martes, 19 de mayo de 2009

Ovnis en la agonía del régimen

El año 1975 vio morir a Franco y con él a un régimen vergonzoso y pestilente. Se iniciaba en ese momento un camino sin retorno hacia la democratización de nuestro país, hacia un cambio sustancial en casi todos los aspectos. Quizás la ufología fue uno de los pocos campos en los que no hubo grandes trasformaciones pese a la evolución política. Para ilustrar esta reflexión recordaremos a continuación algunos casos de avistamientos de ovnis, muy en la línea clásica, que acontecieron en nuestra provincia en ese año.

Indagar en el pasado nos conduce a recibir grandes sorpresas, como la que me llevé cuando me topé con los dos casos ufológicos con los que inicio el presente trabajo, acontecidos en Villarrasa y en Bollullos Par del Condado en 1975, con tan sólo cuarenta y dos días de diferencia. Al estudiar avistamientos que no he investigado directamente, no suelo relacionarlos cronológicamente, por lo que cuando conocí estos dos casos onubenses, a través de una variada documentación, no me percaté de su proximidad temporal. Advertí tal coincidencia algún tiempo después al hallar sendas referencias sobre ellos en la revista “Enigmas”, que dirigía por aquel entonces el prestigioso y muy recordado Fernando Jiménez del Oso. En esta publicación, mis buenos amigos Iker Jiménez y Lorenzo Fernández estaban escribiendo una historia de la ufología española por capítulos, uno de los cuales abarcaba el periodo de marzo a julio del año que nos ocupa. Comentaban estos dos jóvenes investigadores, y no les faltaba razón en sus afirmaciones, que por aquella época estaban siendo vistos en muchas ocasiones en poblaciones rurales los ya populares ovnis. Algunos de estos objetos iban siendo captados por cámaras fotográficas, con lo que sus imágenes fueron vistas por numerosas personas. Iker y Lorenzo llegan a afirmar que "parecían intentar demostrar que su presencia física en nuestros cielos era un hecho en estas fechas".

Para un apasionado de la ufología, rescatar casos del pasado siempre resulta una tarea muy agradable, aunque también tiene sus pequeños sinsabores. Lo menos agradable que tiene rememorar un caso es que al no haber sido investigado directamente por uno mismo, hay que poner un mayor grado de escepticismo a la hora de efectuar un análisis de los hechos. Las fuentes de las que se toma la información pueden no ser todo lo solventes que deberían o la investigación pudo no haberse llevado de la forma mas adecuada. Con esta advertencia previa a los lectores comenzaré a narrarles el primero de los casos, que hemos de situarlo en la población de Villarrasa, a la una y medida de la madrugada del uno de junio de 1975.

A esa hora, una mujer de la localidad caminaba en dirección al establecimiento que regentaba su esposo. Se trataba de Remedios Benavente Rodríguez, quien daba un rodeo por las afueras de la población para llegar al mencionado local. Al entrar a una calle ancha, Remedios vio algo que la asustó hasta el punto de hacerle salir huyendo del lugar para refugiarse en su domicilio. En medio de la calle, habitualmente muy solitaria a esas horas, había -posado sobre el suelo- un objeto ovalado provisto de una cúpula y apoyado en tres gruesas patas metálicas. Junto al objeto se movían tres seres de baja estatura, pero con aspecto humanoide. Los seres vestían trajes blanquecinos y una especie de escafandra, que impedía que se les viera el rostro.

Unos minutos mas tarde pasó por aquel lugar un joven, Domingo Palacios Barrera, que también tuvo ocasión de ver la extraña nave y los seres citados. Domingo se escondió para observar la escena con más detalle. Así, pudo comprobar que los seres tenían una luz verde en la frente y que las patas del objeto tenían como dientes de sierra y se apoyaban sobre unas ruedas. También observó que la cúpula tenía unas tenues luces rojas y verdes. Domingo terminó por salir huyendo y avisar a algunos amigos. Al rato acudieron las personas alertadas, pero no quedaba ni rastro del objeto ni de los seres que habían visto, tanto el chico como la mujer.

Cuarenta y dos días mas tarde del incidente en Villarrasa, Bollullos Par del Condado sufrió un repentino apagón que dejó a toda la población sin fluido eléctrico. Eran las once de la noche del quince de julio de ese mismo año. Un apagón siempre es molesto para lodos los usuarios, pero en algunos casos más aún. Por ejemplo, para los espectadores de un cine de verano que se quedan a oscuras y sin función cinematográfica. Esto les pasó a los jóvenes Francisco Esquivel, Diego Sánchez y Diego Salas, quienes ante el apagón decidieron abandonar el cine de verano, ubicado en las afueras, y regresar hasta la población. El trayecto lo realizaron en un vehículo Seat 124. El camino de retorno fue interrumpido por los jóvenes al descubrir junto a un poste del tendido eléctrico una luz amarilla y estática que les impresionó sobremanera. Estaba a la altura de la finca Ballesteres. Al detectarla fueron aminorando la velocidad del coche hasta detenerse justo al llegar a la altura del objeto luminoso, que se encomiaba junto a la carretera.

Según los testigos, el objeto parecía ser metálico y su fuselaje brillaba. Además, una luz blanca y potente lo rodeaba. El objeto tenia una forma totalmente ovalada. Francisco decidió salir del vehículo y aproximarse hasta la alambrada con el fin de contemplar más de cerca el extraño fenómeno. El objeto comenzó a lanzar hacia el coche ráfagas de luz que fueron interpretadas por los testigos como un intento de hacerles que se fueran. Pero ellos permanecieron aún unos instantes hasta que los cables del tendido comenzaron a desprender grandes chispas y el objeto aumentó la intensidad de los destellos que enviaba hacia el coche. Francisco regresó al vehículo y emprendieron una veloz huida hacia Bollullos. En su escapada, los jóvenes observaron que el ovni empezaba a elevarse muy despacio, iluminando la zona. En esos instantes el Seat 124 comenzó a dar tirones hasta que finalmente se paró el motor. Los jóvenes recorrieron a pie los últimos metros que les quedaban para entrar en el pueblo. Algo más de una hora más tarde concluía el corte de suministro eléctrico.

Los dos casos que acabo de narrarles son muy interesantes dentro de la casuística ufológica onubense. El de Villarrasa es un aterrizaje en un núcleo urbano con presencia de tres humanoides. Tiene, además, el aliciente de que los dos testigos protagonizaron sus avistamientos de forma independiente, algo que refuerza sus testimonios. Por su parte, el caso de Bollullos Par del Condado, es un cuasiaterrizaje con tres testigos y presenta efectos electromagnéticos. Los fallos del automóvil, las chispas de los cables e, incluso, el propio apagón parecen guardar relación directa con la presencia del ovni. Este dato -el de los apagones, que se repitieron en otros casos famosos acaecidos fuera de nuestra geografía provincial- hizo especular a muchos investigadores de la época con la posibilidad de que los ovnis utilizaran para su propulsión la energía eléctrica que "robaban" de los tendidos. La complejidad que el fenómeno ovni tiene actualmente aleja definitivamente esas hipótesis, más próximas a la teoría extraterrestre que a los planteamientos de la ufología contemporánea.

Retomando la casuística ufológica del año que analizamos, vamos a recordar algunos otros avistamientos. Mi buen amigo Moisés Garrido me dio a conocer un puñado de casos de observaciones lejanas ocurridas en la propia capital, Huelva, y me facilitó el recorte de prensa del diario Odiel del día tres de julio, en el que se daba a conocer un encuentro cercano acaecido en Aroche, en la finca Alpiedras, el treinta de junio, protagonizado por los caseros del cortijo. Poco después del mediodía, la mujer, Julia Núñez, se encontraba en la entrada del caserón junto a dos de sus hijos. El menor le dijo que había llegado un avión muy pequeño. La mujer se giró y apreció a unos setenta metros un aparato no muy grande, en forma de huevo, posado en el suelo. En su parte delantera presentaba una hélice pequeña y desprendía un reflejo que molestaba a la vista. La testigo vislumbró dos bultos en el interior y pensó que se trataba de ocupantes. Tras unos minutos, la hélice comenzó a funcionar y el aparato se elevó verticalmente, con el mismo silencio con el que había llegado. Julia entró en un estado de nerviosismo que le duró largo rato. Según algunos investigadores de la época, la mujer sufrió en los días siguientes algunos trastornos de salud.

El primer caso del que tengo noticia en 1975 ocurrió en febrero, una madrugada en la que Manuel Barba conducía su coche por la carretera que va de Cabezas Rubias a Calañas, atravesando el término municipal de El Cerro de Andévalo. Sobre las seis observó una luz que descendía con trayectoria parabólica. Una vez recorridos varios kilómetros más, vio a su derecha, a unos 60 metros, un objeto semiesférico que emitía una luz blanca fluorescente. En la parte central presentaba pequeñas luces rosadas que se movían. El objeto hizo una oscilación sin desplazamiento. El testigo no detuvo su vehículo durante los tres minutos que duró la observación. Al parecer, su reloj de pulsera dejó de funcionar correctamente desde entonces.

