miércoles, 13 de julio de 2011

Libro




Me es grato comunicar a los seguidores y seguidoras de este blog que está en la imprenta un libro que recoge los trabajos aquí publicados, ampliados y corregidos.


La obra lleva por título "DE TARTESSOS A MARTE Guía de Enigmas y Misterios de la provincia de Huelva".


En cuanto esté en la calle, lo haré saber.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Satanismo: culto al lado oscuro

Desde muy antiguo, el Bien y el Mal han sido considerados elementos inseparables, las dos caras de una misma moneda. Las religiones han contribuido a ello mostrando frente al dios titular un anti-dios malvado, afanado en arrebatarle las almas de los adeptos. Se trata de un mito negativo imprescindible para establecer el equilibrio necesario entre lo positivo y lo negativo, entre la luz y la oscuridad. En nuestra cultura existe una innegable influencia judeo-cristiana que nos ha legado, entre otros mitos, la figura de Satanás, el ángel caído en desgracia por revelarse contra el poder de Dios, que lo habría creado como la más perfecta de sus criaturas. El mismo ser que adoptaba la forma de serpiente para hacerle la jugarreta a los incautos Adán y Eva, primigenios habitantes del paraíso terrenal. A lo largo de la historia, aquellos que han tenido que desmarcarse de las líneas generales de las corrientes religiosas establecidas han buscado en muchos casos una vía de culto a ese otro lado de la realidad divina. Así nació el satanismo, en parte como una búsqueda de refugio en el Mal cuando el Bien volvía la espalda a cierta gente. Hay quien dice que una de las labores más destacadas (aunque involuntaria) de la Inquisición fue convertir en adoradores del diablo a los perseguidos y sus allegados. También existe otro culto, llamado luciferino, que invierte los papeles tradicionales; el Mal lo encarnaría Dios y el Bien estaría en Lucifer, el portador de la luz de la sabiduría, quien la entregó a la especie humana. En ambos sentidos han sido numerosos los colectivos que han rendido culto al lado oscuro. La provincia de Huelva no ha sido ajena a tales corrientes. Tenemos varios ejemplos de prácticas rituales y de otro tipo que lo demuestran, pero antes de hacer un repaso a tales ejemplos me gustaría recordar ciertos incidentes ocurridos hace bastante tiempo en Valdelarco. No tengo evidencias de que se tratara de un caso de satanismo, pero existen ciertos indicios que apuntan en esa dirección. Por desgracia, el tiempo transcurrido impide la correcta investigación. Los hechos que conocemos por la versión más completa que he obtenido son los siguientes. Corría el año 1.974. Llegaron desde Huelva varios turistas con el propósito aparente de disfrutar durante unos días de la belleza de esta localidad, para lo que habían alquilado una vivienda. Uno de ellos asistió a misa y después se ocultó en el interior del templo. Su maniobra de ocultación fue observada por una anciana, quien -tras el cierre de la iglesia- avisó a sus convecinos. Una nutrida e indignada cuadrilla de ellos acudió a sacar al individuo del templo. El hombre huyó en dirección al cementerio, del que salió el resto del grupo. Escaparon del linchamiento campo a través y la situación tuvo que ser solucionada por los efectivos de la Guardia Civil del cuartelillo que existía entonces en la vecina localidad de Galaroza. Uno de los efectivos de la Benemérita que vivió el caso en primera persona me confirmó en su día que los protagonistas fueron enjuiciados en Huelva, con condenas de escasa relevancia. Todos menos uno, que fue enjuiciado por la vía militar porque los hechos ocurrieron durante un permiso en su servicio militar ¡en pleno régimen franquista! Nadie en Valdelarco se ha planteado que pueda tratarse de un caso de satanismo, pero mi primera impresión al conocer los hechos fue esa. Pensaba yo que el ocultado en el templo tenía como misión abrir las puertas del templo para facilitar el acceso del resto para celebrar allí una misa negra. Tras consultar a amigos expertos en satanismo, estos me indicaron que la dinámica de los grupos satánicos hace más presumible que la intención del encerrado en la iglesia fuera la de robar las hostias para luego celebrar esa misa negra en el cementerio (donde de hecho lo esperaban los compañeros, hombres y mujeres) usando como altar alguna lápida y adornando el escenario invirtiendo algunas de las cruces que pudieran hallar en el recinto. Pero la situación se precipitó y fue imposible realizar el ritual. Quince años después, 1.989, el cementerio onubense de La Soledad amanecía el domingo 18 de diciembre con unas profanaciones que sembraron cierta alarma en Huelva. Cincuenta y siete cruces habían sido arrancadas de las tumbas y clavadas de forma invertida en la tierra. Además, entre otros desperfectos, una imagen de la Virgen del Rocío había sido desprovista de su corona, que fue colocada a sus pies. Veintiocho días más tarde se produjo una nueva profanación en ese camposanto, cuando varias personas accedieron a él por la zona del osario e invirtieron nueve cruces. Un ciclo lunar había separado los hechos cometidos en sendas noches de luna llena y de sábados (como en un Gran Sabbath). El ambiente de temor se vio reforzado por una campaña poco afortunada de Antena 3, que anunciaba su inicio de emisiones con anuncios en los periódicos que sólo contenían el texto “Aviso a la población. El día 25 se recomienda que permanezcan en sus casas. Se podrán ver monstruos, apariciones, fenómenos”... Eso dio paso al rumor extendido de que se preparaba un secuestro de niños para un sacrificio. Algo tan falso como las pintadas que se decía que lo anunciaban en el muro del cementerio o como las pintadas realizadas con sangre en un colegio de la capital, también inexistentes. Se decía que los autores eran “súbditos extranjeros de alto standing” que residían en Sevilla, trabajando en los preparativos de la EXPO 92. Falsedades y desinformación, como la que llevó a la ex parlamentaria popular, Pilar Salarrullana, a otorgar la autoría de los hechos a las miembros de la secta satánica Las Hermanas del Halo de Belcebú. Toda una osadía, desde mi punto de vista. Por su parte, Antonio José Alés afirmó que existían claves numéricas en ambos sucesos, sus fechas y otros elementos, que informaban sobre un terremoto que se produjo el 20 de diciembre de 1.989, con epicentro en Isla Cristina, que provocó numerosos daños en esa localidad y en Ayamonte. Aunque sin daños destacables, el seísmo sembró la alarma en poblaciones como Punta Umbría, Huelva, Lepe o Cartaya. Personalmente, encuentro demasiado rebuscada esa hipótesis. Otros cementerios también han sufrido profanaciones, como el cementerio inglés de la localidad de Minas de Riotinto, lamentable gamberrada que conllevó el deterioro de algunas lápidas en ese bello recinto. Ninguna evidencia de ritual satánico ni nada parecido. En el mismo municipio, el cementerio de la aldea La Naya, próxima a Nerva, sufrió un salvaje ataque, con destrozo de numerosos nichos, llegando a desperdigar por el recinto un gran número de restos óseos humanos. Aunque no se hallaron evidencias de que se hubieran realizado rituales, no se puede descartar una intencionalidad satánica en los hechos. La duda también nos asalta en el caso de la maleta llena de huesos humanos y la cruz de mármol encontradas en la vivienda de Isla Chica, en Huelva, cuando los bomberos acudieron a sofocar el incendio que había provocado el propio dueño. Las autoridades apuntaron la posibilidad de que los huesos provinieran de un centro de estudios médicos. En algún caso, se han producido en los cementerios rituales de otro tipo, ajenos a la temática satánica, pero que han levantado una gran polvareda. En el propio cementerio de Huelva se han encontrado restos que apuntan a ceremonias de vudú. En Aljaraque se vivió un caso que tuvo gran repercusión mediática. El sepulturero de la localidad, Juan Luis Pacheco, halló en una ventana del cementerio un corazón de animal, el 14 de abril de 1.999. El órgano estaba clavado por nueve alfileres negros e iba envuelto en un paño rojo con nueve nudos. En una hendidura realizada en el centro se escondía un papel de estraza en el que había anotados nueve nombres. Al parecer, cierto tiempo antes apareció en las inmediaciones del cementerio una gallina con la cabeza cortada y otros elementos pertenecientes a un ritual de vudú o de magia. No podemos incluir entre los fenómenos de índole satánica los variados casos de vandalismo, ni siquiera aquellos que encierran un marcado mensaje político anticlerical, puesto que no tienen nada que ver con el movimiento satanista en ninguna de sus facetas. Tenemos como ejemplo las numerosas pintadas que aparecieron en Aracena en la primavera de 1.994 con mensajes simples: “Satán”, “666”, etc. Estaban firmadas con un pseudónimo y eran más de medio centenar, distribuidas por todo el casco urbano. Localicé a algunos jóvenes cercanos al autor de las mismas -cuyo nombre me ocultaron-. Estos chicos me negaron cualquier inclinación satánica en él, por lo que archivé el caso como simple gamberrada. Tampoco parecen tener nada de satánicas las pintadas amenazantes que se encontraron a finales del año 2.000 en la pared de la Parroquia Mayor de San Pedro, en la capital onubense, acompañadas del emborronamiento de un azulejo con la imagen de la Virgen de la Cinta. “Hoy pintamos, mañana kemamos” no deja de ser una consigna pseudo-anarquista que en nada evidencia culto satánico. Cierto tiempo después, la iglesia de la Concepción, también de Huelva, sufrió otras pintadas con cruz invertida y el texto “Satán te cuida”. Mantenemos el beneficio de la duda para aquellas pintadas que sí conllevan intencionalidad satanista. En ellas los mensajes son claramente satánicos, como la estrella invertida de cinco puntas, la cruz invertida, el número 666 o la palabra Satán, entre otras. Se me vienen a la mente varios ejemplos de estos casos. El primero de los que tuve conocimiento fue el caso de las pintadas en el Embalse del Corumbel, en el término municipal de La Palma del Condado. Alertado por mi gran amigo Alejandro Rubio, compañero de fatigas en muchas investigaciones, acudí a esta localidad en 1.990 y en su compañía visité el paraje. Efectivamente, en la superficie de un muro de hormigón lucían un par de graffitis realizados con pintura negra. Lógicamente, es difícil dilucidar si el hecho entra dentro del mundillo satánico o en el de la gamberrada. En principio, le concedemos el beneficio de la duda y lo adjudicamos al primero. Después he hallado nuevas pintadas de índole satánico en Aracena (estas sí parecían más serias) y en Huelva capital, en pleno Parque Alonso Sánchez. Dejando atrás las pintadas, de psicosis satánica podemos definir los hechos que acaecieron en Rociana del Condado el día 6 de junio de 1.996. Lorenzo Serrano, de 21 años y devoto asiduo de los oficios religiosos, influenciado por los guarismos de la fecha (6-6-6), se creyó el Anticristo y se dirigió a la iglesia, donde rompió el cristal de la urna que protegía a la Virgen del Socorro, que sufrió algunos desperfectos. El joven arrancó de la imagen la talla del Niño Jesús y lo destrozó a golpes con la culata de una escopeta. Más tarde fue detenido y trasladado a la Unidad Psiquiátrica del Hospital Juan Ramón Jiménez, de Huelva. Dejo para el final otro caso que ronda el delirio pseudosatanista, aunque quiero abordarlo con todas las reservas porque está relacionado con un terrible asesinato, el de la niña Ana María Jerez Cano. Prefiero no entrar en excesivos detalles, sólo recordaremos que en febrero de 1.991 fue asesinada la niña, cuyo cuerpo apareció en abril de ese año. A los dos días fue detenido José Franco De la Cruz “El Boca”, como acusado del asesinato. En enero de 1.993 se celebró el juicio, que se resolvió con la condena de 44 años al Boca por tal asesinato, cifra que fue rebajada a treinta años por el Supremo. Y cuando este hombre cumplía ya su condena, allá por 1.995, es cuando se desarrollan los hechos que nos interesan. El Supremo reabrió el caso porque un supuesto vidente, Emilio Martín Ortega, presentó ante la Justicia un manuscrito redactado por el curandero José Barrera Barrios. Martín había sido testigo en el juicio contra el Boca, aportando una coartada que no fue creída por el tribunal. También afirmó que los padres de la niña le consultaron cuando la buscaban y él aconsejó no ampliar la búsqueda más allá del perímetro delimitado por las localidades de Puebla de Guzmán, Huelva, San Juan del Puerto, Moguer, Almonte, La Palma del Condado, Zalamea la Real y Huelva. El documento fue escrito presuntamente en agosto de 1.993 y entregado al vidente para ser hecho público tras su óbito. Barrera tenía su domicilio en Punta Umbría y, anteriormente, en Rociana del Condado. El autor murió en septiembre de 1.994. En esa carta, Barrera se autoinculpaba del asesinato de la niña, alegando motivaciones satánicas y dando detalles que no eran conocidos por nadie al margen de la investigación. Al parecer quería sacudirse el sentimiento de culpa porque lo atormentaba una grave enfermedad. Según ese manuscrito, el cuerpo estuvo guardado durante algún tiempo para esperar a la siguiente luna, en la que sería ofrecido a Satán, en la orilla. Para conservarlo adecuadamente se le había introducido ciertas hierbas impregnadas con sangre de gato negro. La cabeza estaba separada del cuerpo porque en el acto se la colocaba en un palo para que observara la ofrenda a Satán. Un documento estremecedor. La viuda de Barrera denunció a Martín, alegando que el manuscrito era falso. La mujer manifestó que Martín había hecho firmar a su marido un papel en blanco. En la revisión, en marzo de 1.996, el supremo dictaminó que el documento era falso, que había sido escrito con la máquina de escribir de Martín y después de ser firmado por Barrera. El Boca siempre ha defendido su inocencia contra viento y marea. Su condena se basó principalmente en una fibra encontrada en el cadáver, que fue definida como “gemela” de otra hallada en el domicilio del acusado, aunque esta prueba fue invalidada posteriormente por el Supremo. Las dudas sobre la resolución de la revisión han dejado abierta cierta incertidumbre sobre la verdad del caso. ¿Hubo o no hubo implicación satánica en el asesinato? No sé si algún día lo sabremos.

