (...). Cuando tal sucede, individuos especialmente sensibles pueden llegar a vivir experiencias que el conjunto del colectivo ni siquiera capta. Y esas experiencias (...) suelen crear estados de ánimo insólitos y hasta pueden llegar a producir sensaciones aparentemente sobrehumanas, estados alterados de conciencia”.

En torno a la simbología de la Balanza, en su Diccionario, José Felipe Alonso nos aclara que ésta “simboliza en la actualidad de forma mística la justicia, la equivalencia, el equilibrio”. Nos interesa especialmente este tercer valor simbólico, aplicable sin duda a cualquier modelo de balanza. Incluso cuando Alonso afirma que la Balanza “representa la correspondencia existente entre el universo corporal y el universo espiritual”, podemos sustituir el término correspondencia por el de equilibrio sin alterar sustancialmente el significado de la afirmación. “Como expresión práctica de la Justicia y del juicio”, la balanza -según Alonso- también “está unida a valorar el bien y el mal humano”.

La obra de Alonso Fernández-Checa también nos va a servir para conocer el significado oculto del Oro, metal que cotidianamente ejerce como símbolo genérico del poder y la riqueza. Este preciado elemento es “uno de los siete metales considerados por los alquimistas”. No olvidemos que en la llamada “Alquimia práctica” el objetivo fundamental era “encontrar la Piedra filosofal que puede transmutar en oro los metales sin valor”. Sin embargo, a nivel esotérico también existía una “Alquimia mística”, que se puede definir como una “forma espiritual para transformar lo malo en bueno, aspirando a la perfección superior”. Elvira Marteles, que afirma que “el oro era la meta” de los alquimistas, advierte que para los filósofos herméticos “las alusiones al oro tenían un significado alegórico” e, incluso, diferenciaban entre el “oro vulgar” (el metal) y el “oro filosófico”. Todo ello nos coloca al Oro como un símbolo espiritual, de pureza, de perfección.

Puestos a atar cabos, nos encontramos con que una Cueva en la que se encuentra enterrada una Balanza de Oro (como es el caso de la Cueva de la Mora, según la leyenda) podría ser en realidad un enclave iniciático en el que se encuentran las claves ocultas que resultan una herramienta eficaz para alcanzar un cierto equilibrio espiritual. Se dice que enclaves de ese tipo hay muchos en el mundo (cuevas, pirámides, templos, montañas, fuentes, monumentos megalíticos, etc.) y que están entrelazados por unas supuestas corrientes de energía conocida con el nombre de energía telúrica. Una energía que según algunos atrajo a nuestros antepasados hasta esos puntos y los estimuló para construir templos y monumentos. En todo caso, es preferible acudir a la Cueva de la Mora con el propósito de elevarse espiritualmente, en vez de hacerlo con pico y pala para arrebatar al subsuelo los restos arqueológicos que los primitivos habitantes nos legaron y que son patrimonio de todos.

lunes, 2 de marzo de 2009

La Secta de Mazagón: una gurú ante los tribunales

Lamentablemente, pese a los consejos que pululan por doquier, hay muchas personas que caen en las garras de algunos grupos sectarios, en los que sus vidas se convierten en un infierno, a veces sin que ellos mismos sean conscientes de la situación en que se hallan. La perversidad de los líderes o guías de esos grupos puede llegar a ser insospechable. Ana Camacho era la líder de uno de esos grupos, que resultó ser muy peligroso. Quince años por homicidio y otras penas llevaron a esa mujer a la cárcel, tras un juicio histórico en el que se sentaron en el banquillo de los acusados los integrantes de una microsecta cuyas actividades causaron la muerte a María Rosa Lima Sauz. Los 58 folios de la sentencia del juicio a los integrantes de la llamada secta de Mazagón reflejan bien a las claras los peligros extremos a los que puede llevar la pertenencia a un grupo sectario. Veamos a continuación cómo se iniciaron los tristes sucesos.