Ya en el mes de julio tuvo lugar otro avistamiento protagonizado por Antonio Romero en la noche del siete al ocho. El hombre volvía desde Torre de la Higuera, una pedanía costera de Almonte, a su casa de Villarrasa. Vio a lo lejos una luz rojiza de unos dos metros de diámetro que llevaba una serie de luces más pequeñas a su alrededor. La luz empezó a bajar hasta colocarse a un metro del suelo, guardando una separación con el coche de unos diez metros. A continuación se apagaron las luces periféricas del objeto, así como el motor del coche, permaneciendo así un rato, hasta que luces y motor funcionaron otra vez. Entonces el objeto ascendió y se perdió en el cielo. En la carrocería quedaron unas marcas, cuyo origen achacó el testigo al objeto avistado. Un mes más tarde, el día ocho de agosto, el motor y las luces de otro coche se pararon en las proximidades de Huelva, a las dos de la madrugada, cuando sus dos ocupantes observaron a pocos metros de distancia un objeto estático de color rosáceo, de unos quince metros de diámetro por cinco de altura. Pocos minutos más tarde, el objeto emitió un destello luminoso dejando al conductor semidesfallecido. Tras marcharse “aquello”, cesaron las anomalías del vehículo. El testigo conserva desde entonces una quemadura en la parte interior del brazo izquierdo. Al parecer, un año más tarde, el testigo pasó por el mismo lugar y sufrió una presunta experiencia de teletransportación.

En el mes de octubre, nuestra provincia contó con otros dos interesantes avistamientos. El primero de ellos lo protagonizaron Lucrecio Camacho y su padre a las seis de la madrugada del día nueve. Ambos llegaban a unas viñas de su propiedad cercanas a Bollullos Par del Condado cuando vieron a medio centenar de metros un objeto anaranjado, parecido a la luna llena, que estaba a unos cinco metros del suelo. La esfera comenzó a ascender despacio y en vertical. Al alcanzar la altura de doscientos metros el objeto apagó su luz y dio un destello, dejando un chisporroteo en su parte inferior, antes de alejarse a gran velocidad. Un rato más tarde, otra persona que se dirigía a trabajar observó tras las tapias del colegio una luz rojiza, de un tamaño aparente doble al de la luna llena, que ascendía en vertical para alejarse después despacio y en línea horizontal, emitiendo un ruido intermitente. Dos días más tarde, a la una de la madrugada, tuvo lugar en las afueras de La Palma del Condado el segundo avistamiento. Lo protagonizó Luis Cárdenas, quien vio otro objeto esférico, esta vez de color rojizo y un tamaño mayor al de la luna llena. El objeto, que se hallaba a baja altura, debía encontrarse a unos tres kilómetros de donde estaba el testigo. A los pocos minutos, “aquello” comenzó a desplazarse en dirección al hombre, que tomó muy alterado el camino hacia su casa.

Podríamos seguir enumerando casos, pero la lista es larga. Baste decir que el pionero de la ufología andaluza, Manuel Osuna, recogió en 1975 un total de treinta casos en nuestra provincia; algunos de ellos ya comentados en estas líneas, y otros acaecidos en localidades como Almonte, Rociana del Condado, Cartaya, Zalamea la Real o Valverde del Camino.

sábado, 9 de mayo de 2009

Rituales de Agua y de Fuego: ancestrales métodos de purificación

El ser humano ha buscado desde siempre su purificación, como herramienta de acercamiento a la divinidad. Los ritos encaminados a tal fin han pasado de cultura en cultura hasta llegar a nuestros días, adaptándose siempre a todas las creencias religiosas, incluido el cristianismo. Por tanto, no resulta extraño encontrar en nuestra tierra algunos de esos rituales ancestrales que aún perviven, especialmente en fechas claves como la Noche de San Juan o el día de la Inmaculada Concepción. Aunque las actuales manifestaciones de este tipo son consideradas como simples actividades folklóricas, ya que han perdido su faceta mágica por el aumento del peso festivo, sobre el fenómeno aún se cierne un cierto velo de misterio.

En nuestro actual contexto cristiano, los protagonistas de tales celebraciones son santos o vírgenes, como las citadas, pero -como hemos dicho- sus orígenes se encuentran mucho más atrás de ese marco religioso en el que se encuadran en la actualidad. El cristianismo asimiló gran parte del sustrato religioso preexistente a su aparición, especialmente durante su expansión, lo que conllevó una cristianización de ritos y creencias paganas. Ciñéndonos al ejemplo de la festividad de “La Pura”, desde tiempos inmemoriales la especie humana ha celebrado rituales de purificación con el fin de prepararse para afrontar el gran acontecimiento del solsticio de invierno, fecha del nacimiento de todos los dioses solares. Ya el hombre primitivo trataba de agradar al Sol y conseguir que no desapareciera. El temor estaba fundado en que cada día el Astro Rey permanecía menos tiempo en el firmamento visible.

Los dos principales agentes de purificación son el agua y el fuego, por lo que nos centraremos en ellos en el presente trabajo. Comenzaremos por el fuego, a través de sus distintas manifestaciones, un elemento mitológico capaz de fundir para regenerar, como en el caso del ave Fénix. Según la antropóloga Ana Mª Romero Bomba, “el fuego, entendido como rito de purificación en las culturas agrarias, representa la renovación de la naturaleza, y concluye con la espera de la próxima cosecha: la quema de los campo, de los “rastrojos”, como forma de regenerar la tierra, es la práctica de la renovación”.

La más conocida de esas manifestaciones puede ser, tal vez, la de las hogueras, también llamadas candelas, que iluminan numerosos puntos de la geografía provincial en varias ocasiones a lo largo del año. En algunos municipios, durante la Semana Santa se realizan hogueras simbólicas. Es el caso de Cumbres de San Bartolomé, donde el sábado de gloria se prende una candela en la Plaza de España, que representa a la luz de Cristo venciendo a las tinieblas. También en Semana Santa se celebra otro ritual de fuego para acabar simbólicamente con el Mal, se trata de la quema de los Judas, que se celebra en gran número de municipios, como Cortegana, Aracena, Fuenteheridos, Castaño del Robledo, Puerto Moral, Cumbres Mayores y Zufre, entre otros de la Sierra. Más al sur, los encontramos en Alosno, El Campillo, El Almendro o El Cerro de Andévalo. En algún lugar como Hinojos, el fuego purificador ha sido sustituido por el atronador fuego de las armas, que los cazadores locales descargan sobre el monigote alegórico instalado en lo alto de un madero, hasta dejarlo destrozado.

Municipios como San Juan del Puerto albergan festividades en las que el fuego cobra especial protagonismo. En concreto, en las fiestas de San José, esta localidad vive la quema de las “fallas”, unos muñecos de cartón y madera que son prendidos en medio de un gran jolgorio y con grandes celebraciones. También festeja esta localidad las candelarias o candelorios, implantadas como celebración desde hace varias décadas. Ligados a otro santo, en concreto a San Miguel, se celebran en Cumbres Mayores los también llamados candelorios, esta vez en la noche del veintiocho de septiembre. Los jóvenes organizan hogueras en los barrios, con saltos y jolgorio. Por su parte, Villanueva de las Cruces abre las fiestas de San Sebastián con una inmensa hoguera, que perdura varios días, en plena Plaza de la Constitución. En Alosno se queman unas fogatas en honor de San Antonio Abad, llamadas luminarias. En la celebración del mismo santo en Trigueros, se realiza una retahíla de actividades con el fuego como protagonista, como candelas y otras luminarias.

Hay celebraciones rituales y festivas en las que el fuego es la herramienta necesaria. Esto ocurre, por ejemplo, en El Cerro de Andévalo durante la romería de San Benito, donde en determinado momento de la noche se procesiona un madero incandescente al que los asistentes tratan de besar sin sufrir quemaduras. Por otra parte, en Villanueva de los Castillejos se queman corchos por San Matías con los que los jóvenes se embadurnan los rostros unos a otros. Algo similar, también con corchos quemados, ocurría en El Berrocal el Miércoles de Ceniza, tras la misa. En la festividad de la Candelaria, por ejemplo en Nerva, las candelas parecen también imprescindibles.
Sin duda, la gran noche de las hogueras es la de San Juan, entroncada con las antiguas celebraciones del solsticio vernal y considerada como una de las noches mágicas por excelencia. Cuando el calendario alcanza esa fecha son muchas las localidades que ven en sus calles y plazas el resplandor de las llamas de las fogatas. Es el caso de Encinasola, Cala, Corteconcepción, Fuenteheridos, Ayamonte, Isla Cristina, El Repilado y otros. En algunas localidades, como Santa Ana la Real, las candelas se repiten además en la festividad de San Pedro. En Bollullos Par del Condado se celebran en esos días unas fallas muy particulares, con la quema de muchos muñecos. Sin embargo, en Aljaraque se quema un pirulito con la vieja, un único muñeco.