Poder y mística del fandango

Recientemente, el Flamenco ha sido declarado por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por numerosas razones, en palabras de José Antonio Griñán, por fomentar “la multiculturalidad, la tolerancia, la transmisión generacional el reconocimiento a la tradición y el respeto a las minorías”. Aparte de todas esas cualidades del flamenco, existen ciertas componentes mágicas y mistéricas que hacen de esta música mucho más que eso. Los orígenes del flamenco son inciertos, pero sus raíces se hunden claramente en los terrenos de las canciones judías, las coplas árabes, las zambras arábigo-andaluzas, los romances y jarchas mozárabes y -por supuesto- el sustrato gitano, enorme y misterioso como todo lo relacionado con esa etnia. Según Isabel de Armas, el vocablo flamenco “surge como castellanización de dos voces árabes que significan forajido, tránsfuga, hombre huido por los campos”. El cante jondo junta el consuelo y el desconsuelo, aflora la queja de un pueblo subyugado, su lamento y su desesperación. Y todo ello en consonancia con el territorio subyacente. Como dice Ricardo Molina, “el imperio telúrico se revela en el cante como fenómeno de arraigo”.Para muchos, el flamenco es -como el yoga- un camino de perfeccionamiento interior cuya meta es la fusión con la divinidad. En ese sentido, el propio Molina afirma que “La acción del ritmo en el arte flamenco es decisiva. Por él se funde a las profundidades entrañables de la vida interior (física y mental)”. Más adelante analizaremos algunos aspectos que parecen corroborar lo dicho anteriormente, ahora nos centraremos en los elementos más relacionados con nuestra geografía. Claro que, hablando de flamenco en la provincia de Huelva, tenemos que mirar con detenimiento el caso del fandango, un palo ligado indiscutiblemente a nuestro territorio. Haremos pues un repaso de la presencia del fandango a lo largo y ancho de la geografía onubense, con especial atención a aquellas poblaciones en las que este palo adquiere nombre propio y se define como un estilo local. No olvidaremos citar algunos cantaores de renombre: de ayer, de hoy y futuras promesas. Y algunos guitarristas, que tanto aportan al fandango aunque se les vea a menudo en segundo plano, tras los cantaores. A la hora de ahondar en el mundo del fandango, no indagaremos en su incierto origen (tal vez portugués, tal vez astur-leonés) ni en su distribución geográfica casi universal. Fandangos hay muchos, pero sólo un puñado de ellos están relacionados con nuestra tierra. Al parecer existen cantos homónimos, pero que nada tienen que ver desde el punto de vista “genealógico” con lo que conocemos en la actualidad por fandangos de la provincia de Huelva, por lo que no los comentaremos aquí. Emparentadas o no con nuestros fandangos, tampoco tienen interés en el presente trabajo las composiciones conocidas con ese nombre por toda la geografía nacional, incluidas otras provincias andaluzas, aun cuando guarden cierta relación, como ciertos cantes malagueños derivados del fandango de Encinasola. Por razones obvias, sólo nos interesan los fandangos que se dan en nuestra provincia, que según Romero Jara, “es uno de los lugares en donde más ha arraigado el fandango”. Hay fandangos que son bailables y otros que no. Pero no haremos especial hincapié en lo referente al baile, porque ya se abordó detenidamente en el artículo que hemos dedicado a las danzas provinciales. De los contenidos de las letras sólo diremos que abordan una temática ilimitada. Como dice Romero Jara, “un cante tan universal y tan extendido no podía por menos de tocar todos los argumentos posibles”. Desde sentimientos humanos hasta escenas de la naturaleza, desde yugos laborales hasta elementos geográficos, desde la muerte hasta lo festivo... Hay quien afirma, con escaso rigor, que cada pueblo de Huelva posee un estilo de fandango. Obviamente, esa aseveración es falsa, no hay fandango propio en Puerto Moral, ni en Fuenteheridos, ni en Valdelarco... En realidad, son muchos más los pueblos que no poseen su estilo local que los que sí. Según el propio Romero Jara, en los estudios que se han realizado sobre el fandango han venido apareciendo listados de pueblos de Huelva que tienen estilo propio. Tales listados contienen errores de bulto que han sido repetidos constantemente sin realizar una revisión crítica que hubiera permitido su corrección. Cita Romero como localidades a las que erróneamente se les ha adjudicado un estilo de fandango a: Almonte, El Almendro, Villanueva de los Castillejos, Puebla de Guzmán, Cumbres (supongo que se refiere a Cumbres Mayores, aunque tal vez el término englobe también a Cumbres de Enmedio y Cumbres de San Bartolomé), Cortegana, Aroche, Galaroza, Sanlúcar de Guadiana, Ayamonte, Punta Umbría, Paymogo, Valdelamusa y Tharssis, entre otras. Se justifican tales errores por diversos motivos. El caso de El Almendro y Villanueva de los Castillejos está motivado por la confusión con el cante acuñado por Enrique Ortega Monje “el Almendro”. También, el fandango de Paymogo no es un estilo local, sino uno personal de El Moreno de Paymogo (José Mª Martín Infante), aunque otros autores apuesten por una identidad local, de la que El Moreno habría creado su estilo propio. En otras ocasiones, los errores se deben a invenciones o deformaciones efectuadas por cantaores poco acertados o mal documentados. Otro ejemplo de error viene de la inclusión de un fandango en el pasodoble dedicado a una localidad, como Aroche o Nerva, lo cual no implica que ese fandango sea del estilo local, inexistente en realidad. Para Romero, el fandango de San Bartolomé de la Torre también responde a un error. Sin embargo, otros estudiosos apuestan decididamente por su autenticidad, como los autores del coleccionable “De Huelva y su fandango”, editado por el periódico Huelva Información. Estos reconocen que existe cierta polémica a la hora de determinar si este canto es realmente un fandango o una tonadilla. También infieren la posibilidad de que este fandango haya servido de introducción ligera para un estilo de más enjundia, como el fandango cané del Alosno. Pese a la generalización de la expresión “fandango de Huelva”, en Huelva capital no existe un estilo local de fandango, aunque encontramos, eso sí, un buen número de estilos personales. El sustrato musical de Huelva se debe, según Moreno Jara, a “las aportaciones que los vecinos de los distintos pueblos le han ido dando” por la vía de la emigración desde mediados del siglo XIX, tras hacerse con la capitalidad provincial, habiendo sido hasta entonces una pequeña villa de pescadores. Por tal motivo, no vamos a detenernos en los fandangos de la capital. Sí lo haremos en Almonaster la Real, Alosno, Cabezas Rubias, Calañas, El Cerro de Andévalo, Encinasola, Minas de Riotinto, Santa Bárbara de Casas, Valverde del Camino y Zalamea la Real, que son -a juicio del propio Manuel Romero- las poblaciones que poseen fandangos propios. En la comarca de la Sierra nos encontramos con Encinasola y Almonaster la Real, cuyos fandangos son cantados en grupo y bailables. Los cantes marochos son ejecutados por el grupo local de danza. Son cuatro fandangos con estribillos que se cantan siempre en el mismo orden. En Almonaster y sus aldeas hay varios tipos de fandangos, interpretados en gran parte por grupos de mujeres. Los de las cruces y el de los pinos están ligados a la celebración de las Cruces de Mayo, tanto en el propio Almonaster como en las aldeas de Aguaría y Las Veredas. El aldeano y los de Santa Eulalia son bailables. Los segundos, como su nombre indica, se entonan en la romería de Santa Eulalia y son los más conocidos fuera de Almonaster. El fandango aldeano es originario de las pedanías de La Escalada y Calabazares. Hay quien opina que los municipios actuales que antaño fueron territorios pertenecientes a Almonaster (Jabugo y Santa Ana la Real) debieron tener en su tiempo fandangos aldeanos propios, que debieron perderse tras sus respectivas emancipaciones, pero es -de momento- pura hipótesis. Existe un fandango ligado a Santa Bárbara de Casa, aunque -según Romero, en contra de otras opiniones- no es autóctono de allí. Al parecer, fue creado en 1.946 por “Canalejas”, de Puerto Real, como deferencia a una doncella suya originaria de Santa Bárbara, que se encargó de darlo a conocer en la localidad, donde se canta desde entonces. En cuanto al fandango de Cabezas Rubias, también está rodeado de una cierta incertidumbre, de hecho, gran parte de la población creía que tal toná era originaria de la vecina Santa Bárbara, hasta que la Peña Flamenca de Huelva los grabó en 1.978 bajo el nombre de fandangos de Cabezas Rubias. Por su parte, el fandango de El Cerro de Andévalo no presenta ninguna duda sobre su raigambre. Se canta desde muy antiguo, principalmente, en