Ana Camacho Carrasco, auxiliar de clínica natural de Bollullos Par del Condado y que contaba por entonces con 30 años, asistió en noviembre de 1978 en Sevilla a un curso intensivo de control mental impartido por una instructora de la organización Silva Mind Control U. S. A. -la uruguaya Marta Lépore, con la que trabó gran amistad-, que poco tiempo después fue expulsada de esa organización por no atenerse exclusivamente al método Silva. Instaladas ambas mujeres al año siguiente en un piso de la calle San Emilio de Madrid, Ana creó una especie de tertulia donde se abordaban temas esotéricos, religiosos y espirituales. Poco a poco, entorno a su figura se fue consolidando un grupo de personas, atraídas por sus enseñanzas. Junto a Ana Camacho, conformaban el grupo varias personas: la primera de ellas su hermana María Luisa, profesora y casi tres años mayor que Ana; María Soledad Loma Herrero, “Marisol”; la arquitecta madrileña Emilia Gallego Valdés; la secretaria cacereña María Asunción Muñoz Álvarez; la sevillana, licenciada en Filosofía y Letras, Concepción González Servian; el funcionario de origen brasileño Fernando Asanza Fernaud; el empleado de Telefónica natural de Guadalajara, José Manuel Sánchez Palancares; y la esposa de este último, María Rosa de Lima Sauz.

En 1984, Lépore se trasladó a Canarias, tras lo cuan quedó como líder única Ana, que iba controlando cada vez más al colectivo, a la vez que iba dominando las voluntades de los integrantes. Para dominar la voluntad de sus adeptos, la líder del grupo se ayudaba de unas sesiones mediúmnicas, en las que hacía creer a los demás que diversos espíritus se manifestaban a través de ella. Así, los espíritus de Gran Águila, Santiago o Juan y los extraterrestres Leokin, Nirfe u Otonilbo pasaron a ser considerados "entidades-guía" y sus órdenes se cumplían a rajatabla. Si esto no ocurría, las entidades que hablaban por boca de Ana seriamente a los rebeldes, también a través de las manos de la líder del grupo.

Basándose en que sólo el sufrimiento lleva a la salvación eterna, Ana Camacho sometió a sus adeptos a humillaciones y terribles vejaciones. Rompió el noviazgo entre Fernando y Emilia y el matrimonio de José Manuel y María Rosa. Obligó a Fernando a abandonar sus estudios de arquitectura. Ana impedía a todos fumar y si encontraba a alguien con un cigarrillo encendido, se lo apagaba en la lengua y le hacía tragar los que tuviera en la cajetilla. A lo anterior hay que añadir golpes con una fusta o con la muleta de la que se ayudaba para caminar, cortes producidos con pinzas y otros castigos físicos, algunos tan sádicos como hacer ingerir los excrementos del perro o los cabellos que les arrancaba a tirones. Esta situación, aceptada para no perder la salvación eterna que sólo era posible junto a Ana, se hacía cada vez más insostenible. Para sofocar los focos de rebeldía, además de incrementar los castigos, Ana acusaba de estar endemoniados a los que disentían. Y todo ello, mientras la gurú se dedicaba en gran medida a visualizar películas en el vídeo y a degustar los exquisitos menús que se ordenaba preparar, a base de turrón, mazapanes, compotas y otras delicias.

En 1986, por orden de uno de los espíritus-guía, el grupo se trasladó a vivir a Mazagon, a donde ya solían acudir en periodos veraniegos y en algunos fines de semana. La gurú del grupo deseaba disfrutar del apacible clima que se da en esta población playera de nuestra provincia, ubicada a caballo entre los municipios de Moguer y Palos de la Frontera. En esos momentos, Ana Camacho, líder indiscutible, dominaba totalmente a los adeptos, que desde hacía tiempo vivían con ella. Los que tenían trabajo aportaban a Ana sus salario y -mientras Ana Camacho disfrutaba y los controlaba- todos por igual trabajaban en la casa , cuidando de cumplir al mínimo detalle las disparatadas órdenes de la líder. Todos creían que sólo al lado de Ana podían obtener la salvación eterna y que si se separaban de ella se condenarían sin remedio. La angustia de los adeptos crecía cuando Ana los conminaba a obedecerle, porque si no lo hacían se agravaría su enfermedad y se moriría, cosa que ellos no deseaban bajo ningún concepto porque supondría la pérdida de toda posibilidad de salvación.

Para propiciar la adhesión y sometimiento de los demás a su persona, Ana administraba a los integrantes del grupo, excepto a su hermana, lo que ella llamaba "cafiaspirinas bendecidas", que no eran otra cosa que comprimidos de centramina -una sustancia psicotrópica que conseguía falsificando recetas de MUFACE- machacados y mezclados con aspirinas, azúcar y agua. La tortura psicológica aumentaba con limitaciones en el sueño y el alimento, así como con la imposición de férreos horarios de salida y entrada y prohibiciones de comunicación entre algunos miembros. Por supuesto que cada desobediencia era duramente castigada, por orden de los “guías” que hablaban por boca de la líder.