La festividad de la Inmaculada, tal como apuntábamos antes, también lleva aparejada una larga lista de actividades en torno al fuego, a lo largo y ancho de la provincia, en la noche del siete de diciembre. Comenzaremos el recorrido por Aracena, donde en distintas zonas de la población arden las hogueras para que niños y jóvenes enciendan los rehiletes o rejiletes, que no son otra cosa que varillas de olivo que perforan un cúmulo de hojas secas de castaño. Una vez prendidos y convertidos en columnas de fuego, los rejiletes se hacen girar, simulando una especie de danza ritual. Según Romero, se trata de un rito de paso, de aceptación de los pequeños en la comunidad. Otras localidades próximas, como Linares de la Sierra, también practican la tradicional quema de los rejiletes. Algo parecido ocurre en Zufre, con hogueras y niños corriendo por las calles con sus abelorios encendidos -algunos de gran tamaño-.

En Zalamea la Real ocurre algo parecido, aunque en este caso se prenden en las hogueras las llamadas hachas o jachas, que consisten en unas especies de antorchas construidas con ramas bien entrelazadas. Allí no se danza, sino que se sostienen las jachas inclinadas hacia la hoguera, formando corros de participantes que cantan y consumen productos típicos. Con el mismo nombre de jachas se llama a los elementos incendiados esa noche el la localidad alosnera de Tharsis, mientras que las que se queman en el propio Alosno reciben del de jarchas. Por su parte en El Berrocal se queman las sachas y en Santa Bárbara de Casas, las antorchas. Rociana del Condado y Bollullos Par del Condado comparten la tradición de quemar esa noche las llamadas gamonitas, hechas con ramas de eucaliptos, hojas secas y haces de hierbas.

En muchas otras localidades se realizan candelas esa misma noche. Es el caso de Los Marines, Sanlúcar de Guadiana, Campofrío, La Granada de Riotinto, Minas de Riotinto o Santa Bárbara de Casas, entre otros. Sin embargo, lamentablemente, otras localidades han perdido esta tradición. Personalmente recuerdo como en mi infancia asistí a algunas hogueras realizadas en Puerto Moral. Hacíamos una hoguera en la zona alta de la localidad y, aprovechando la pendiente, saltábamos sobre las llamas, ajenos al fuerte simbolismo que encerraba aquel gesto. Y, pese al alto riesgo, nunca ocurrió ningún percance reseñable. Afortunadamente.

Por su parte, La Nava celebra las llamadas Candelas de Nochebuena y Año Nuevo, a base de leña de encina, para calentar el ambiente y desterrar la oscuridad. Algo similar se realiza en Encinasola, en las noches del veinticuatro y treinta y uno de diciembre, donde se hacen grandes hogueras en la Plaza Mayor para avivar el calor familiar y estrechar lazos bajo el embrujo de las llamas y el son de los villancicos. Estas hogueras navideñas también están presentes en municipios como Lepe, Bollullos Par del Condado, Beas, Galaroza, Cortegana, El Rocío o Aroche, entre otros, aunque en algunos casos las hogueras sólo tienen carácter familiar o se realizan para motivar pequeñas reuniones de amistades.

Más alejados de estas celebraciones de fuego, nos encontramos con una particular manifestación festiva y ritual, los toros de fuego, consistentes en carretillas -o artilugios similares- que imitan más o menos la figura de un astado, rebosantes de pirotecnia (bengalas, petardos y buscapiés) y conducidas contra el público, como si embistieran con bravura. Dignos ejemplos de toros de fuego son los de Arroyomolinos de León, Cortelazor la Real, Villarrasa, Villalba del Alcor, Manzanilla, La Palma del Condado y Pozo del Camino, en Isla Cristina.

También el agua tiene un papel fundamental en muchos rituales de purificación, dada su cotidiana función limpiadora y por otros valores religiosos. Como dice el antropólogo Pedro Antón Cantero, “el agua limpia y purifica, fertiliza y regenera”. El uso purificador del agua es sobradamente conocido en todas las partes del mundo. El orbe cristiano ha institucionalizado los rituales de purificación al dar al bautismo el carácter de primer sacramento, capaz de acabar con el terrible pecado original, inherente a la naturaleza humana. El momento de pasar bajo las aguas bautismales es, al menos teóricamente, el más importante para los cristianos pues supone su incorporación a la comunidad de creyentes.

Retomando la celebración de la Noche de San Juan, son muchas las tradiciones que aún se conservan en toda la provincia en las que se utiliza el líquido elemento. Generalmente se usa agua para lavarse al amanecer. Las partes del cuerpo que se someten a este lavado purificador son el rostro y las manos. El agua se suele mantener durante toda la noche con pétalos de rosas, con romero o con ramas y flores de Hipérico perforatum, las famosas Flores de San Juan. En algunos casos, recogidos por el antropólogo Caro Baroja, el agua de San Juan tiene utilidad adivinatoria. En Alosno y Rociana del Condado se arrojaba esa agua por la ventana para que el primer hombre que pasara dijera un nombre, que luego sería el del novio, o se utilizaba un vaso en el que se echaban papelillos enrollados con nombres para ver cual flotaba.

En el caso del agua, también nos encontramos con celebraciones puntuales ancladas en la tradición mágica, aunque hayan perdido su condición ancestral en favor de su vertiente lúdica. Así ocurre en Cumbres Mayores, donde en la noche del catorce de agosto se celebra la festividad de los Jarros. En ella la gente se moja con búcaros de barro. Puerto Moral celebra una Fiesta del Agua a finales de julio, que cierra la festividad de “La Alcaldesa” (de tipo religioso), pero esta no es de carácter tradicional por lo que no parece guardar relación con la línea ritual que trabajamos en el presente trabajo. De igual manera, descartamos la Fiesta del Agua que El Almendro celebra en agosto y el remojón popular en las fiestas de la Virgen de Luna en Escacena del Campo.

La que tiene una arraigada tradición a sus espaldas es la Fiesta de los Jarritos, de Galaroza. Se celebra el día seis de septiembre y en ella el agua es la gran protagonista, porque consiste en arrojarse ese líquido entre los participantes. Cualquier persona, por el simple hecho de transitar por la calle, es considerada participante y es susceptible de ser mojada. Sus orígenes se encuentran en la venta de productos que hacían en la localidad los alfareros extremeños que iban de camino a la Peña de Alájar, donde comercializaban su mercancía en la romería. En Galaroza, las personas que compraban los búcaros, los probaban en la fuente de los doce caños que hay en la plaza. Con una fuerte motivación erótica, el siguiente paso era mojarse unos a otros, principalmente jóvenes de sexos opuestos, que bajo las prendas mojadas intuían los volúmenes que la moral de la época mantenía ocultos hasta el trámite ineludible del matrimonio. Con menos intensidad, pero relacionadas con la alfarería del agua, en El Berrocal y El Campillo se celebraban dos actividades festivo-rituales en las que el cántaro era el protagonista.

Para finalizar, voy a recordar varias celebraciones casi rituales con el agua del mar como protagonista. En Isla Cristina, donde en la noche de San Juan la gente se moja los pies en la playa, tenemos dos manifestaciones de este tipo. En julio, la Virgen del Carmen es llevada a la orilla del mar y embarcada, además de celebrarse cucañas sobre el agua, con las consiguientes zambullidas. En agosto le toca el turno a la Virgen del Mar, que es llevada en barco por la ría y el mar, para después ser desembarcada en plena playa, donde la juventud la porta por el agua hasta tierra firma. En Sanlúcar de Guadiana, la Virgen del Carmen realiza una procesión por el río, con desembarco en el margen portugués incluido. En Isla Canela (Ayamonte), la imagen de idéntica advocación es introducida en el río a hombros de los fieles, en medio de un gran fervor. El río Piedras es el escenario elegido por los marineros de El Rompido, en Cartaya, para pasear en sus embarcaciones a la patrona del mar. Otro tanto ocurre en Punta Umbría, donde la Virgen del Carmen es procesionada en varias ocasiones, en barco por la ría o en las aguas de la playa a hombros de los fieles.

lunes, 27 de abril de 2009

La Virgen aparecida en Gibraleón y su danza del Sol

El lunes catorce de octubre de 1991, la prensa provincial existente en Huelva en aquel momento no dudó en afirmar sin ningún pudor y en pleno titular de portada que “El sol se movió ayer en Gibraleón”. Semejante irresponsabilidad sirvió para dar alas a un disparatado montaje aparicionista que se estaba desarrollando en esa localidad próxima a la capital onubense. Una vidente adulta protagonizaba un caso de supuestas apariciones marianas en Gibraleón, consiguiendo que cientos de fanáticos convirtieran unos terrenos próximos al casco urbano en un lugar sagrado donde reunirse en torno a ella, para que a su través, “la Virgen les hiciera llegar sus mensajes”.