las fiestas de San Benito Abad. Existe una variante, que El Cabrero denomina de los Montes de San Benito, la pedanía cerreña próxima al santuario, pero que en realidad no tiene estilo propio de fandango. De Valverde del Camino comenta Romero que tiene un solo estilo de fandango, aunque haya quien afirme que son tres. Al parecer, en algún sitio se ha nombrado dos estilos locales distintos: el de Pichardo y el de El Gatillo, que, según él, son iguales, salvo que el segundo añade un par de !ay¡. También habla de un tercer fandango, menos valiente, que los propios valverdeños repudian. Se ha adjudicado también a Valverde otro fandango, apodado como al estilo de Gorito. Según Romero, en realidad se trata de un fandango original de Minas de Riotinto, aunque parece corresponder a un estilo personal local. Existe en esa población otro estilo de fandango, creado en la segunda década del siglo XX por Juan Serrano, uno de los componentes de entonces de “La Esquila”. Este estilo fue recuperado por la Coral Minera, usando una letra escrita por el querido y añorado poeta de Campofrío, Juan Delgado. Muchos autores afirman que en Calañas hay dos estilos diferentes, que llaman el tradicional y el viejo. Según Romero, sólo hay uno, el auténtico, que nos ha llegado gracias a unas reconstrucciones realizadas por cantaores locales y con el tiempo se vieron corroboradas por una presunta partitura, hoy desaparecida. Del segundo, afirma que en realidad es una variante personal creada por Gonzalo Clavero, sin más. Por otra parte, en Zalamea la Real, Ricardo Gómez Ruiz dio a conocer, en un estudio histórico y antropológico sobre la localidad, varias partituras de fandangos correspondientes a los siglos XIX y XX. El más reciente es el que se canta y baila en la actualidad. Aunque al bailarlo no se canta, sólo se interpreta instrumentalmente, y al cantarlo, no se baila. Y Alosno, por supuesto. Alosno es caso aparte. Para muchísimos aficionados, esta localidad es la cuna del fandango. Son numerosos los estilos que existen en Alosno, porque en esa población el fandango ha crecido, ha evolucionado y se ha diversificado. Hay fandangos personales (creados o conservados por una persona, de la que toman el nombre); populares, como el cané y el valiente (de los que no se conoce el autor); y el fandango “parao”, que es el que se baila el día de San Juan, como se comentó en el capítulo dedicado a las danzas onubenses. Podríamos extendernos considerablemente a analizar la realidad del fandango en Alosno, pero no aportaríamos mucho al presente trabajo, por lo que dejaremos tal tarea a los flamencólogos. Sólo definiremos el fandango valiente, porque guarda mucha relación con los dos rasgos mágicos que vamos a detallar en párrafos siguientes. Ese fandango es una demostración de energía, que debe mostrarse desde el inicio hasta el final. Fuerza, poderío y entrega... Hemos hablado de localidades y ahora llega el momento de hablar de cantaores, pero antes de entrar en particularidades vamos a comentar algunos rasgos mágicos de la interpretación del flamenco en general y del fandango en particular. Ahondaremos en algunos de los aspectos mágicos que envuelven al fandango. Los mantras son palabras o frases que se repiten para que influyan en la mente y permitan el acceso a estados extraordinarios de conciencia. Sintoniza con las vibraciones personales. El significado no importa, lo que importa es que cree cambios en el estado de conciencia. Abre las puertas de una nueva forma de percepción y evita la dispersión mental de quien lo entona, a la vez que lo incorpora al ámbito de lo eterno. Aunque se da principalmente en el yoga y otras prácticas orientales, hay fenómenos parecidos en otras corrientes, como la recitación durante horas del nombre de Alá en el Islam o el canto gregoriano y el rezo del rosario en el cristianismo, además de los eslóganes publicitarios y los juegos de voz de los rockeros en sus conciertos. En el fandango (y en el flamenco en general) se da algo parecido cuando el cantaor emite unos sonidos guturales, onomatopeyas, quejidos o ciertas palabras bajo los acordes de la guitarra, antes de entonar el fandango. Se conoce como “ayeo” y el poeta Luis Rosales lo define como “sólo expresión pura”. Se hace para “coger” el tono, pero en parte ayuda al artista a acercarse a ese estado de trance en el que entra al cantar. Por otra parte, algo similar ocurre con los gestos que los cantaores hacen con las manos durante la entonación de los fandangos y de otros palos del flamenco. Según el budismo y el hinduismo, con la mano se pueden ejecutar todos los símbolos sagrados mediante gestos llamados mudras. Estos son la auténtica expresión de la actitud y evolución espiritual de quien los ejecuta y aportan el sentido externo de un significado interior. Parecen obedecer a patrones arquetípicos comunes a numerosas culturas. Según Manuel Figueroa, evidencian una liturgia y “plasman arquetipos que provocan una reacción subjetiva en el espíritu del que los realiza”. Es muy importante si se realiza con la derecha o la izquierda, pues la diestra corresponde a la acción y la zurda a la sabiduría. Así, algunos cantaores realizan gestos con sus manos inequívocamente personales, que los hacen reconocibles, como elevar las palmas, cerrar los puños, separar los pulgares del resto de dedos, avanzar los dedos índice y otros muchos por el estilo. Para analizar las figuras del fandango necesitaríamos editar toda una enciclopedia. Por eso, nos vamos a limitar a citar algunos de los principales nombres de todos los tiempos, aun a sabiendas de las flagrantes omisiones que vamos a cometer, pidiendo que me perdonen los no citados. Si miramos al pasado, entre los cantaores antiguos destacamos a Antonio Rengel, Paco Isidro y Herrerito, todos ellos de Huelva; José Rebollo y el Pilili, de Moguer; Joaquín Vera y Francisco Monge, de Chucena; Niño León, de Bollullos Par del Condado; Pepe el de la Nora, de San Juan del Puerto; Rojita, de Isla Cristina; Eufrasio Domínguez Millán, de La Palma del Condado; y el inolvidable Paco Toronjo, de Alosno. En el panorama actual, citaré en primer lugar, aunque no esté ya en activo, a Perlita de Huelva. También son destacables los onubenses Paco Cerrejón, Arcángel o Jesús Corbacho, que tiene sus raíces en el municipio serrano de Los Marines; así como Eduardo H. Garrocho, de Palos de la Frontera, Regina, de Rociana del Condado, y Santiago Cruz, de Villanueva de los Castillejos. Podemos, incluso, mirar al futuro porque disponemos de jóvenes promesas, como Pilar Bogado, de Moguer; Noelia Romero, de Almonte; Tania Cumbreras, de Palos de la Frontera; Cheíto, de Lepe; o Cristi Coronel, de Bonares, entre otros. A la labor individual de cantaores y cantaoras hay que añadir el trabajo de las Peñas Flamencas, tanto masculinas como femeninas. Son abundantes en nuestra provincia y se agrupan en su mayoría en la Federación Onubense de Peñas Flamencas “el Fandango”. He querido realizar una lista de las Peñas existentes en la provincia, pero me ha resultado difícil, ya que los listados que aparecen en internet suelen ser incompletos (por ejemplo, www.affedis.com y www.deflamenco.com). Por eso, he tenido que indagar por mi cuenta para elaborar esta enumeración. Las peñas más conocidas son las de Huelva, donde hay varias: la “masculina”, la “femenina”, la Orden, Colonias, el Higueral, la Ribera y la Soleá. En la Sierra hay peña en Aracena y en la Cuenca Minera, en Nerva. En el Condado de Niebla, contamos con peñas en Paterna del Campo, La Palma del Condado y Bollullos Par del Condado. En el resto de la provincia encontramos peñas en Hinojos, Almonte, Palos de la Frontera, Moguer, Punta Umbría, Aljaraque, Cartaya, Lepe, Isla Cristina, Ayamonte, Villanueva de los Castillejos, Gibraleón, San Juan del Puerto, Trigueros, Beas, Valverde del Camino y Calañas. Espero que no se haya quedado ninguna fuera. A título anecdótico, citaré que en Chucena, los niños del colegio celebraron en 2.011 el Día de Andalucía “montando” literalmente una peña flamenca infantil, que actuó ante el Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán. Igual que cantaores, los guitarristas onubenses que tocan fandango abundan en número y en diversidad geográfica. Citaré algunos de esos artistas de hoy, de ayer y de siempre, aún sabiendo que dejo en el tintero a muchos muy valiosos. Para no realizar una enumeración muy extensa, aquí dejo un puñado de nombres: Manuel Gómez Vélez (Minas de Riotinto), José María Rodríguez (Lepe), Silvestre Morón (Alosno), Juan Carlos Romero (Huelva), Francisco Cruzado (Huelva), José Luis Rodríguez (Huelva, que ha sido Premio Nacional de Guitarra Flamenca) y Carmelo Picón (Mazagón). No están, obviamente, todos los que son, pero sí son todos los que están. Pido disculpas a los tocaores omitidos.