Rosa, una de las más castigadas, intentó en 1988 escaparse de Mazagón, pero su intento falló y quedó a merced de Ana, que recrudeció sus castigos y la ató a la cama, diciendo al resto que estaba endemoniada. El aumento de palizas y castigos, unido a la vigilia y a la falta de alimentos, ocasionaron el desfallecimiento de Rosa. Ana ordenó que a medianoche, cuando no hubiera nadie por la calle, fuera trasladada a Sevilla e ingresada en un hospital con el argumento de que estaba en tratamiento psiquiátrico y se provocaba autolesiones. Era el 28 de agosto de ese año cuando la víctima, en estado de coma, ingresó en la UCI del sevillano Hospital Virgen de la Macarena. La rotura de un quiste ovárico, la caquexia producida por el estado de anemia y desnutrición, y las múltiples lesiones externas provocaron la muerte de María Rosa Lima en el centro hospitalario, que interpuso la correspondiente denuncia.

Tras el óbito de Rosa Lima, los castigos al resto aumentaron. Concepción González huyó a Sevilla y se refugió en casa de una amiga, pero Ana dio con su paradero e intentó entrar por la fuerza. La Policía Local intervino para evitarlo. Varios días después, tras la investigación llevada a cabo por las fuerzas del orden, el grupo fue desmantelado y Ana ingresó en la prisión de Sevilla. Todos los demás integrantes, excepto Marisol Loma -que no resultó imputada-, fueron enviados a la prisión de Huelva hasta que quedaron en libertad provisional.

El 22 de octubre de 1992 comenzó en la Audiencia Provincial de Huelva el juicio -seguido muy de cerca por mi buen amigo Moisés Garrido- por la muerte de Rosa Lima y otros delitos como detención ilegal, estafa, falsedad en documento oficial, amenazas, lesiones, etc. Durante su celebración salieron a la luz muchos de los trágicos detalles de esta historia. El 21 de noviembre se dictó la sentencia, que condenaba a Ana Camacho a quince años de reclusión menor por el delito de homicidio. Ana fue absuelta de asesinato, ya que durante la vista, en medio de una gran polémica, no pudo demostrarse que una sustancia, la mepivacaína del fármaco Scandinibsa -que fue encontrada en los análisis de sangre-, fuera la ocasionante de la muerte de Mª Rosa Lima. Tampoco se estableció que fuera muerte natural, como pretendía el abogado defensor de Asunción Muñoz. Otros once años de prisión menor, multas y otras sanciones completaron la condena de la líder de la secta. El resto de imputados fueron también condenados, pero -salvo en el caso de María Luisa Camacho- se tuvo en cuenta la circunstancia atenuante muy calificada de obediencia debida provocada a través del error, que en aquel momento era una figura jurídica novedosa en el Código Penal, por lo que la sentencia llamó mucho la atención en medios judiciales.

viernes, 27 de febrero de 2009

Oleada ovni en 1992

Cuando los avistamientos de ovnis se concentran en espacios más o menos breves de tiempo, hablamos de “oleadas” de ovnis. Una de esas oleadas, bastante impresionante, tuvo lugar en la provincia de Huelva en la segunda mitad del año 1992, que pasó a la historia de nuestro país por haber albergado varios acontecimientos de gran importancia mundial: la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Hubo algunos casos fuera de nuestra provincia (en otros puntos de la geografía andaluza), pero podemos hablar de oleada a nivel provincial, ya que en nuestros cielos se produjeron más de medio centenar de avistamientos.

Mientras que millones de ojos en todo el mundo estaban puestos en los acontecimientos de la Expo y los Juegos Olímpicos, a lo largo y ancho de la provincia onubense otros ojos quedaron perplejos ante acontecimientos inexplicables. Los avistamientos de fenómenos aéreos anómalos se sucedieron desde comienzos del verano hasta bien entrado el otoño. Dentro de la provincia, la zona que acaparó un mayor número de avistamientos fue la comarca de la Sierra de Aracena, lo que propició que yo mismo investigara la mayor parte de esos avistamientos, al ser el investigador más cercano a los puntos donde se producían. Sería demasiado extenso hacer un repaso completo a toda la casuística, por lo que recordaremos solamente unos cuantos casos, especialmente los más destacados o los que pueden resultar representativos. Excluimos, lógicamente, los casos que componen la ortotenia del 22 de septiembre, que ya fueron analizados en profundidad en el anterior trabajo editado en este blog.