Por entonces, la provincia de Huelva ya había contado con un caso notorio de apariciones marianas, el protagonizado en 1987 por una niña en la pedanía jabugueña de El Repilado. El fenómeno del movimiento aparicionista se estaba esparciendo por todos lados, tanto en nuestro país como en el resto del mundo, por lo que era muy frecuente encontrarse con nuevos puntos de la geografía en los que saltaba la noticia de que alguna persona afirmaba ver a la Madre de Dios y que ésta le daba mensajes. Curiosamente este último punto resultaba no ser enteramente cierto, puesto que lo que ocurría a la vista de seguidores y curiosos era que la supuesta Virgen poseía a la persona elegida para hablar directamente por su boca en unos instantes de trance. El esquema era similar prácticamente en todas partes.

Esta vez le tocó el turno a Gibraleón, de nuevo en nuestra provincia. Corría el año 1991 cuando un grupo no muy numeroso de personas comenzó a reunirse entorno a una encina situada en el paraje conocido por el nombre de El Alto Micael, acompañando a una vecina de la localidad olontense, María del Carmen Pérez de la Rosa. Esta mujer, denominada en su entorno con el apelativo cariñoso de María, afirmaba ver en la encina a la Virgen María, y que ésta le hablaba. La vidente, nombre con el que se designa en el mundillo de las apariciones marianas a la persona privilegiada con el supuesto don de ver a la Santa Madre cuando el resto no puede, manifestaba que la Virgen se le aparecía en su propio domicilio desde hacia dos años. Según contaba María, fue la propia Virgen quien le instó a cambiar de emplazamiento y quien la guió hasta aquella encina. María y un grupo de amigos y vecinos acudían todas las mañanas del mes de agosto a rezar el rosario. Allí, la Virgen se aparecía en algunas ocasiones. Sólo era vista por María. Sus mensajes eran muy similares a los habituales en otros casos de apariciones, hablando de penitencia, castigos, oración y sacrificio.

El modelo a imitar entre las apariciones marianas es el establecido en Fátima en las primeras décadas del siglo XX. El trece de octubre de 1917 se produjo en esa localidad lusa, ante 70.000 testigos, el supuesto milagro de la danza del sol, consistente en que el astro rey hace unos extraños giros y evoluciones ante la mirada de los fieles, sin dañarles la vista. Para este fenómeno se han dado varias explicaciones que descartan la absurda pretensión de que el sol pueda interrumpir su traslación por el espacio y que, para mayor disparate, esto sólo sea apreciable desde el lugar de la aparición. La presencia de ovnis o una especie de alucinación colectiva, provocada por un cúmulo de energía psíquica emanada de una gran masa de gente que espera ser protagonista de un milagro, son algunas de las más utilizadas.

A raíz de aquellos hechos, casi todas las recientes apariciones marianas han contado en alguna ocasión con un supuesto milagro similar al descrito en Fátima. Por eso, cuando la supuesta Virgen de las apariciones de Gibraleón anunció un hecho sobrenatural para el 13 de octubre de 1991, rápidamente se especuló con una danza del sol. El rumor se extendió y en la fecha fijada se congregaron en el lugar unas mil personas. Comenzó el rezo del rosario y al cabo de un rato se produjo el esperado encuentro entre vidente y Virgen. En el transcurso del diálogo, la Señora pidió que se mirara al sol para ver en él su imagen y la de la Cruz. En ese momento se disparó la histeria y gran parte de los presentes comenzaron a ver cosas extrañas, que fueron interpretadas como hechos milagrosos. Giros o desplazamientos veloces del sol, luces en el interior del astro o junto a él, o el hecho de mirar al sol sin ser cegados por su luz eran los argumentos esgrimidos por los defensores del caso.


Afortunadamente, en el lugar también había gente seria y objetiva, como el investigador Moisés Garrido, que constató la presencia de nubes que filtraban la luz solar y cuyo desplazamiento provocaba el efecto óptico de que el sol se movía. Como es lógico, el sol no se movió fuera de su órbita, pese a lo que afirmara el autor o autora del artículo que cité al comienzo. En cuanto a las luces o manchas junto al astro o en su interior, son achacables a las impresiones luminosas en las retinas de los observadores. La historia de las apariciones de Gibraleón ya no tenía freno. Seguidores y detractores comenzaron una encarnizada lucha, que sólo sirvió para darle más publicidad aún al caso. La primera voz en alzarse en contra de las supuestas apariciones fue la del párroco olotense, Diego Suárez Mora, quien no dudó en afirmar que todo era falso y que la vidente había protagonizado otras presuntas historias descabelladas. Según el párroco, María había afirmado en alguna ocasión que se le aparecía una niña muerta de la localidad, lo cual no había gustado nada, siempre según Diego Suárez, a la familia de la pequeña difunta. Según la versión del párroco, María había ejercido alguna vez de curandera, y en alguna ocasión afirmó poseer una figura del Corazón de Jesús que movía los ojos y los labios. Por otra parte, en una visita que realicé a Gibraleón en noviembre de ese mismo año en compañía del investigador Alejandro Rubio, en el convento de la Orden de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento nos afirmaron estar convencidas de que nada divino había detrás de todo aquello, puesto que la obra divina une a los hombres y no los separa. Las monjas adoratrices dijeron rezar a diario pidiendo a Dios que si aquello era obra suya, que siguiera adelante y si no, que desapareciera.

Ambos investigadores asistimos a una sesión de apariciones, en la que constatamos que el esquema era similar al de otros casos de videntes adultos, con un considerable tufillo a montaje descarado. Evidenciamos la presencia de un grupo de acólitos que trabajaba en el entorno más inmediato de la vidente para dar credibilidad al fenómeno. Una de sus tareas era asegurar a los periodistas un lugar privilegiado para la observación de los acontecimientos. Ese mismo grupo se encargaba algún tiempo más tarde -en nuevas visitas nuestras al enclave- de mostrar a los curiosos fotografías con presuntos hechos milagrosos acaecidos en el paraje. De la observación de tales fotos se apreciaba que se trataba de simples efectos ópticos logrados enfocando a contraluz al disparar las cámaras.

En pleno tinglado aparicionista, la destacada seguidora de las manifestaciones marianas, Esperanza Ridruejo, más conocida como “Pitita”, visitó en 1993 Gibraleón, antes de impartir una conferencia sobre el tema en el salón de actos del vicerrectorado onubense. Para “Pitita” Ridruejo, la sencillez de la vidente, la devoción y el respeto que ella había encontrado en el caso y el contenido de los mensajes, entre otras cosas, le hacían pensar que en Gibraleón se estaba apareciendo realmente la Virgen María. Este nuevo espaldarazo a la vidente María no sirvió para que el caso se perpetuara.

No sabemos si por las plegarias de las adoratrices o porque todas las cosas caen por su peso, lo cierto es que el caso está cerrado desde hace bastante tiempo, ya que la Virgen dejó de aparecerse, aunque la vidente afirmara que estaba presente cuando rezaban el rosario en el lugar, cosa que ocurrió con frecuencia durante cierto tiempo, puesto que los acólitos siguieron acudiendo con bastante asiduidad. El trece de julio de 1993 la ya conocida como Virgen de la Encina le había dicho a la vidente que no volvería a aparecerse. Al parecer, la Madre de Dios cumplió su promesa, dejando que poco a poco se fuera diluyendo el tufillo marianista que tanta atención había acaparado durante varios años.

Esta es, básicamente, la historia en la que una supuesta vidente, movida por no sabemos qué motivos o, incluso, tal vez de forma inconsciente, protagonizó unos hechos similares a tantos otros casos. Unos hechos que -en muchos de esos casos- acaban arrastrando a personas que se encuentran desesperadas o que buscan con ansia una realidad divina a la que aferrarse. Gente sin escrúpulos que se aprovecha de la buena voluntad de sus semejantes.

miércoles, 1 de abril de 2009

Cráneos trepanados y dioses de pizarra

Uno de los grandes misterios de la antigüedad lo constituye, sin duda alguna, el caso de las trepanaciones de cráneos, un fenómeno de distribución prácticamente universal. En Jabugo se conoce desde principios del siglo XX uno de esos cráneos trepanados, correspondiente al periodo Neolítico. Pero, antes de entrar en materia convendría recordar que una trepanación consiste en realizar un orificio en el cráneo, es decir en retirar un trozo óseo de la calota (pero sin llegar a dañar las meninges) mediante variadas técnicas de incisión. Esta práctica tuvo su máximo apogeo durante el Neolítico, aunque las primeras trepanaciones conocidas datan del Epipaleolítico, hace unos 11 milenios. Pese a este dato muchos estudiosos opinan que esta práctica podría ser mucho más antigua aún. La perforación craneal ha suscitado polémica, ya que los expertos no han llegado a ponerse de acuerdo sobre su motivación. Ciertos investigadores sostienen que se trataba de una intervención quirúrgica destinada a aliviar enfermedades cerebrales o que constituían tratamientos para tumores óseos de la calota e incluso cerebrales. Por el contrario, otros antropólogos defienden que se trataba de una práctica de iniciación, tras la cual el individuo que había sido sometido a dicha intervención comenzaba a ser considerado como adulto en caso de sobrevivir al proceso. Tampoco se descarta que la intencionalidad de esta actividad fuera dejar salir por el orificio, según ritos y creencias ancestrales, los malos espíritus o las enfermedades.