Los enigmas y misterios colombinos

El descubrimiento de América es sin duda el acontecimiento histórico que más enigmas y misterios encierra a su alrededor. Las Culturas Precolombinas; posibles viajeros anteriores; los orígenes de Colón; la información barajada; sucesos de la conquista... Pasaremos muy por encima de casi todos ellos, pero nos detendremos en algunos que afectan más directamente a nuestra provincia. Algunos, incluso, tienen protagonistas onubenses. Las tierras americanas están plagadas de misterios, especialmente relacionados con los habitantes anteriores a la llegada de Colón. Olmecas, mayas, aztecas, incas, toltecas, navajos, siux, cherokees, apaches y la lista se hace tan larga que necesitaría varios folios para enumerarlas a todas. Sin embargo, no nos detendremos en ninguna de esas tribus. Tampoco prestaremos atención al descubrimiento y colonización de Groenlandia, ni a los supuestos viajes vikingos a América. Ni siquiera ahondaremos en la cuna de Colón, pese a que el tema da para todo un libro y aunque el almirante sí nos interesa. Diremos, eso sí, que más de veinte localidades italianas se disputan ser su lugar de nacimiento, pese a que el interesado no sabía hablar italiano. También se barajan las posibilidades de que fuera ibicenco, mallorquín, catalán, castellano, portugués, gallego o corso. Lo que sí parece ya poco discutible es su origen judío, aunque el historiador Juan Eslava Galán lo niega categóricamente. Sin embargo, Juan G. Atienza defiende la sangre judía colombina y de buena parte del entorno del almirante. El investigador Salvador Freixedo defiende la cuna gallega de Colón en base a dos grandes argumentos: la presencia del apellido en tierras gallegas en el siglo XV y la abundante adjudicación de topónimos gallegos a tierras americanas por parte del descubridor. Freixedo infiere que Colón ocultó su origen porque los Reyes Católicos odiaban a los judíos y sentían cierta aversión hacia Galicia. Añade este estudioso a la argumentación la existencia de documentos fidedignos y la utilización de galleguismos en los textos de Colón, quien -como hemos dicho- no sabía hablar italiano. El historiador Manuel Barrios también se ha preocupado por la cuna de Colón. Según él, Colón trató a toda costa de borrar su pasado, tal vez porque, según documentos de 1.473, atacaba las costas valencianas y catalanas un corsario llamado Colón, que bien pudiera haber sido nuestro protagonista. El propio Manuel Barrios opina que Colón no buscaba las Indias, sino que conocía la existencia del Nuevo Mundo, según se desprende de la precisión con la que el marino efectúa ciertos cambios de ruta para llegar al destino exacto al que llegó. Barrios cree que Colón contaba con abundante información sobre las tierras que se encontraban al oeste del Océano Atlántico, incluida cierta cartografía. De hecho, viajó hacia América con rumbo fijo por el paralelo 28 (que le proporcionó vientos alisios favorables) y regresó subiendo más al norte para aprovechar las corrientes del Golfo, como si conociera previamente tales rutas óptimas. La posibilidad de que Colón poseyera documentación previa sobre las tierras americanas nos lleva directamente a dos asuntos muy onubenses: la presencia del marino en La Rábida y la figura de Alonso Sánchez de Huelva. La Rábida es un paraje de Palos de la Frontera, colindante con el río Tinto, en el que en aquellos tiempos existía ya un monasterio que aún perdura en la actualidad, junto a la Universidad Internacional de Andalucía y al Foro Iberoamericano. De La Rábida se dice que fue altar en honor al dios marinero fenicio Baal y su esposa Tanit. Con la dominación romana pasó a ser templo de Proserpina, hija de la Tierra que bajó a los infiernos, transformada luego por el cristianismo en Nuestra Señora de la Candelaria. En época islámica albergó un ribath y tras la invasión cristiana dependió primero de los caballeros templarios y, más tarde, de los frailes franciscanos. Colón se valió de la inestimable ayuda de los responsables del monasterio para convencer a los reyes Fernando e Isabel, como es bien sabido. Al parecer, el marino pasó largo tiempo en el monasterio, lo cual ha llevado a algunos estudiosos a relacionar el hecho con el pasado templario del mismo. La hipótesis de que los templarios ya habían llegado a América antes de su disolución, indemostrada e indemostrable, lleva a plantearse que tal vez estos caballeros dejaran abundante documentación en el monasterio sobre sus viajes. Documentación que consultó detenidamente Colón y le permitió planificar su proyecto de viaje. Eso habría hecho que Colón, en homenaje a sus inspiradores, hubiera pintado en las velas de los barcos las cruces que vemos en muchas pinturas sobre el Descubrimiento. Claro que en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué llevaban pintadas las velas de aquel destacado viaje colombino. Para hablar sobre la figura de Alonso Sánchez de Huelva tenemos que retrotraernos a tiempos atrás del Descubrimiento. Según Eslava Galán, Colón se casó con una portuguesa y se instaló a vivir en la isla de Porto Santo, colonizada por su suegro. Se dice que allí recibió la información de que a 750 leguas justas (unas 2.800 millas) de la isla del Hierro, en el grado 28 del paralelo norte, existían islas y tierra firme. Hay quien apunta que la información provenía de su suegro, pero la mayoría de investigadores apunta como fuente a un piloto desconocido. El historiador afirma que a las costas de Porto Santo debió llegar un moribundo, ultimo superviviente de un naufragio, que dio información a Colón sobre las tierras antillanas. Bien porque Colón lo ayudó en sus últimos momentos y se lo agradeció de esa manera o bien, como sostienen algunos estudiosos detractores de su figura, porque Colón se la robó. Pero, ¿quién era ese náufrago? ¿Un vizcaíno, un portugués? La hipótesis más aceptada sobre ese prenauta o predescubridor, como se le llama ahora, es que se trataba de Alonso Sánchez de Huelva. Así lo afirman figuras relevantes como Fray Bartolomé de las Casas o el Inca Garcilaso. Poco se sabe de ese tal Alonso Sánchez. Se dice que era un marino y comerciante nacido en Huelva, que tras una tormenta su barco se vio arrastrado hacia América. Tras acaparar víveres habría regresado, sufriendo un naufragio al acercarse a la isla portuguesa donde vivía Colón. Hay incluso quien insinúa que era tuerto y que tenía amistades en el Monasterio de La Rábida, por lo que él mismo habría aconsejado a Colón personarse en el monasterio y reclamar la colaboración de los frailes. Con información previa o sin ella, lo cierto es que el viaje iniciado en la localidad de Palos de la Frontera sirvió con el tiempo para dar a conocer al mundo que existía un continente ignorado hasta ese momento. Y en esa tarea, Colón contó con el esfuerzo de los marineros reclutados en Palos, Moguer, Lucena del Puerto y otras localidades de los alrededores. Ellos fueron los verdaderos y anónimos -en su mayoría- artífices del Descubrimiento.