Investigué varios casos en Cañaveral de León, pero el que más me sorprendió fue el que protagonizó un vecino de esa localidad serrana mientras trabajaba en el campo a plena luz del día. El testigo era un hombre de mediana edad. Por aquella época se levantaba de madrugada para desplazarse a caballo hasta una finca, llamada Valle del Moro, en la que echaba de comer al ganado. A media mañana regresaba a la población para acometer otras faenas. Los traslados los hacía a caballo porque no hay acceso para automóviles hasta la finca. Un sobrino suyo había sido testigo de otro avistamiento hacía pocos días, pero nuestro protagonista -muy escéptico- no lo había creído y en ocasiones le había hecho bromas sobre su experiencia. Sin embargo, un día de la primera quincena de septiembre, él mismo pudo observar algo que jamás comprenderá. Mientras daba de comer a las vacas, llamó su atención una potente luz situada a un kilómetro de distancia en dirección al sur, sobre la falda de una montaña. Pese a lo avanzado del día, aquella luz molestaba a la vista. Estaba más baja que las copas de las encinas. En determinado momento comenzó a desplazarse por la ladera, ascendiendo, sin separase mucho del terreno. Tras alcanzar la cima, la luz se elevó unos metros y permaneció estática durante un rato. Cuando el testigo terminó su faena e inició el regreso, la luz aún permanecía en el mismo lugar.

Los niños suelen ser los seres más sinceros que podemos encontrar. Por eso he escogido para mostrar aquí otro caso protagonizado por niños del colegio de Galaroza, que llegó a mis oídos de la mano del director del centro, mi buen amigo Emilio G. Beneyto. Acababa de comenzar el curso escolar 92/93 cuando ocurrieron los hechos. Un viernes de la primera quincena de octubre, tras ver un programa en la televisión, varios niños de 6º a 8º de EGB subieron hasta la explanada que rodea la ermita de Santa Brígida, donde solían reunirse a jugar en la tarde de los viernes, días en los que se permitían no hacer los deberes escolares. Sobre las siete y cuarto, todos ellos pudieron observar el paso veloz de una gran bola de fuego de colores, con una pequeña estela, también de colores. Aquella especie de cuerpo ígneo, de tamaño aparente mayor que la Luna llena, describía una trayectoria totalmente horizontal con dirección de sur a norte.

La localidad de Puerto Moral fue una de las que más actividad tuvo durante la oleada, especialmente en la zona norte, junto al llamado Embalse de Aracena. En la noche del 7 al 8 de septiembre, cuatro jóvenes iban en coche por la carretera que une Puerto Moral con el citado embalse, cuando en las inmediaciones del Mirador observaron una extraña luz naranja en el cielo. Tras detener el vehículo y apearse, comprobaron que se trataba de una esfera con un tamaño aparente de tres o cuatro veces el del planeta Venus, en sus momentos de mayor intensidad lumínica. No pudieron apreciar la distancia a la que se encontraba. Durante casi un minuto la luz permaneció estática para después ponerse en movimiento lentamente hasta desaparecer como si se apagara, dejando en el aire durante unos segundos una incandescencia decreciente. Otra luz similar a la descrita fue vista por varias personas la noche del 10 de septiembre desde el Paseo de Puerto Moral. Esta vez, la luz se elevaba por el sur formando una parábola. Cuando todos los presentes la observaban, la esfera se apagó en el aire de forma súbita.

Veinte días después, tres jóvenes que se encontraban en el muro de contención del embalse, observaron por la noche, por el oeste, una luz similar a las anteriores, pero de mayor tamaño. Como unos eucaliptos dificultaban la visión, los testigos se desplazaron en esa dirección para salvar el obstáculo. Cuando volvieron a ver la luz , esta se había desplazado en el mismo sentido y aparecía muy alejada. Inmediatamente comenzó un movimiento hacia el sur, avanzando en parábola y dejándose caer unos instantes, repitiéndose ese ciclo varias veces. Los testigos también se desplazaron casi un kilómetro hacia el sur. Cuando el camino que seguían giró hacia el este, la luz también giró hacia oriente. Tras desplazarse paralelamente a la trayectoria del vehículo, la luz se perdió tras unas montañas, en dirección hacia Higuera de la Sierra. Aquellos parajes del embalse, emergidos por la sequía, fueron testigos en los días siguientes de nuevos avistamientos de ovnis, protagonizados por testigos provenientes de diversas localidades de la comarca.