Ya avanzamos al comienzo que el cráneo trepanado hallado en nuestra provincia fue encontrado en la localidad de Jabugo, famosa por sus productos del cerdo ibérico. En concreto, en el yacimiento de la Cueva de la Mora. Esta cavidad se originó por un proceso cárstico en unos mármoles dolomíticos de edad correspondiente al Cámbrico Inferior. Estos materiales afloran en un área situada al norte del casco urbano jabugueño. Se trata de una cavidad de desarrollo casi horizontal con una leve pendiente hacia el Este. Está localizada en la vertiente sur de un cerro de 625 m. de altitud. Posee dos salas, la mayor, al comienzo, con unos siete metros de bóveda y la segunda, situada a mayor cota, de dimensiones más reducidas y con menor interés arqueológico. La importancia de este yacimiento, empleado como lugar de hábitat y funerario, radica en la amplia secuencia poblacional que se ha detectado y en el interés cuantitativo y cualitativo de la cultura material que se encuentra asociada a los diferentes periodos de ocupación.

Para conocer más a fondo el cráneo trepanado descubierto en Jabugo comenzaremos haciendo un poco de historia sobre el yacimiento que lo albergaba, basándonos en las investigaciones de dos buenos amigos, los arqueólogos Eduardo Romero y Timoteo Rivera, que lo han investigado en profundidad. Según la documentación que han manejado, en 1906, Juan Manuel Romero Martín, propietario de la finca “El Mirón”, inició unas labores de limpieza para convertir en almacén una cueva que había en aquel paraje. Los trabajos pusieron al descubierto algunos materiales arqueológicos que evidenciaban su uso por comunidades prehistóricas y llamaron la atención del dueño de los terrenos, quien lo notificó al Museo Arqueológico Nacional y donó los materiales a tal institución. Juan Manuel Romero inició en 1922 nuevas excavaciones, encontrando otros materiales que fueron mostrados en la Exposición Iberoamericana de 1929, para pasar después a estar depositados en el Museo Arqueológico de Sevilla. De todas esas labores nos ha quedado un importante legado consistente en piezas arqueológicas recogidas en museos, abundante documentación epistolar y un gran archivo fotográfico de material arqueológico (de muchas piezas se desconoce el actual paradero).

Los trabajos de excavación realizados por Juan Manuel Romero alcanzaron los cinco metros de profundidad, constatándose la existencia de poblamiento desde la Edad del Bronce hasta el Neolítico, así como en época romana. Cabe la posibilidad de que la cueva también estuviera habitada en el Paleolítico Superior, ya que en el Museo Provincial de Huelva existe una pieza ósea grabada datada en la etapa magdaleniense, que está atribuido a dicho yacimiento en base a una referencia incompleta, aunque podría corresponder a algún otro yacimiento con el mismo nombre (como el de la Cueva de la Mora de La Umbría/Puerto Moral). El soporte óseo corresponde a un radio de cáprido o cérvido, en el que se han grabado, por una cara, la figura de un ciervo con la cabeza vuelta, parte de otro animal y dos patas de un tercero. En la otra cara aparece la imagen de un rinoceronte.

En cuanto al periodo Neolítico, en la Cueva de la Mora se recuperó material que corresponde a vasos cerámicos decorados (que se datan en la primera mitad del IV milenio a.C.). Tales utensilios tienen formas globulares y ovoides, que presentan decoración en franjas junto al borde. Esta decoración está basada en impresiones, incisiones y acanaladuras. Pero el mayor porcentaje del repertorio ergológico de esta Cueva se encuadra en el periodo Calcolítico, entre el 2500 a. C. y principios del II milenio a. C. En esta cultura material destacan los ítems de carácter ideológico, los denominados ídolos placas, construidos sobre pizarras o esquistos. Presentan formas rectangulares y trapezoidales, con una o dos perforaciones. Están decorados con bandas y triángulos reticulados (también llamados “dientes de lobo”), líneas en zig-zag, motivos de “chevrons” y soles. Estas piezas son similares a las halladas en la comarca lusa del Alentejo, donde son muy abundantes. Otras localidades onubenses también han aportado ejemplares de ídolos placa. Los dólmenes de El Pozuelo, en Zalamea la Real, son el ejemplo más prolífico. Además, el arqueólogo Enrique Pérez halló otro ídolo de pizarra en la excavación de una sepultura de cúpula en San Bartolomé de la Torre. En Aljaraque fueron halladas otras dos piezas de esta naturaleza. Estos ídolos placa encierran en su utilidad un gran misterio, por lo que por sí solos merecen un amplio estudio.

En lo referente al material lítico hallado en la caverna jabugueña, se encontraron hachas pulimentadas, pulidores, láminas de sílex y una pieza interpretada como alabarda. La cerámica corresponde a vasos que presentan formas con tendencias esféricas, elipsoidales, cilíndricas o troncocónicas, la mayoría sin decoración y de pequeño o mediano tamaño. Destacan en cuanto a la decoración, 2 vasos con motivos de ajedrezado y de líneas en zig-zag, así como los fragmentos de cerámica campaniforme. De la Edad del Bronce también existen evidencias de ocupación en esta cavidad. En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid están depositados los materiales hallados en el interior de un característico enterramiento en cista, como ajuar funerario, que son un cuenco y otros objetos de cerámica, hachas pulimentadas y un ídolo placa. Además de esos, se documentan otros materiales como vasos o un fragmento cerámico con escorificaciones, que podría corresponder a un crisol o a una vasija-horno.

Por otra parte, los responsables de las excavaciones detectaron la existencia de grabados rupestres en el interior de la cavidad, representando a diversos animales, como avestruces y elefantes, entre otros. En una primera valoración no se ha confirmado su autenticidad pues no presentan pátinas, por lo que se está pendiente de contrastar su autenticidad. Puede que fueran realizados durante el pasado siglo, lo cual no se sabrá hasta que no se hagan los estudios pertinentes. En la Cueva de la Mora se ha constatado la presencia de restos faunísticos, como cráneos u otros huesos de tejón, comadreja, Capra hispánica, zorro, meloncillo y conejo. Pero lo más interesante es la existencia de restos humanos procedentes de los enterramientos realizados en su interior. La presencia de un mínimo de ocho individuos se deriva del estudio de tales restos, aunque podrían ser más.

El más importante de los restos óseos es sin duda alguna el cráneo trepanado, que presenta su respectiva mandíbula. Ambas piezas evidencian una preservación óptima. Corresponden a un adulto masculino, joven aún. Se trata de la única trepanación documentada hasta el momento en la provincia de Huelva y la tercera en Andalucía occidental, pero quizás no haya sido la única de la Cueva de la Mora, ya que parece haber evidencias fotográficas de otros restos con este tipo de operación, aunque lamentablemente se desconoce su actual paradero. El cráneo que nos ocupa presenta una perforación completa, con gran pérdida de sustancia oval en la zona central de la calota, de mayor anchura en la parte posterior, afectando al frontal y a ambos parietales. Las paredes de la trepanación son oblicuas, con una mayor pérdida de sustancia en la tabla externa. Las características de esas paredes evidencian una reacción cicatricial con supervivencia del individuo trepanado, en especial la porosidad del contorno en algunas zonas (en relación a un proceso infeccioso secundario).

La técnica de producción de la trepanación fue el legrado o abrasión por medio de un instrumento de piedra de superficie granujienta utilizado a modo de lima. Al margen de la trepanación, los otros únicos daños patológicos que presenta la calavera son dos pequeñas erosiones. La supervivencia pudo llegar a las dos semanas. Parece descartarse una intencionalidad médicoquirúrgica en la práctica de la trepanación, por lo que cabe inclinarse por un origen relacionado con prácticas mágicas o religiosas. Unas prácticas que nos abren las puertas a las incógnitas que se ciernen sobre aquella gente, sobre sus creencias y su visión de los temas trascendentes. Un misterio que tal vez nunca llegue a aclararse.

martes, 17 de marzo de 2009

Humanoides en la costa, el encuentro de Rafael Peralta y otros casos

Debido al enorme número de casos de avistamientos de ovnis en todo el mundo, los investigadores del fenómeno nos hemos visto en la necesidad de establecer unos criterios de clasificación con los que agrupar los casos, para poder analizarlos con mayor precisión y poder sacar conclusiones con más objetividad. El primer criterio de clasificación es la distancia entre el testigo y el supuesto objeto observado, lo que supone que existen dos tipos de avistamientos: lejanos y cercanos. Los avistamientos lejanos, analizados aisladamente, carecen de especial interés porque aportan escasa información sobre el objeto y porque se prestan en demasía a ser el resultado de algún error de percepción. Por su parte, los avistamientos cercanos se subdividen en cuatro categorías o tipos, según si el objeto está en vuelo (1º), si está aterrizado (2º), si está aterrizado y son perceptibles seres asociados a él (3º), y si el observador supuestamente interacciona con el objeto (4º).