domingo, 2 de enero de 2011

Apariciones de la Virgen en El Repilado

El periplo aparicionista mariano en la provincia de Huelva comenzó oficialmente en el municipio de Jabugo, en la pedanía de El Repilado, allá por 1.987. Aunque, como se verá, hubo otro caso anterior que ha permanecido inédito hasta el momento. Con posterioridad a El Repilado, se produjeron nuevas supuestas apariciones de la Virgen en Gibraleón y Lepe. Sin embargo, el caso jabugueño se diferencia de estos dos últimos por ser la vidente una niña. Llamada Alba Bermúdez Navarro, contaba con diez años de edad. Tras muchos años de investigación de las apariciones marianas, he llegado a la conclusión de que todos los casos protagonizados por videntes adultos tienen un origen fraudulento, consciente o no. Sólo los videntes infantiles me merecen una cierta credibilidad, aunque estoy convencido de que las visiones, probablemente reales, tienen otro origen menos trascendente. En cualquier caso, ha llegado el momento de centrarse exclusivamente en los hechos de El Repilado.
Todo comenzó en abril de 1.987, cuando la pequeña Alba, bastante nerviosa, dijo un día a su madre que se había caído y se había lastimado la rodilla y que al incorporarse había visto a la Virgen sobre un árbol. Aquella noche, al acostarse, la niña se quejó de que le escocían y dolían los ojos. Al día siguiente tuvo una nueva visión en el colegio, ante su profesor y sus compañeros. En el tercer día, la entidad le ordenó ir todas las tardes ante el plátano de Indias ubicado en la estación, donde se manifestaría. La estación Jabugo-Galaroza, como es denominada por Renfe por estar próxima a esas dos localidades. A partir de entonces, Alba acudió cada día -excepto sábados y domingos, que la Virgen la dejaba descansar- a cumplir lo mandado.
Decía notar un repeluco y una especie de pálpito en el corazón -con latidos muy fuertes- y sentir entonces la necesidad imperiosa de acudir al árbol, como si la Virgen la estuviera llamando. Cuando la noticia corrió por el vecindario, fueron concentrándose los primeros curiosos para ver a la niña llegar ante el plátano de Indias, arrodillarse y rezar durante unos minutos mirando a las ramas más altas. La pequeña iniciaba entonces una breve conversación con un personaje invisible al resto de los presentes. Al terminar el extraño diálogo, Alba se iba tranquilamente a jugar, como una niña absolutamente normal.
La noticia corrió como la pólvora y saltó a los medios. La primera reseña la publicó en el periódico Huelva Información mi buen amigo Augusto Thassio, escritor nacido en Isla Cristina y residente en Rosal de la Frontera, donde trabajaba como maestro. Era el día seis de mayo y ya el fenómeno venía produciéndose desde hacía un par de semanas, por lo que había trascendido a otras localidades próximas. Según Thassio, ya iban acudiendo todas las tardes curiosos de otras poblaciones para ver a la niña sobre las seis y media acercarse a ver a la Virgen en la estación de trenes de El Repilado. Esos curiosos afirmaban que asombraba la serenidad de la niña mientras rezaba y que se ponía muy pálida.
Alba decía que se trataba de la Virgen de Fátima y que la veía acompañada de un fuerte resplandor. La describía como una señora muy guapa, de pelo largo, con una corona en la cabeza, un vestido blanco, capa azul, y un rosario en las manos, que mantenía juntas sobre el pecho. La niña anunció en cierto momento que la virgen le había dicho que el día trece iba a producirse un milagro. El día que se cumplirían setenta años desde los acontecimientos de Cova D’Iria (Portugal), aniversario del que la pequeña no tenía ni idea.
Y llegó el gran día. Según la Guardia Civil, unas diez mil personas se dieron cita en El Repilado aquel trece de mayo de 1.987. Renfe organizó dos trenes especiales, uno desde Huelva y otro desde Zafra. Además, hasta la pedanía jabugueña llegaron cientos de automóviles y gran número de autobuses. Entre el gentío había numerosas personas enfermas y con minusvalías físicas y psíquicas, que acudían con la esperanza de protagonizar el anunciado milagro. Con dificultad, la Benemérita les facilitó una ubicación cercana al árbol, lo mismo que a los periodistas que acudieron a cubrir la información del evento.
Desde varias horas antes de la cita, la cantidad de personas congregadas alrededor del plátano de Indias era considerable. Y a cada momento llegaba más gente. El espacio se iba agotando. Hubo quien se subió a los trenes, a postes cercanos... cualquier cosa con tal de no perderse el acontecimiento. Hacía un calor propio de comienzos de verano. Los más devotos entonaban cánticos de contenido religioso. En la aglomeración se produjeron escenas de histeria colectiva y algunos mareos y desmayos. Los últimos enfermos en llegar fueron acercados por los aires, sobre las cabezas de los presentes.
Arreciaron los cantos, aumentaron los desmayos. Un cordón humano, compuesto por vecinos de El Repilado, abrió paso a la niña desde su casa hasta el árbol de la estación. Alba llegó vestida con el traje de primera comunión y un lazo blanco en el pelo, dando cuenta de un chupa-chups. En las manos portaba un sencillo ramillete de flores. El público y los periodistas se agacharon para facilitar la visibilidad. El murmullo cedió considerablemente. Alba miró a su alrededor y titubeó. Buscó con la mirada a los números de la Guardia Civil, alguno le hizo un gesto. La niña colocó el ramo junto al tronco del árbol.
Con un gesto muy infantil arrojó el chupa-chups, retrocedió unos pasos y se arrodilló. Unió las manos en gesto de oración y comenzó a mover los labios. En algún momento sufrió ligeras convulsiones; en otros, se encogía de hombros. De vez en cuando volvía a emitir algunas palabras, ajena al griterío que la rodeaba. En alguna ocasión, asintió con la cabeza. Su respiración era agitada y tuvo que mojarse varias veces los labios, que se le resecaban por el calor. Después de llevar un ratito arrodillada, se tambaleó un poco. Pasados algo menos de diez minutos, Alba hizo la señal de la cruz y se levantó vacilante. El gentío quería acercarse a la niña y tocarla, por lo que la Guardia Civil tuvo que alzar a Alba del suelo e introducirla por una ventana en la Cantina de la estación, donde la recogieron algunos vecinos.
A continuación, los agentes tuvieron que llevarla hasta su casa, protegiéndola de la multitud que seguía queriendo tocarla o, al menos, verla de cerca. También tuvieron que amparar a los padres de la niña para que pudieran desplazarse a su domicilio familiar. Para entonces, el tumulto ya se había desbocado junto al plátano de Indias. Casi todo el mundo quería llevarse una hoja o un trozo de corteza de aquel árbol sobre el que se había aparecido la Virgen a la pequeña repilense. Un árbol que quedó seriamente mutilado, pero que con el tiempo se regeneró de una forma que muchos en su momento definieron como milagrosa, aunque aquel no era el tan esperado milagro. No, la mayoría de la asistencia sufrió una gran decepción. Ningún ciego recuperó la vista, ningún paralítico se alzó de la silla de ruedas...
Volviendo a la narración de los hechos, muchos de los que querían ver a Alba acudieron hasta las puertas de su domicilio. Tal aglomeración hizo que la niña tuviera que salir al balcón a saludar a la muchedumbre. Incluso los padres se vieron obligados a asomarse para cumplir con la multitud que los aclamaba. Cuando los periodistas tuvieron acceso a ella, la pequeña afirmó que no podía decir algunas de las cosas que le había contado la Virgen, pero explicó que esta le había ordenado que no volviera más al árbol.
Los días siguientes discurrieron en medio de un fuerte debate. Por una parte, los detractores del evento criticaron duramente los hechos y ridiculizaron a Alba y la ausencia del prometido milagro. Los defensores de la niña y de las apariciones pretendieron justificar el milagro con varias curaciones repentinas. Unas mejorías de ciertas dolencias que tuvieron como protagonistas a algunas vecinas de El Repilado y a la hija de uno de los guardias civiles que asistió al acontecimiento. Recuperaciones que podrían no tener nada de milagroso puesto que a veces la mente humana es el más eficaz de los placebos. En cualquier caso, ninguna de esas curaciones fue tan colosal como para pensar que no tuviera una explicación razonable.
Otra de las repercusiones del acontecimiento fue la recogida de hojas. Muchas eran las personas que se acercaban a por esas reliquias vegetales procedente del plátano de Indias. Incluso las había que llamaban o escribían al cantinero de la estación, quien amablemente se las hacía llegar por correo a sus domicilios. Con el tiempo, junto al árbol se levantó un monolito conmemorativo (hoy desaparecido) con una imagen de la Virgen de Fátima. Durante muchos años, el plátano se vio inundado de imágenes de santos, fotos de enfermos... Ahora todo eso ha desaparecido y nada recuerda ya aquellos acontecimientos.
Por otra parte, la postura de la Iglesia respecto al caso quedó muy clara desde el principio. El vicario de Huelva, Ildefonso Caballero, declaró a El País que se trataba de “un fenómeno que surge al margen de la comunidad eclesial, ya que se trata de un movimiento emocional ante el cual la Iglesia se mantiene expectante y prudente, al tiempo que escéptica”. Por su parte, el obispo onubense, monseñor González Moralejo, afirmó a ABC que “hechos como estos ocurren con frecuencia en muchos lugares del mundo, pues la psicología humana es propensa a estas cosas”. El obispo negó que la Iglesia hubiera iniciado ningún tipo de investigación de los presuntos fenómenos de El Repilado.
Fueran o no auténticos esos hechos, lo cierto es que la vida de Alba quedó marcada para siempre. Y no de forma positiva. Su vida no ha sido fácil desde entonces pues creció más rápido que otros niños. Desde muy joven ha tenido que pisar el acelerador para sacar adelante a su hija (ya tiene dos pequeñas) en medio de la maltrecha economía familiar. No se le han caído los anillos por trabajar en las industrias chacineras locales ni por irse a dónde hiciera falta a buscar trabajo. Su vida sentimental tampoco ha discurrido sobre una alfombra de pétalos de rosa. Muy lejos ha quedado ya aquel mayo de 1.987.

jueves, 22 de julio de 2010

Toreo: magia y misterio en los ruedos

La tauromaquia tiene en la actualidad grandes defensores y grandes detractores. Lo que unos consideran un arte es visto por los otros como un despiadado rito de tortura animal. Sin decantarnos por una u otra postura, tenemos que reconocer que este fenómeno de lucha entre ser humano y animal tiene raíces milenarias y una simbología misteriosa que debe hacernos reflexionar sobre su realidad. Ese halo ancestral y mistérico es especialmente fuerte en la cuenca mediterránea, donde encontramos un gran número de referencias a enfrentamientos entre seres humanos y toros, simbolismo de la lucha interior que -según ciertas corrientes espirituales- cada persona debe sostener para vencer a una especie de bestia propia, que representa las tendencias más materiales de cada uno. El toro, además, es uno de los doce signos del zodíaco y muchos de los elementos de la actual tauromaquia -desde las banderillas hasta el traje de luces- tienen simbología astrológica, según el investigador Armando Carranza.