martes, 17 de febrero de 2009

Avistamientos de ovnis del 22 de septiembre de 1992

El año 1992 pasó a la historia de nuestro país por haber albergado varios acontecimientos de gran importancia mundial: la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Curiosamente, ese mismo año, en su segunda mitad, tuvo lugar en la provincia de Huelva una impresionante oleada de avistamientos de ovnis. Sobre ella hablaremos más adelante, porque ahora nos centraremos sólo en los casos que acontecieron en la tarde noche del día 22 de septiembre, dando lugar a lo que los investigadores llamamos una ortotenia, es decir, una acumulación de casos correlacionados -o alineados geográficamente- y muy próximos en el tiempo. Algo así como la delimitación sobre un mapa de la posible trayectoria seguida por un supuesto ovni (o de varios), basándonos en la localización de los lugares donde recogemos el testimonio de los testigos que lo han observado. Las ortotenias son muy importantes para los investigadores porque nos permiten comparar descripciones, indagar respecto a velocidades y acercarnos -a veces- a posibles pautas de comportamiento de estos escurridizos objetos.

Comenzaremos la descripción de los hechos por los avistamientos registrados en Huelva por mi buen amigo Moisés Garrido. Así, M. R. C. y A. V. se encontraban en la Plaza Houston de la capital onubense, entre las 21 y las 21:30 horas, cuando vieron en el cielo una luz verde, redonda, de un tamaño diez veces mayor que una estrella fugaz. Según la joven pareja, la luz se elevó y descendió en un par de ocasiones. En torno a una hora más tarde, un taxista se hallaba en la Barriada de los Rosales dispuesto a cobrar un servicio que acababa de realizar. De pronto vio que sobre los edificios surgía a gran velocidad una bola luminosa, de color verde -más pálido por el centro- que se desplazaba en línea recta de sur a norte dejando tras de sí una fina estela del mismo color. Aunque el testimonio fue recogido por Garrido varios años después, el taxista aún recordaba haber percibido un cierto sonido silbante.

Moisés investigó otro caso ocurrido entre las 21 y las 21:30 horas, esta vez en las cercanías de Valverde del Camino. A. C. y S. M., de 40 y 41 años respectivamente, observaron un extraño objeto cuando viajaban en moto hacia Huelva, a un kilómetro de Valverde. Según su testimonio, se trataba de una luz potente de color amarillo limón, de forma ovalada, con dos “estrellas rojizas que desprendían luz en su parte de atrás”. Los dos hombres detuvieron la moto para observar mejor el objeto. Afirmaron que la luz medía unos trece metros, se desplazaba a una altura de veinte y a una distancia de unos ciento cincuenta metros de donde se encontraban los testigos. El movimiento fue primero circular y luego ascendente hasta desaparecer. Es importante el dato del estacionamiento de la moto porque nos demuestra que los testigos tuvieron tiempo, tras detectar la presencia del objeto, de aminorar la velocidad y detenerse a observarlo. Eso, unido al tipo de trayectoria descrita, descarta muchos fenómenos naturales como posibles explicaciones. Asimismo, los testigos afirmaron que los perros de los alrededores comenzaron a ladrar inquietos, lo cual podría significar que también los animales detectaron aquella luz.

Cuando los testigos relataron los hechos a Moisés, lo acompañaron al lugar del avistamiento, donde pudieron observar que las ramas más altas de los eucaliptos sobrevolados por el objeto presentaban sus puntas resecas, aunque no pudieron establecer una clara relación causa-efecto entre ese hecho y el avistamiento. Garrido buscó otros posibles testimonios en Valverde del Camino. Unos niños afirmaron haberlo visto desde el polideportivo y lo describieron como un objeto luminoso redondo, más grande que la Luna, de color blanco en el centro y con una cola verde.

Para esa noche, 22 de septiembre de 1992, estaba prevista en Aracena la actuación de un grupo musical marroquí. Nass Marrakech iba a presentar su espectáculo de música Gnaoui a las nueve y media en la Plaza del Marqués de Aracena, conocida popularmente como El Paseo. Un buen número de personas que aguardaban para presenciar el concierto y otras que caminaban por la Gran Vía (en realidad, Avenida de los Infantes) pudieron observar el paso veloz de una esfera ígnea de color blanquecino, cambiante a verdoso y rojizo, con una estela del mismo aspecto, con dirección de sur a norte. Minutos más tarde de los hechos, el autor llegó a la plaza, recogiendo decenas de testimonios inmediatos. No faltó entre los asistentes quien afirmara que debía tratarse de alguna bengala lanzada desde el cerro del castillo, hipótesis que tuvo que ser descartada cuando al día siguiente me siguieron llegando testimonios desde otros puntos distintos dentro de la misma localidad serrana, pues fueron muchas las personas que avistaron el fenómeno aquella noche. Es el caso de un nutrido grupo de niños y adultos que se hallaban durante el paso del objeto en la Barriada de San Roque.