Cuanto más complejo es el caso, más llamativo resulta para los investigadores y más atracción ejerce sobre los medios de comunicación, aunque existen otras circunstancias que elevan ese interés. Es eso lo que ocurre con el caso acaecido en nuestra provincia en julio de 1982, un avistamiento cercano del tercer tipo que, además, estuvo protagonizado por un personaje famoso: Rafael Peralta, una figura del arte del rejoneo. Con el aliciente añadido de la popularidad del protagonista, el caso fue muy divulgado en su momento, aunque al principio Peralta sólo relató los hechos a su familia. Cuando la información trascendió el círculo familiar y llegó a los medios de comunicación, el prestigioso investigador Juan José Benítez estudió a fondo el caso, incluyéndolo en alguno de sus libros sobre temática ufológica.

Rafael Peralta contaba en aquel momento con cuarenta y tres años de edad. En la tarde del domingo veinticinco de julio de 1982 toreó en la plaza de La Línea de la Concepción. Tras la corrida acompañó a su cuadrilla hasta la capital hispalense. Desde allí, Peralta se dirigió en su vehículo, un potente Mercedes, hacia Punta Umbría, población en la que se encontraba veraneando su familia. El trayecto de Sevilla a Punta lo realizó solo. Sobre las cuatro de la Madrugada, cuando se acercaba al cruce de La Bota, observó unas luces rojas y amarillas intermitentes junto al ramal de carretera que sale del cruce en dirección a Punta Umbría, sobre la arena, en el lado que da al mar. El afamado torero pensó que se trataba de algún accidente de tráfico, por lo que aminoró la velocidad del coche hasta detenerse a unos veinte metros del lugar en que estaban las luces.

Peralta se apeó y caminó hacia las luces con el propósito de prestar ayuda a los posibles accidentados. Cuando se acercaba, comprobó estupefacto que no se trataba de ningún accidente de tráfico. Según su testimonio, allí lo que había era un objeto casi cuadrado con las aristas redondeadas, de unos cinco o seis metros de largo por tres o cuatro de alto, con un brillo plateado muy intenso. El conocido rejoneador se paró a medio camino con la certeza de que aquello no era algo normal. Al detenerse reparó en otro detalle. A la derecha del objeto, Rafael descubrió a un individuo muy alto, de más de dos metros y medio, que se encontraba frente a él. Aquel ser parecía no tener brazos, ni cabellos, ni facciones. Su cabeza parecía como cubierta con una especie de malla metálica y era cuadrada. Las piernas parecían partir de más abajo de las ingles. Nuestro hombre no daba crédito a lo que veía.

El extraño ser emitió un sonido gutural, seco, entrecortado y con cierto tono metálico. Rafael oyó algo así como “ba-ra-ra-rá”, y no entendió absolutamente nada, por lo que le preguntó al personaje “¿qué dices?”. No obtuvo respuesta. El humanoide se adentró en el objeto sin que el rejoneador acertara a captar ni cómo, ni por dónde. Seguidamente el objeto se elevó y, siempre en silencio, se dirigió hacia el mar. Peralta volvió al coche y durante unos minutos buscó las llaves, pues con el nerviosismo no recordaba dónde las había dejado. Cuando por fin las encontró, arrancó el vehículo y puso rumbo a su casa, a donde llegó invadido por un miedo que no lo dejó dormir en toda la noche. Su reloj se había quedado parado a las cuatro y pico, y no volvió a funcionar hasta pasados varios días.

Curiosamente, el catorce de ese mismo mes se había producido algún avistamiento de ovnis en la misma zona. Pasadas las tres de la madrugada, unos veraneantes madrileños vieron en el mismo cruce un objeto que evolucionaba sobre el mar. Al llegar a Punta Umbría alertaron a varios vecinos que fueron así también testigos de las maniobras del objeto, que en ocasiones descendía hasta casi tocar la superficie del agua, iluminándola con potencia.

No ha sido este caso el único en nuestra provincia en el que se observa un ser de aspecto humanoide, el propio Benítez nos dio a conocer otros casos que resultan muy adecuados para referirlos a continuación. Comenzaremos por el avistamiento ocurrido en Villablanca el día diecinueve de marzo de 1967. La historia fue protagonizada por el pastor de la localidad, Domingo De la Cruz Orta, el “Hilario”, y por el “zagal” que le ayudaba en las faenas de cuidar a las ovejas, Fernando Cavaco, un chico de unos doce años de Cartaya. A las dos de la madrugada, ambos regresaban con el ganado después de haber pastado furtivamente en una finca próxima cuando divisaron una luz muy potente junto a unas cuadras. Primero pensaron que sería un paisano que atendía al ganado, pero cuando se situaron a unos doscientos metros vieron que era un extraño personaje que portaba una especie de foco.

Tras deambular por la zona, aquel ser se elevó por los aires hasta que sólo era visible la luz proyectada. Primero se desplazó en dirección a Portugal y después se dio la vuelta hacia el punto de partida. Antes de llegar cayó por un barranco y después siguió acercándose, volando a unos veinte o treinta metros de altura. A medida que descendía, la luz disminuía y se hacía más visible la silueta del humanoide, que volaba en posición vertical sin que se viera ningún aparato que propiciara tal desplazamiento, como si levitara, y sin emitir ni un solo sonido. El pastor se acercó algo más al ser, una vez se posó de nuevo. Observó que vestía pantalón y chaqueta bien abrochada que le parecieron de pana, con un sombrero en el que brillaba algo metálico y que el ayudante percibió más bien como una corona. La indumentaria hizo pensar al “Hilario” que podía tratarse de uno de los guardas de la finca que acababan de abandonar, aunque no podía comprender lo del vuelo.

Ante esa posibilidad, el pastor se acercó hacia el ser con la intención de solucionar la falta cometida, pero cuando estuvo a pocos pasos -y ambos se detuvieron- observó que no era ningún guarda. Antes de poder emitir alguna palabra, el humanoide se giró y se alejó. Poco después volvió a elevarse, aumentando la luz hasta que la claridad lo ocultó a la vista. La luminaria se alejó en dirección al Guadiana alumbrando los campos en su trayectoria. Cuando desapareció de forma definitiva, los pastores retomaron el rebaño -en todo momento tranquilo- y se recogieron siendo poco más de las tres de la madrugada.

El siguiente caso es el que protagonizó la prestigiosa pintora María Asunción Echagüe en noviembre de 1972. Tenía cuarenta y cuatro años por entonces y vivía en Isla Cristina. Una mañana salió a pasear por la playa con su hermana Concha y la perrita Tekel. Vieron pisadas, dos pares de hileras separadas entre sí un metro. Parecían pisadas normales, salvo por el detalle de que eran afiladas por la delantera. Presentaban un avance unísono, saliendo perpendicularmente del agua y desapareciendo súbitamente a cierta distancia, en las dunas que cerraban la playa, como si los caminantes se hubieran esfumado durante el avance. Eso asustó a las mujeres, que decidieron volver a casa.

Según confesó la pintora a J. J. Benítez, poco antes del mediodía, se puso a regar las plantas de la terraza y descubrió en un jardín a unos cuarenta metros a dos individuos de casi dos metros de altura, con melenas de color blanco brillante, con trajes ajustados de una sola pieza, de color gris refulgente y como granulado, con algo oscuro en el pecho y el cuello. La pintora estupefacta se preguntó qué serían. En ese momento, los seres se giraron y la miraron, alzando sus brazos derechos con tres dedos extendidos. La testigo creyó recibir una comunicación que la llenó de paz y alegría. A continuación, se marcharon y desaparecieron entre los árboles cercanos. A poca distancia, un niño del vecindario observaba a los extraños seres y, cuando la vio, le preguntó a María Asunción si había observado aquellos extranjeros tan raros.