La presencia táurica comienza en la Biblia, en el libro de Job, con referencia a los astados como elementos de sacrificios. Continúa con la leyenda del minotauro de Creta y con los ejercicios religiosos acrobáticos que realizaban con toros las sacerdotisas de Cnosos. En Tesalia tenían lugar ciertos festejos conocidos como “taurocatapsis”, en los que hombres montados a caballo perseguían a los bovinos. Quizás, el ejemplo más elocuente sea el del mito del héroe Hércules, quien -obligado por el rey Euristeo- acometió diez trabajos, entre los que estaban el de capturar el toro del rey Minos y el de robar los bueyes de Gerión. Es muy posible que la isla de Erytrea, donde tuvo lugar este último, corresponda a tierras gaditanas u onubenses.

En otras partes del mundo también encontramos atávicos cultos táuricos, por ejemplo en Egipto y Asia Menor, donde se concebía al toro como generador de energías. Incluso existieron creencias solares vinculadas con toros, que parecen guardar cierta relación con los actuales toros de fuego españoles. Por otra parte, la religión indoaria de Mithras, difundida en su día por las legiones romanas, presentaba ciertos cultos al toro. En resumen, en muchas culturas antiguas el toro desempeñó un papel fundamental como símbolo del poder generador o fecundador de la divinidad y también fue alegoría de la destrucción y de la muerte. En nuestro país ha estado presente en la cultura prehistórica, según se desprende de ciertas pinturas rupestres, de algunos exvotos ibéricos y de los conocidísimos toros de Guisando.

El arte de lidiar reses bravas prosigue en la actualidad (en un mundillo, por cierto, cargado de supersticiones) en Francia, en Portugal y en España, de donde pasó a la América postcolombina, estando presente en México, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador... Aunque ese influjo ancestral se haya perdido, al menos en parte, aún podemos mirar el toreo como un ritual mágico cargado de simbolismos. Por eso vamos a detenernos en las manifestaciones tauromáquicas que perduran en nuestra provincia. Y descubriremos datos que, seguro, van a sorprender al lector. Prestaremos especial atención a las corridas de toros, que son los principales eventos taurinos actuales y que tienen una gran tradición histórica, como se evidencia en multitud de estudios. Valga como ejemplo el informe de don Pedro de Olavide, en 1.768, elevado al Consejo de Castilla sobre la realidad tauromáquica del reino de Sevilla, en el que se citan festejos de toros de muerte en las localidades actualmente onubenses de Almonaster la Real, Almonte, Aracena, Chucena, Cortegana, Cumbres Mayores, Trigueros y Zufre.

Antes de entrar en materia, recordaremos que en el entramado del toreo contemporáneo confluyen tres elementos principales que hacen posible el ritual mágico festivo de las corridas. Hablamos de los toreros, de las reses bravas y de los espacios taurinos. Comenzaremos por la parte humana del armazón. Sería una tarea imposible nombrar aquí a todos los matadores, rejoneadores, novilleros, banderilleros y picadores que ha dado para la historia nuestra provincia, pero no podemos dejar de citar algunos ejemplos ilustrativos -contemporáneos o recientes- del gran potencial de nuestra tierra en ese aspecto, tanto de personajes naturales como de adopción. En algunos casos, hemos contado con auténticas sagas familiares, como las de los “Litri” o los Chamaco, en la propia Huelva, que han alcanzado gran fama en algunos casos. También a la capital debemos otras celebridades como los matadores Emilio Silvera y Curro Méndez, a los que podría añadirse una larga lista de espadas.

Aunque no sólo la metrópoli onubense ha sido cuna de toreros, localidades como Valverde del Camino han aportado un gran número de novilleros y matadores. De los valverdeños que más han destacado podemos citar a Sergio González “Santacruz”, Manuel Naranjo “Naranjito”, Raúl Corralejo e Isaías González. También otras poblaciones como Trigueros, Los Marines, La Nava o Niebla nos han ofrecido diestros como Pablo Gómez Terrón; Urbano Corbacho; Antonio Luis Carvajal López, “el Príncipe”; y José Doblado Beltrán, respectivamente. Algunos matadores han llegado a incluir en su nombre artístico el gentilicio de su localidad, como Juan José Orta “el Leperito”, obviamente natural de Lepe.

Entre los matadores adoptivos de nuestra provincia podemos citar a Juan Posada, definido por la periodista Inma León como “un torero de Madrid, nacido en Sevilla pero choquero hasta la médula”. O José Luis Parada, afincado desde hace muchos años en Higuera de la Sierra. También hay que citar aquí por su singularidad el caso del diestro nipón Taira Nono. El japonés llegó a España con el sueño de ser el primer torero natural de ese país oriental. Recaló en Lucena del Puerto y de allí pasó a Almonaster la Real, donde empezó a prepararse para aprender el oficio. A base de un duro esfuerzo pudo participar en unas primeras novilladas y, poco a poco, ha ido orientando su carrera.

Como mención histórica, quiero añadir que en el siglo XVIII vivió el picador y rejoneador Josef Daza, natural de Manzanilla. Daza fue coetáneo de otros varilargueros como Alonso Cabildo y Juan Hijón, paisanos suyos; Simón de Legorburu, de Almonte; y Pedro Esteban, de Escacena del Campo. A él debemos una obra de referencia para conocer el toreo de la época: “Precisos manejos y progresos del arte del toreo”. El historiador Juan Francisco Canterla afirma que en aquellos momentos se estaba viviendo una especie de revolución en el toreo, pasando de los tradicionales juegos de toros a corridas más “profesionales”. Se estaba dando la aparición en la zona llana de nuestra actual provincia de unos personajes clave para el nuevo concepto taurino, los sorteadores, predecesores de los toreros a pie. Paralelamente, se producía un gran desarrollo del toreo a caballo, siendo en Cala, en agosto de 1.710, donde se usó por primera vez la vara, según testifica Canterla, atendiendo a documentación de la época. Sobre juegos de toros, algunas de las referencias documentales más antiguas son las que evidencian esta práctica en los alrededores de las ermitas de la Virgen de Flores y de la Virgen de Rocamador, en la población de Encinasola, allá por 1.593.

En lo tocante a reses bravas, la provincia de Huelva cuenta con vastos territorios propicios para la cría y mantenimiento de este tipo de ganado. Por tanto, no puede extrañarnos que sean muy numerosas las ganaderías que se ubican a lo ancho y largo de nuestra geografía. Tampoco podemos ser exhaustivos al nombrarlas, pero no podemos pasar por alto algunos datos destacables. Creo que da una idea de la importancia de las ganaderías onubenses el hecho de que la Junta de Andalucía concediera en 2.010 la Medalla de Oro de nuestra Comunidad Autónoma a la ganadería de Hijos de Celestino Cuadri, cuyas reses pastan en las fincas Comeuñas y Cabecilla Pelada, en tierras de Trigueros.

Hay localidades en las que se reúnen varias ganaderías, como Gibraleón, donde pastan las reses de Diego Garrido, las de Los Millares -que también están presentes en Trigueros- y las de Hermanos Santacruz, compartidas a su vez con Valverde del Camino. De la misma manera, otras ganaderías reparten sus reses entre varios municipios. Además de las citadas, pondremos como ejemplos las de Carmen Borrero -en Hinojos y Cabezas Rubias- y José Luis Pereda -en Rosal de la Frontera y La Nava-. Para completar la imagen de expansión geográfica de las ganaderías en nuestra provincia, recordaremos ahora otras ganaderías y su localidad de implantación, como José Ortega, en Santa Olalla del Cala; Tomás Prieto de la Cal, en San Juan del Puerto; Concha y Sierra, en San Bartolomé de la Torre; Villamarta, en Puebla de Guzmán; Hermanos Rubio Martínez, en La Palma del Condado; y la emblemática de Miguel Báez Litri, en Escacena del Campo.

Históricamente, la presencia de ganaderías bravas en la provincia de Huelva ha sido importante desde 1.890. Según el estudioso Juan Francisco Canterla, el informe de don Pedro de Olavide, en 1.768, sólo recoge dos datos de toros para lidia, en Hinojos y Rociana del Condado, mientras que contabilizaba ciento cuatro vacadas no bravas, repartidas en localidades como Valverde del Camino, El Berrocal, Zalamea la Real, Santa Bárbara de Casas, Paymogo, El Granado, San Silvestre de Guzmán, Chucena y Villanueva de los Castillejos, entre otras muchas. Afirma ese autor que a finales del siglo XIX y comienzos del XX había ya importantes toradas como la de Garrido Santamaría, en Gibraleón, y la de Valladares-Calonge, en la Sierra. Cita Canterla otras ganaderías menores de la época en Bonares, Cartaya, Galaroza, Moguer y otras localidades más.