Un campesino se hallaba a esa hora en su finca, cercana a la carretera que une Aracena con Sevilla, cuando se vio sobrevolado por esa luz grande y veloz, de color blanco. Varios días después lo visité en el mismo lugar, a dos kilómetros de la localidad serrana, acompañado por el también aficionado a la investigación ufológica, Sebastián Fernández Beltrán. El testigo nos narró el avistamiento, afirmando que se asustó mucho. También nos anunció que sus dos hijas habían sido testigos a la vez, pero desde la aracenesa Plaza de San Pedro. Por otra parte, dos conocidos cazadores de Aracena se habían desplazado esa tarde hasta un coto situado al sur del término municipal, con la intención de escuchar la “berrea” de los ciervos en celo. Cuando me entrevisté con ellos, me relataron que mientras circulaban en coche por el campo observaron hacia el sureste una luz blanca que se desplazaba lentamente y que unas veces estaba sobre la línea del horizonte y otras bajo ella. En una de las paradas que iban haciendo observaron una esfera que describieron de forma similar a como lo hicieron los demás aracenenses que había interrogado hasta ese momento. El avistamiento los sobrecogió y decidieron volver a toda prisa a la localidad.

Estos avistamientos múltiples, los que cuentan con un gran número de testigos, como el acontecido en Aracena, resultan muy útiles para los investigadores. Para empezar, es muy improbable que se produzca un error de percepción multitudinario, lo cual da fuerza a los elementos comunes de las descripciones. Además, la multiplicidad de testimonios posibilita una serie de comparaciones de gran interés y posibilita la determinación de diversos modelos perceptivos y de respuesta que dan distintos sujetos ante un mismo estímulo.

Fueron unas cuantas más las poblaciones donde se observó el veloz paso de una esfera blanquecina, de gran tamaño y con estela, pero para no extendernos excesivamente sólo citaré tres de ellas, las que aportan algún dato de interés, al margen de la hora, que en los tres casos se establece en torno a las 21:15. La primera de esas localidades es la aldea de Carboneras, situada justo al norte de Aracena, por lo que entraba necesariamente en la trayectoria del objeto visto por los vecinos de la cabecera del municipio. Un vecino de la pedanía, que se encontraba en las inmediaciones, fue el testigo. El siguiente avistamiento se produjo al norte del anterior, en el término municipal de Corteconcepción, en concreto en la finca La Puente, a menos de un kilómetro de la carretera que une esa localidad con la de Cañaveral, a su paso por el Embalse de Aracena. Una zona conocida como La Cola del Pantano. Desde la puerta del cortijo, dos personas, residentes en Corteconcepción y Carboneras respectivamente, observaron el paso de la esfera descrita con anterioridad, asustándose sobremanera. Cierra esta terna el avistamiento protagonizado por un vecino de Puerto Moral mientras caminaba por las calles de esa localidad. Al ver el objeto, el hombre recordó entre irónico y divertido que otros vecinos de la localidad habían protagonizado otros avistamientos en la zona del embalse. En los tres casos se describe un cuerpo de gran tamaño a baja altura y muy veloz. Sin embargo, observando estos tres avistamientos comprendemos que eso es imposible. La única explicación aceptable es que se tratara de un cuerpo gigantesco que pasaba a la altura suficiente como para ser percibidos en la vertical de esos lugares, dando a la vez la sensación de poca altura que percibieron los testigos en cada punto.

La noche ufológica no había concluido aún. Moisés Garrido tuvo la ocasión de investigar otro caso acaecido en la comarca serrana, ya bien entrada la noche. Un matrimonio partió de Cala al anochecer con destino a Almonaster la Real, una ruta larga que recorre un buen número de poblaciones serranas. Cuando circulaban entre Santa Olalla del Cala y Zufre, a la altura del embalse de esta última localidad, observaron una gran luz a sus espaldas y en un principio pensaron que se trataba de otro coche. Cuando comprobaron que la luz se desplazaba por encima de la carretera, detuvieron la furgoneta y vieron como el objeto luminoso se alejaba velozmente describiendo una especie de L.