En el mes de enero siguiente, María Asunción observó al oscurecer, bajo las aguas del mar, una gran luz que cambiaba de color, entre el azul, el verde y el naranja. El fenómeno duró unos diez minutos. La pintora protagonizó otro avistamiento singular el 29 de septiembre de 1982, dos meses después de la experiencia de Peralta. Al levantarse vio hacia el este un panecillo luminoso de color anaranjado, de tamaño aparente mayor que la luna llena, y que se apagó de repente. A continuación, observó por el balcón, hacia el oeste, otras dos luces, una ovalada y la otra, como doble, con la parte superior más pequeña que la inferior. Esa misma noche también fueron testigos de los avistamientos unos policías locales, comerciantes y marineros de Isla Cristina.

sábado, 7 de marzo de 2009

La leyenda de la Romana de Oro de la Cueva de la Mora de La Umbría-Puerto Moral

La Sierra del Parralejo es una montaña que abarca el sur del término municipal de Puerto Moral y una pequeña extensión de terrenos pertenecientes al de Aracena. En la parte de la solana, en la ladera suroriental de dicha sierra, a pocos metros del límite entre ambos municipios, se encuentra la Cueva de la Mora (homónima de otros enclaves serranos en Jabugo, Los Romeros y la propia Cueva de la Mora, perteneciente al municipio de Almonaster la Real). Se trata de una pequeña cavidad horadada en la roca caliza, cuya entrada tiene una orientación que le permite recibir bastante luz solar a lo largo del día. A su alrededor crece una extensa masa de matorral, en la que destacan las madroñeras y otros arbustos. Por pocos metros la cueva se encuentra en terreno aracenés desde la emancipación local de Puerto Moral hace un par de siglos. Pese a ello, esta localidad considera la cueva como algo propio, en parte por la artificialidad de los límites territoriales que son trazados sobre un mapa sin atender a la realidad de esos territorios. No en vano, los antiguos habitantes de la Sierra del Parralejo campaban por ella ajenos a la división que siglos más tarde sería establecida. El hábitat de tales pobladores debe entenderse de forma unitaria, por lo que en la actualidad ambos municipios pueden sentirse “herederos legítimos” de aquella realidad histórica (y de hecho, los restos arqueológicos se esparcen a ambos lados de la actual línea divisoria).

La existencia de la cueva es conocida desde hace siglos por los habitantes de Puerto Moral y de otras localidades de los alrededores. En torno a esa cavidad ha existido una leyenda que afirma que en lo más profundo de la cueva está enterrada una romana de oro. Una balanza romana construida exclusivamente con ese preciado metal. Hasta el momento nadie ha encontrado ese curioso tesoro. Decimos curioso porque otras leyendas más comunes sobre caudales ocultos hablan siempre de cofres con monedas y joyas o de lingotes de gran tamaño, nunca de artilugios como el que nos ocupa.

Por la presencia de restos se sabe que esta cueva fue un abrigo habitado en épocas prehistóricas, pero lamentablemente no hay mucha información, puesto que el yacimiento arqueológico ha sido brutalmente expoliado por buscadores de la Balanza de Oro. Entre los materiales que ha sido posible recuperar tras las expoliaciones se encuentran fragmentos de cerámica, microlitos y restos dentarios. Del análisis de la cerámica rescatada en la década de los 80, llevado a cabo por los arqueólogos Federico Martínez Rodríguez y José Pedro Lorenzo Gómez, se deduce que la oquedad estuvo débilmente habitada en el Calcolítico pleno (mediados del III milenio a. C.) y alcanzó su máxima ocupación en el Calcolítico final y el Bronce antiguo y pleno (I milenio a. C.). A partir de ese momento la ocupación tuvo carácter esporádico, como parece desprenderse de ciertas evidencias en el Bronce final (primeros siglos del I milenio a. C.) y la etapa prerromana (siglos V al III a. C.). La documentación de esas diversas etapas de ocupación otorga a este yacimiento arqueológico una gran importancia dentro del contexto comarcal serrano.

Es posible pensar que la existencia de restos arqueológicos en el interior de la cueva hubiera desencadenado en un pasado remoto los mecanismos que dieran lugar a la aparición de la leyenda. Algo así como si el supuesto tesoro (la balanza romana de oro) guardara relación con los restos (sobrevalorados por la fantasía popular). Sin embargo, la existencia de la leyenda parece remontarse a tiempos muy anteriores a los momentos en los que el pueblo llano ha tomado conciencia sobre el valor de los restos arqueológicos. Además, nunca se ha hablado de que se hubieran hallado restos con anterioridad a la fecha citada (década de los ochenta). Por todo ello parece descartarse cualquier relación entre la Romana de Oro y los restos arqueológicos hallados en la Cueva de la Mora.

Por otra parte, el mundo del ocultismo nos ofrece claves para determinar el valor simbólico de la leyenda, cuya interpretación en esa línea nos lleva a unas conclusiones sorprendentes (sean ciertas o no). Definimos el ocultismo como el conjunto de doctrinas y prácticas misteriosas, espiritistas y hasta mágicas, que pretenden conocer, explicar y someter al dominio humano los más misteriosos fenómenos de la vida material y psíquica. Recurrimos a tal línea de explicación basándonos en la circunstancia de que aquello que está enterrado se encuentra oculto y, por tanto, disponible sólo para quienes sepan encontrarlo. Y la leyenda es clara en eso: la romana de oro está enterrada.

Para realizar el análisis de la leyenda partiremos de la clave simbólica de la cueva. Grutas, simas, cavernas y demás oquedades naturales han sido utilizadas en la antigüedad como viviendas, santuarios y tumbas. Por ello, José Felipe Alonso Fernández-Checa afirma en su Diccionario de Alquimia, Cábala, Simbología que “en ellas residen los mitos de renacimiento y de iniciación de numerosos pueblos”. Más allá va Juan G. Atienza en el prólogo de Montes y Simas Sagrados de España, cuando afirma que “la caverna ha constituido la base de la penetración humana en el conocimiento prohibido, (...) participa del secreto de la iniciación,” o que “su acceso (está) restringido a quienes aspiran al conocimiento superior”. Para Atienza “su simbolismo primigenio la identificó siempre con el útero materno de la Tierra creadora de todo lo viviente”, por lo que “es la matriz de la tierra, el vientre de la ballena jonasiana, la cueva de los leones de Daniel, el antro sombrío donde el humano debe penetrar cuando quiere integrarse en el saber sagrado que nunca le será revelado ni cedido voluntariamente, sin haber cumplido primero con el requisito iniciático que lo haga acreedor de alcanzar el conocimiento de lo numinoso”. Estas afirmaciones convierten a las cavernas en lugares propicios para los rituales iniciáticos, conscientes o inconscientes. Atienza afirma que tales enclaves despiertan “reacciones físicas o psíquicas (...). Cuando tal sucede, individuos especialmente sensibles pueden llegar a vivir experiencias que el conjunto del colectivo ni siquiera capta. Y esas experiencias (...) suelen crear estados de ánimo insólitos y hasta pueden llegar a producir sensaciones aparentemente sobrehumanas, estados alterados de conciencia”.

En torno a la simbología de la Balanza, en su Diccionario, José Felipe Alonso nos aclara que ésta “simboliza en la actualidad de forma mística la justicia, la equivalencia, el equilibrio”. Nos interesa especialmente este tercer valor simbólico, aplicable sin duda a cualquier modelo de balanza. Incluso cuando Alonso afirma que la Balanza “representa la correspondencia existente entre el universo corporal y el universo espiritual”, podemos sustituir el término correspondencia por el de equilibrio sin alterar sustancialmente el significado de la afirmación. “Como expresión práctica de la Justicia y del juicio”, la balanza -según Alonso- también “está unida a valorar el bien y el mal humano”.

La obra de Alonso Fernández-Checa también nos va a servir para conocer el significado oculto del Oro, metal que cotidianamente ejerce como símbolo genérico del poder y la riqueza. Este preciado elemento es “uno de los siete metales considerados por los alquimistas”. No olvidemos que en la llamada “Alquimia práctica” el objetivo fundamental era “encontrar la Piedra filosofal que puede transmutar en oro los metales sin valor”. Sin embargo, a nivel esotérico también existía una “Alquimia mística”, que se puede definir como una “forma espiritual para transformar lo malo en bueno, aspirando a la perfección superior”. Elvira Marteles, que afirma que “el oro era la meta” de los alquimistas, advierte que para los filósofos herméticos “las alusiones al oro tenían un significado alegórico” e, incluso, diferenciaban entre el “oro vulgar” (el metal) y el “oro filosófico”. Todo ello nos coloca al Oro como un símbolo espiritual, de pureza, de perfección.