Hablando de ganaderías bravas, podríamos hacer un estudio del simbolismo que encierran los hierros de las vacadas españolas en general y onubenses en particular y nos llevaríamos grandes sorpresas. Signos alquímicos, astrológicos y de otra índole se ven reflejados en las grafías que conforman los diseños de las marcas que se graban a fuego en los lomos de los animales, como seña de identidad grupal. Por poner algunos ejemplos, diremos que en Aracena pastan las reses de Manolo González, cuyo hierro es similar al símbolo del planeta Júpiter (algo parecido a ђ); en las dehesas de Puerto Moral y de Zufre pacen los toros de Hernández Pla, que lucen una marca muy parecida al emblema del signo astrológico de Géminis (II); y en la ganadería Arucci, de Aroche, su hierro guarda cierto parecido, aunque al revés, con el símbolo femenino y distintivo del planeta Venus (♀, pero con la cruz hacia arriba).

La mayor parte de las ganaderías cuenta entre sus instalaciones con un tentadero para probar ciertas reses. Algunos de esos espacios son de gran belleza y guardan un cierto encanto, como los de Las Gordillas y Los Lozano, en Aracena; los de La Ortigosa y Los Llanos, en Cumbres Mayores; el de Vera Antúnez, en Cala; el de La Huerta del Llano, en Zufre, cerca de la aldea aracenesa de La Umbría; el de Los Pajeros, en Cabezas Rubias; el del Chaparral, en Manzanilla; el de San Salvador, en Puerto Moral; el de Los Llanos, en Santa Olalla del Cala; el de La Morita, en Zalamea la Real; el del Álamo, en Aroche; el de Monteblanco, en Gil Márquez... Pero donde toros y toreros viven sus encuentros más espectaculares -por la fuerza que el público da al espectáculo- es en las plazas de toros. Los cosos parecen encerrar el simbolismo del mito del laberinto. Si los observáramos desde la vertical, descubriríamos que suelen ser agrupaciones de círculos concéntricos: palcos, graderío, callejón, etc. Para los seguidores de corrientes astrológicas, el ruedo simboliza la rueda zodiacal.

A lo largo de la Edad Media y Edad Moderna los festejos taurinos se celebraron -salvo excepciones- en las plazas mayores de las poblaciones o en descampados próximos a las ermitas, generalmente cerrándose esos espacios con maderos y empalizadas. A partir del siglo XVIII es cuando se empiezan a construir nuevos espacios de piedra o ladrillo destinados únicamente a la lidia de los toros. Entre las excepciones más importantes está la plaza de la ermita de San Mamés, en el actual término municipal de Rosal de la Frontera, que fue la primera del mundo en construirse para uso exclusivo taurino, o -al menos- es de la que se tiene constancia como tal hasta el momento. En la actualidad, la ermita está derruida y de la plaza de toros apenas quedan algunas hileras de piedras semiocultas por las jaras y acorraladas por un ejército de eucaliptos, que a punto estuvieron de soterrarlas para siempre con sus aterrazamientos. Se comenzó a construir en agosto de 1.599 y debió ser un recinto circular con barreras de madera y una corraleta anexa usada de toril.

Existen en nuestra tierra otras plazas muy antiguas, de las que algunas sólo son agrupamientos de rocas que apenas señalan unos muros que antaño fueron firmes. Es el caso de la plaza del cerro San Cristóbal, en Almonaster la Real, de la que sólo es visible un círculo de piedras sobre el que crece una inmensidad de vegetación. Aún en pie están las plazas de San Bartolomé de Orullos, en Alájar, y Santa Eulalia, en Almonaster la Real, en las que se suelta alguna vaquilla en las respectivas romerías. De similares características es la plaza de toros ubicada cerca de Montes de San Benito, junto al santuario de ese santo, en El Cerro de Andévalo. Hay otras plazas que son antiguas y tienen la particularidad de haber sido establecidas en espacios pertenecientes a castillos y fortalezas, consiguiendo un espectacular resultado estético. Ocurre en Aroche, en Almonaster la Real, en Cumbres Mayores y en Cumbres de San Bartolomé, donde encontramos un curioso coso con forma rectangular.

Entre las plazas históricas destaca la de Campofrío, que es la más antigua del mundo de cuantas siguen en funcionamiento. Por esa condición, esta villa ha sido una de las fundadoras de la Unión de Plazas de Toros Históricas de España. Erigido en 1.716, este coso está demarcado por un grueso muro circular de mampostería encalada, con tres gradas y un palco-balconcillo para la presidencia. Tiene un corralillo anexo con los chiqueros. La plaza, que fue construida por suscripción popular, se encuentra incluida en el Catálogo General de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. En el siglo XIX fueron apareciendo otras plazas como la de Valverde del Camino, ya citada en 1.827; la de Cortegana, inaugurada probablemente en 1.854; la de Ayamonte, levantada en 1.855; la de Aracena, estrenada en 1.864; la de Zalamea la Real, que data de 1.879; la de Fuenteheridos, inaugurada en 1884; la de Nerva, levantada en 1.888; la de Moguer, abierta en 1.886; la de Bollullos Par del Condado, estrenada en 1.899; y la de La Palma del Condado, inaugurada en el año 1.900.

Otra plaza que resulta de gran interés es la de Linares de la Sierra, en la que se celebra alguna vaquilla y un festejo anual en la celebración de San Juan Bautista. La plaza tiene la peculiaridad de que es en parte plaza de toros (con algunos tendidos y burladeros) y en parte plaza convencional, en la que hay bares y aparcan los coches. Cuando llegan los festejos se cierra la parte sur y queda exclusivamente como plaza de toros. Claro que si hablamos de plazas de toros, no podemos pasar por alto la de La Merced, en la propia Huelva, heredera de otros cosos anteriores. Además de ser la plaza de la capital de la provincia, es la que alberga el mayor número de festejos taurinos, especialmente durante las Colombinas. Recordaremos ahora otras plazas, todas ellas importantes por su historia, por su capacidad o por otros motivos.

En la Sierra destacan -además de las plazas citadas- los cosos de Santa Olalla (localidad que, además, posee un modesto museo taurino), Zufre, Arroyomolinos de León e Higuera de la Sierra, donde se celebra anualmente un interesante festejo benéfico. También en la Sierra encontramos el caso de Santa Ana la Real, en cuya modesta plaza se celebra un evento muy peculiar, el Toro del Voto. En el Andévalo hay un reducido número de cosos taurinos, aunque todos ellos destacan por su importancia histórica y por la calidad de los festejos que ofrecen. Se me vienen rápidamente a la memoria los de Nerva, Zalamea la Real y Valverde del Camino, que ya hemos citado. Cerrando el periplo geográfico, repasaremos las plazas de toros del Condado y el litoral. En esta zona son destacables, además del coso capitalino, los ruedos de Niebla, Paterna del Campo, Palos de la Frontera y Ayamonte.

Ocasionalmente, para la celebración de eventos taurinos se recurre a plazas de toros portátiles, como en Rociana del Condado y Lucena del Puerto, donde se usan habitualmente, o en Puebla de Guzmán, que recurre a ellas para festejos y vaquillas. En Gibraleón también se monta uno de esos ruedos ambulantes para acoger los eventos de rejoneo organizados con motivo de la Feria de San Lucas. Ocasionalmente, también son usadas en Lepe y en Manzanilla. Me consta que esto también ha ocurrido alguna vez en Los Romeros, aldea de Jabugo. En tales ocasiones, el municipio ha contado con tres plazas, ya que tanto Jabugo como la otra pedanía, El Repilado, poseen plaza estable.

Otras plazas, en cambio, han perdido su utilidad y duermen el sueño de los calendarios. La de Minas de Riotinto, construida en 1.882, fue derribada unos años más tarde. Su recuerdo -salvo una vieja foto- desapareció con el resto de lo que fue el antiguo pueblo minero. En el caso de Calañas, la gloriosa plaza construida en 1.894 cerró sus puertas en 1.912 y sólo quedan de ella algunos restos apenas reconocibles. La plaza de Galaroza, más reciente, fue derruida en parte, quedando en pie sólo una zona de su graderío. La de Fuenteheridos permanece en pie, aunque cada vez más abandonada, lo mismo que el modestísimo ruedo de Corteconcepción. Cerca del puente de Aradilla, en Villarrasa, existe una vieja plaza que debió usarse en antiguos festejos ligados a las romerías locales. En Castaño del Robledo existe una plaza, con el graderío adaptado a la topografía y una estampa hermosísima, en la que los alcornoques juegan un papel especial. Después de muchos años de abandono, la plaza ha sido recientemente adquirida por el Ayuntamiento, que pretende restaurarla. En el caso de La Nava, de la plaza de toros de piedra cercana a la ermita de la Virgen de las Virtudes sólo quedan referencias documentales del siglo XVIII, pero ni una sola roca que la delate sobre el terreno.

Opina el antropólogo Pedro Antón Cantero que las corridas son el máximo exponente del ritual mágico festivo del toreo, siendo un intento de sublimación artística del trance y la escenificación teatral del rito de la muerte. Pese a ello, no podemos dejar de reconocer que hay otras manifestaciones táuricas más de base en las que, claramente, también se da el comentado enfrentamiento entre ser humano y bestia, así como un cierto juego de la muerte. Es el caso de las capeas, de las vaquillas, de los toros de cuerda y de los toros embolados.

Entre los ejemplos más destacados de capeas y vaquillas tenemos los casos de Trigueros, en los últimos días de agosto y primeros de septiembre, y San Juan del Puerto, en las fiestas de San Juan Bautista. Otra de las capeas interesantes es la que tiene lugar en Cumbres Mayores, con motivo de las fiestas del Corpus Cristi. Sus vecinas Hinojales, Cumbres de Enmedio y Cumbres de San Bartolomé también cuentan con celebraciones en las que se sueltan vaquillas para la lidia popular. Algo parecido ocurre en La Corte de Santa Ana la Real, donde se construye una empalizada para soltar una vaquilla durante sus fiestas patronales en agosto. Arroyomolinos de León, Niebla y Beas igualmente ofrecen vaquillas en algunas de sus festividades. En algunas localidades, las vaquillas han tenido carácter ocasional, como en Cortelazor la Real o Cañaveral de León. Recuerdo que en Puerto Moral, de donde soy natural, se capeó alguna becerra hace ya muchos años, siendo yo aún adolescente.

