
Ya avanzamos al comienzo que el cráneo trepanado hallado en nuestra provincia fue encontrado en la localidad de Jabugo, famosa por sus productos del cerdo ibérico. En concreto, en el yacimiento de la Cueva de la Mora. Esta cavidad se originó por un proceso cárstico en unos mármoles dolomíticos de edad correspondiente al Cámbrico Inferior. Estos materiales afloran en un área situada al norte del casco urbano jabugueño. Se trata de una cavidad de desarrollo casi horizontal con una leve pendiente hacia el Este. Está localizada en la vertiente sur de un cerro de 625 m. de altitud. Posee dos salas, la mayor, al comienzo, con unos siete metros de bóveda y la segunda, situada a mayor cota, de dimensiones más reducidas y con menor interés arqueológico. La importancia de este yacimiento, empleado como lugar de hábitat y funerario, radica en la amplia secuencia poblacional que se ha detectado y en el interés cuantitativo y cualitativo de la cultura material que se encuentra asociada a los diferentes periodos de ocupación.
Para conocer más a fondo el cráneo trepanado descubierto en Jabugo comenzaremos haciendo un poco de historia sobre el yacimiento que lo albergaba, basándonos en las investigaciones de dos buenos amigos, los arqueólogos Eduardo Romero y Timoteo Rivera, que lo han investigado en profundidad. Según la documentación que han manejado, en 1906, Juan Manuel Romero Martín, propietario de la finca “El Mirón”, inició unas labores de limpieza para convertir en almacén una cueva que había en aquel paraje. Los trabajos pusieron al descubierto algunos materiales arqueológicos que evidenciaban su uso por comunidades prehistóricas y llamaron la atención del dueño de los terrenos, quien lo notificó al Museo Arqueológico Nacional y donó los materiales a tal institución. Juan Manuel Romero inició en 1922 nuevas excavaciones, encontrando otros materiales que fueron mostrados en la Exposición Iberoamericana de 1929, para pasar después a estar depositados en el Museo Arqueológico de Sevilla. De todas esas labores nos ha quedado un importante legado consistente en piezas arqueológicas recogidas en museos, abundante documentación epistolar y un gran archivo fotográfico de material arqueológico (de muchas piezas se desconoce el actual paradero).
En cuanto al periodo Neolítico, en la Cueva de la Mora se recuperó material que corresponde a vasos cerámicos decorados (que se datan en la primera mitad del IV milenio a.C.). Tales utensilios tienen formas globulares y ovoides, que presentan decoración en franjas junto al borde. Esta decoración está basada en impresiones, incisiones y acanaladuras. Pero el mayor porcentaje del repertorio ergológico de esta Cueva se encuadra en el periodo Calcolítico, entre el 2500 a. C. y principios del II milenio a. C. En esta cultura material destacan los ítems de carácter ideológico, los denominados ídolos placas, construidos sobre pizarras o esquistos. Presentan formas rectangulares y trapezoidales, con una o dos perforaciones. Están decorados con bandas y triángulos reticulados (también llamados “dientes de lobo”), líneas en zig-zag, motivos de “chevrons” y soles. Estas piezas son similares a las halladas en la comarca lusa del Alentejo, donde son muy abundantes. Otras localidades onubenses también han aportado ejemplares de ídolos placa. Los dólmenes de El Pozuelo, en Zalamea la Real, son el ejemplo más prolífico. Además, el arqueólogo Enrique Pérez halló otro ídolo de pizarra en la excavación de una sepultura de cúpula en San Bartolomé de la Torre. En Aljaraque fueron halladas otras dos piezas de esta naturaleza. Estos ídolos placa encierran en su utilidad un gran misterio, por lo que por sí solos merecen un amplio estudio.

Por otra parte, los responsables de las excavaciones detectaron la existencia de grabados rupestres en el interior de la cavidad, representando a diversos animales, como avestruces y elefantes, entre otros. En una primera valoración no se ha confirmado su autenticidad pues no presentan pátinas, por lo que se está pendiente de contrastar su autenticidad. Puede que fueran realizados durante el pasado siglo, lo cual no se sabrá hasta que no se hagan los estudios pertinentes. En la Cueva de la Mora se ha constatado la presencia de restos faunísticos, como cráneos u otros huesos de tejón, comadreja, Capra hispánica, zorro, meloncillo y conejo. Pero lo más interesante es la existencia de restos humanos procedentes de los enterramientos realizados en su interior. La presencia de un mínimo de ocho individuos se deriva del estudio de tales restos, aunque podrían ser más.
El más importante de los restos óseos es sin duda alguna el cráneo trepanado, que presenta su respectiva mandíbula. Ambas piezas evidencian una preservación óptima. Corresponden a un adulto masculino, joven aún. Se trata de la única trepanación documentada hasta el momento en la provincia de Huelva y la tercera en Andalucía occidental, pero quizás no haya sido la única de la Cueva de la Mora, ya que parece haber evidencias fotográficas de otros restos con este tipo de operación, aunque lamentablemente se desconoce su actual paradero. El cráneo que nos ocupa presenta una perforación completa, con gran pérdida de sustancia oval en la zona central de la calota, de mayor anchura en la parte posterior, afectando al frontal y a ambos parietales. Las paredes de la trepanación son oblicuas, con una mayor pérdida de sustancia en la tabla externa. Las características de esas paredes evidencian una reacción cicatricial con supervivencia del individuo trepanado, en especial la porosidad del contorno en algunas zonas (en relación a un proceso infeccioso secundario).
La técnica de producción de la trepanación fue el legrado o abrasión por medio de un instrumento de piedra de superficie granujienta utilizado a modo de lima. Al margen de la trepanación, los otros únicos daños patológicos que presenta la calavera son dos pequeñas erosiones. La supervivencia pudo llegar a las dos semanas. Parece descartarse una intencionalidad médicoquirúrgica en la práctica de la trepanación, por lo que cabe inclinarse por un origen relacionado con prácticas mágicas o religiosas. Unas prácticas que nos abren las puertas a las incógnitas que se ciernen sobre aquella gente, sobre sus creencias y su visión de los temas trascendentes. Un misterio que tal vez nunca llegue a aclararse.
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