Puestos a atar cabos, nos encontramos con que una Cueva en la que se encuentra enterrada una Balanza de Oro (como es el caso de la Cueva de la Mora, según la leyenda) podría ser en realidad un enclave iniciático en el que se encuentran las claves ocultas que resultan una herramienta eficaz para alcanzar un cierto equilibrio espiritual. Se dice que enclaves de ese tipo hay muchos en el mundo (cuevas, pirámides, templos, montañas, fuentes, monumentos megalíticos, etc.) y que están entrelazados por unas supuestas corrientes de energía conocida con el nombre de energía telúrica. Una energía que según algunos atrajo a nuestros antepasados hasta esos puntos y los estimuló para construir templos y monumentos. En todo caso, es preferible acudir a la Cueva de la Mora con el propósito de elevarse espiritualmente, en vez de hacerlo con pico y pala para arrebatar al subsuelo los restos arqueológicos que los primitivos habitantes nos legaron y que son patrimonio de todos.

lunes, 2 de marzo de 2009

La Secta de Mazagón: una gurú ante los tribunales

Lamentablemente, pese a los consejos que pululan por doquier, hay muchas personas que caen en las garras de algunos grupos sectarios, en los que sus vidas se convierten en un infierno, a veces sin que ellos mismos sean conscientes de la situación en que se hallan. La perversidad de los líderes o guías de esos grupos puede llegar a ser insospechable. Ana Camacho era la líder de uno de esos grupos, que resultó ser muy peligroso. Quince años por homicidio y otras penas llevaron a esa mujer a la cárcel, tras un juicio histórico en el que se sentaron en el banquillo de los acusados los integrantes de una microsecta cuyas actividades causaron la muerte a María Rosa Lima Sauz. Los 58 folios de la sentencia del juicio a los integrantes de la llamada secta de Mazagón reflejan bien a las claras los peligros extremos a los que puede llevar la pertenencia a un grupo sectario. Veamos a continuación cómo se iniciaron los tristes sucesos.

Ana Camacho Carrasco, auxiliar de clínica natural de Bollullos Par del Condado y que contaba por entonces con 30 años, asistió en noviembre de 1978 en Sevilla a un curso intensivo de control mental impartido por una instructora de la organización Silva Mind Control U. S. A. -la uruguaya Marta Lépore, con la que trabó gran amistad-, que poco tiempo después fue expulsada de esa organización por no atenerse exclusivamente al método Silva. Instaladas ambas mujeres al año siguiente en un piso de la calle San Emilio de Madrid, Ana creó una especie de tertulia donde se abordaban temas esotéricos, religiosos y espirituales. Poco a poco, entorno a su figura se fue consolidando un grupo de personas, atraídas por sus enseñanzas. Junto a Ana Camacho, conformaban el grupo varias personas: la primera de ellas su hermana María Luisa, profesora y casi tres años mayor que Ana; María Soledad Loma Herrero, “Marisol”; la arquitecta madrileña Emilia Gallego Valdés; la secretaria cacereña María Asunción Muñoz Álvarez; la sevillana, licenciada en Filosofía y Letras, Concepción González Servian; el funcionario de origen brasileño Fernando Asanza Fernaud; el empleado de Telefónica natural de Guadalajara, José Manuel Sánchez Palancares; y la esposa de este último, María Rosa de Lima Sauz.

En 1984, Lépore se trasladó a Canarias, tras lo cuan quedó como líder única Ana, que iba controlando cada vez más al colectivo, a la vez que iba dominando las voluntades de los integrantes. Para dominar la voluntad de sus adeptos, la líder del grupo se ayudaba de unas sesiones mediúmnicas, en las que hacía creer a los demás que diversos espíritus se manifestaban a través de ella. Así, los espíritus de Gran Águila, Santiago o Juan y los extraterrestres Leokin, Nirfe u Otonilbo pasaron a ser considerados "entidades-guía" y sus órdenes se cumplían a rajatabla. Si esto no ocurría, las entidades que hablaban por boca de Ana seriamente a los rebeldes, también a través de las manos de la líder del grupo.

Basándose en que sólo el sufrimiento lleva a la salvación eterna, Ana Camacho sometió a sus adeptos a humillaciones y terribles vejaciones. Rompió el noviazgo entre Fernando y Emilia y el matrimonio de José Manuel y María Rosa. Obligó a Fernando a abandonar sus estudios de arquitectura. Ana impedía a todos fumar y si encontraba a alguien con un cigarrillo encendido, se lo apagaba en la lengua y le hacía tragar los que tuviera en la cajetilla. A lo anterior hay que añadir golpes con una fusta o con la muleta de la que se ayudaba para caminar, cortes producidos con pinzas y otros castigos físicos, algunos tan sádicos como hacer ingerir los excrementos del perro o los cabellos que les arrancaba a tirones. Esta situación, aceptada para no perder la salvación eterna que sólo era posible junto a Ana, se hacía cada vez más insostenible. Para sofocar los focos de rebeldía, además de incrementar los castigos, Ana acusaba de estar endemoniados a los que disentían. Y todo ello, mientras la gurú se dedicaba en gran medida a visualizar películas en el vídeo y a degustar los exquisitos menús que se ordenaba preparar, a base de turrón, mazapanes, compotas y otras delicias.

En 1986, por orden de uno de los espíritus-guía, el grupo se trasladó a vivir a Mazagon, a donde ya solían acudir en periodos veraniegos y en algunos fines de semana. La gurú del grupo deseaba disfrutar del apacible clima que se da en esta población playera de nuestra provincia, ubicada a caballo entre los municipios de Moguer y Palos de la Frontera. En esos momentos, Ana Camacho, líder indiscutible, dominaba totalmente a los adeptos, que desde hacía tiempo vivían con ella. Los que tenían trabajo aportaban a Ana sus salario y -mientras Ana Camacho disfrutaba y los controlaba- todos por igual trabajaban en la casa , cuidando de cumplir al mínimo detalle las disparatadas órdenes de la líder. Todos creían que sólo al lado de Ana podían obtener la salvación eterna y que si se separaban de ella se condenarían sin remedio. La angustia de los adeptos crecía cuando Ana los conminaba a obedecerle, porque si no lo hacían se agravaría su enfermedad y se moriría, cosa que ellos no deseaban bajo ningún concepto porque supondría la pérdida de toda posibilidad de salvación.

Para propiciar la adhesión y sometimiento de los demás a su persona, Ana administraba a los integrantes del grupo, excepto a su hermana, lo que ella llamaba "cafiaspirinas bendecidas", que no eran otra cosa que comprimidos de centramina -una sustancia psicotrópica que conseguía falsificando recetas de MUFACE- machacados y mezclados con aspirinas, azúcar y agua. La tortura psicológica aumentaba con limitaciones en el sueño y el alimento, así como con la imposición de férreos horarios de salida y entrada y prohibiciones de comunicación entre algunos miembros. Por supuesto que cada desobediencia era duramente castigada, por orden de los “guías” que hablaban por boca de la líder.

Rosa, una de las más castigadas, intentó en 1988 escaparse de Mazagón, pero su intento falló y quedó a merced de Ana, que recrudeció sus castigos y la ató a la cama, diciendo al resto que estaba endemoniada. El aumento de palizas y castigos, unido a la vigilia y a la falta de alimentos, ocasionaron el desfallecimiento de Rosa. Ana ordenó que a medianoche, cuando no hubiera nadie por la calle, fuera trasladada a Sevilla e ingresada en un hospital con el argumento de que estaba en tratamiento psiquiátrico y se provocaba autolesiones. Era el 28 de agosto de ese año cuando la víctima, en estado de coma, ingresó en la UCI del sevillano Hospital Virgen de la Macarena. La rotura de un quiste ovárico, la caquexia producida por el estado de anemia y desnutrición, y las múltiples lesiones externas provocaron la muerte de María Rosa Lima en el centro hospitalario, que interpuso la correspondiente denuncia.

Tras el óbito de Rosa Lima, los castigos al resto aumentaron. Concepción González huyó a Sevilla y se refugió en casa de una amiga, pero Ana dio con su paradero e intentó entrar por la fuerza. La Policía Local intervino para evitarlo. Varios días después, tras la investigación llevada a cabo por las fuerzas del orden, el grupo fue desmantelado y Ana ingresó en la prisión de Sevilla. Todos los demás integrantes, excepto Marisol Loma -que no resultó imputada-, fueron enviados a la prisión de Huelva hasta que quedaron en libertad provisional.

El 22 de octubre de 1992 comenzó en la Audiencia Provincial de Huelva el juicio -seguido muy de cerca por mi buen amigo Moisés Garrido- por la muerte de Rosa Lima y otros delitos como detención ilegal, estafa, falsedad en documento oficial, amenazas, lesiones, etc. Durante su celebración salieron a la luz muchos de los trágicos detalles de esta historia. El 21 de noviembre se dictó la sentencia, que condenaba a Ana Camacho a quince años de reclusión menor por el delito de homicidio. Ana fue absuelta de asesinato, ya que durante la vista, en medio de una gran polémica, no pudo demostrarse que una sustancia, la mepivacaína del fármaco Scandinibsa -que fue encontrada en los análisis de sangre-, fuera la ocasionante de la muerte de Mª Rosa Lima. Tampoco se estableció que fuera muerte natural, como pretendía el abogado defensor de Asunción Muñoz. Otros once años de prisión menor, multas y otras sanciones completaron la condena de la líder de la secta. El resto de imputados fueron también condenados, pero -salvo en el caso de María Luisa Camacho- se tuvo en cuenta la circunstancia atenuante muy calificada de obediencia debida provocada a través del error, que en aquel momento era una figura jurídica novedosa en el Código Penal, por lo que la sentencia llamó mucho la atención en medios judiciales.