Cierran el abanico de manifestaciones taurinas los toros ensogados (muy frecuentes en el pasado), embolados y similares. Por Canterla sabemos que en Cumbres Mayores tenía lugar en 1.756 una celebración en la que el protagonista era un toro embolado. En la actualidad tenemos en Villalba del Alcor un festejo con dos toros encordados, que tiene lugar con motivo de las fiestas del Carmen, a finales de agosto y comienzos de septiembre. Un caso muy especial era el “toro de San Marcos”, documentado por Canterla en Alosno en el siglo XVIII, aunque también podría haber existido en Villanueva de las Cruces o Alájar, que contaban con cultos a dicho santo. En 1.772, el Consejo Supremo de Castilla prohibió expresamente tal celebración porque contenía elementos paganos, pues el toro era tratado como una encarnación del evangelista, llegando a ser procesionado como tal.

Hasta aquí llega el repaso sobre la realidad del mundo taurino en nuestra provincia. Hay aspectos que no hemos abordado, como la crítica especializada, las industrias colaterales al mundo del toro, las peñas, las tertulias y otros que he considerado que nada aportaban a la idea central del presente trabajo, la del origen mágico y ritual de los festejos táuricos. En cualquier caso, es innegable que en nuestra provincia permanece ampliamente extendido el mito ancestral del enfrentamiento entre seres humanos y astados.

Visitantes de dormitorio en Huelva

De la mano y la pluma de mi buen amigo Moisés Garrido conocí un tema muy interesante, con casuística destacable en nuestra provincia. Es sin duda uno de los fenómenos ufológicos más controvertido y más polémico, aunque algunos investigadores prefieren encuadrarlo en el entramado místico, más que en el campo de la ufología. Me estoy refiriendo a los llamados visitantes de dormitorio, un fenómeno que parece guardar mucha relación con los íncubos y súcubos medievales, con las apariciones de espíritus en los siglos XIX y XX y con otros relatos de manifestaciones en las alcobas. En opinión de Garrido, las influencias pro-alienígenas de ciertas obras literarias norteamericanas han derivado esta casuística hacia el entramado ufológico en el que se ubica actualmente, aunque esa interpretación se debe también en parte a una serie de avistamientos ovni asociados a ciertos casos.

En breves palabras, los sucesos de visitantes de dormitorio o de apariciones de alcoba consisten en la presencia de entidades de aspecto antropomorfo, semitransparentes en algunos casos, y rodeadas de una intensa luminosidad. A veces, tales aparecidos traen intenciones manipulatorias. En general, esas presencias suelen acontecer cuando el observador está en su cama, casi a punto de dormirse o pocos instantes después de despertar. Excluyendo los casos patológicos, la gran incógnita que plantean estos hechos es si existe realmente una entidad externa al individuo o la explicación se halla realmente en su mente. No podemos olvidar que los momentos crepusculares son proclives a la apreciación como reales de algunas visiones oníricas (las llamadas alucinaciones hipnagógicas e hipnopómbicas) y que los momentos de relajación como estos son adecuados para que se produzcan estados alterados de conciencia, en los que podrían originarse percepciones extrasensoriales.

En cuanto a casuística onubense, Moisés Garrido ha recogido varias historias protagonizadas por vecinos de Huelva capital, de las que abordaremos algunas a continuación. En ellas se descarta el origen patológico, pero quedan abiertas otras puertas a su explicación racional, como detallaremos al final.

Comenzaremos por la historia de Julia G., que es una ama de casa aparentemente normal, nacida en 1.961. En 1.969, cuando contaba con ocho años de edad, tuvo su primera experiencia, escuchando voces cuando se levantaba de la cama. Era una voz de mujer que la llamaba por su nombre, pero ella se tapaba la cabeza hasta que se dormía. Una de aquellas noches llegó a ver una figura blanca, algo como una nube que iba convirtiéndose en persona: una mujer morena, con túnica, sonriente y silenciosa. Cuando Julia se tapó la cabeza oyó los pasos de la figura acercándose a la cama. Tras apreciar un ligero roce, notó que la aparición desaparecía. Allí comenzó una historia de fenómenos protagonizados por Julia, entre los que podemos citar psicografías, viajes astrales, premoniciones, contactos telepáticos, avistamientos de ovnis y un largo etcétera.

Su marido ha compartido alguna vez sus experiencias, como una vivida en 1.987, en la que el hombre oyó ruidos y pensó que eran ladrones. Al incorporarse vio una especie de ojo enorme que se precipitaba sobre él. Entonces alertó a su mujer y Julia vio en la habitación un nutrido grupo de seres blancos, luminosos, idénticos entre ellos y sin brazos ni rasgos faciales. Una mujer cantaba y los demás hacían música con sus voces. Ella se asustó y comenzó a rezar y los seres desaparecieron de inmediato a través de la pared. También su hija ha protagonizado algunos hechos significativos. En 1.988, contado la misma edad que Julia cuando vivió su primera experiencia, vio ante su cama a un ser alto, moreno, con una túnica blanca y un crucifijo; poco tiempo después observó a otro ser, esta vez rubio, con pelo largo y ojos rasgados.

A raíz de su experiencia, Julia G. ha enfocado su vida desde una perspectiva más trascendente y espiritual. Durante una de las entrevistas que tuvieron le comunicó a Garrido que el fenómeno la había ayudado a comprender que existen otras dimensiones, quién es realmente Dios, que la muerte no existe tal y como la entendemos...

La historia de Hermelinda Humanes, nacida en 1.954, comenzó cuando contaba con diez años. Afirma que por aquel entonces se murió un tío suyo y se le apareció poco después. Eso marcó el punto de inicio de una serie de fenómenos de ruidos, golpes y sombras, siempre mientras estaba acostada, llegando incluso a flotar en el aire y percibir caras en cuanto cerraba los ojos. La protagonista sufre en ocasiones visiones de tipo apocalíptico y recibe por medios psicográficos poemas -según ella- revelados por entidades espirituales elevadas. Humanes cree que la estaban sometiendo a un duro entrenamiento con el fin de que pueda ejercer la curación.

Hermelinda afirma ante Garrido que sus visitantes (a los que no duda en definir como extraterrestres) la llevaron al interior de un ovni, a finales de 1.989, tras haber tenido una visón en la que percibía dos soles, uno de los cuales era en realidad -según ella- una nave. Esa supuesta estancia en el ovni fue descrita de forma muy similar a las narraciones que ofrecen algunos protagonistas de abducciones, aunque Humanes afirma que tras la experiencia se sintió regenerada, como nueva. Al parecer, en los días siguientes se notó una marca en la nuca, como dos granitos que se encogían y sonaban.

Moisés Garrido conoció a Margarita Lopetegui, nacida en 1.932, por ser esta una profesional del sector librero. En cierta ocasión, la mujer anunció al investigador que había protagonizado una larga serie de vivencias de contactos, avistamientos y experiencias extracorpóreas. Todo comenzó -según narró a Garrido, cuando una noche se despertó y vio a su padre, que murió siendo ella muy niña, a los pies de la cama. Incluso si cerraba los ojos seguía viéndolo. La habitación se iluminaba por la luz que emitían los ojos del padre. Ella temblaba, aunque no sentía miedo. El aparecido se comunicaba con ella en un perfecto castellano y la ayudó a comprender los mensajes que transmiten las imágenes de los sueños.

Cuando Margarita contaba una edad de cuarenta y cinco años, allá por 1.978, comenzó a contactar telepáticamente con un ser extraterrestre llamado Luz del Alba, quien le aportaba información sobre Adán y Eva, la rebelión de Lucifer, etc. Habla también esta mujer de que en sueños ha viajado hasta una nave extraterrena, en la que un ser vestido de blanco, al que no veía la cara, le daba instrucciones. A diferencia de otros casos, a Margarita su experiencia le ha acarreado serios problemas personales, especialmente de tipo conyugal.

Vicente falleció al poco tiempo de que Moisés investigara su caso. Hasta ese momento, sólo había narrado esas experiencias a sus familiares, por lo que al principio le costó sincerarse con mi compañero. Decía percibir un par de extraños pitidos en la nuca que lo avisaban de la llegada de los seres que lo visitaban en su dormitorio. A continuación comenzaba una serie de sacudidas frenéticas que lo alteraban considerablemente. Él creía que los supuestos seres experimentaban con su cuerpo, entre otras razones porque a veces oía voces que le ordenaban qué hacer, dónde o cómo situarse... También creía que los seres convivían en su domicilio. En su entorno familiar, un sobrino suyo también ha protagonizado avistamientos y presencias de sombras durante la noche.
Estos son los testimonios estudiados por Moisés Garrido. En todos ellos -a juicio del investigador- subyace un estado anímico caracterizado por la presencia de ciertas carencias, como crisis afectivas, soledad interior, sentimiento de incomprensión, falta de autoestima, etc. y de tendencia a trascendentalizar sus encuentros. En algunos casos, como el de Julia y el de Hermelinda, Garrido ha detectado un cierto desarrollo de la capacidad de percepción extrasensorial, a la vez que en ciertas ocasiones se ha topado con descripciones de seres que encajan plenamente en figuras simbólicas y arquetipos. Tanta complejidad en el fenómeno nos impide de momento establecer una explicación tajante y definitiva para estas extrañas visitas.