Cuando los medios de comunicación se hicieron eco del acontecimiento, una oleada de curiosos invadió la población, cuna de Juan Ramón Jiménez, atraídos por la conmoción creada en la plantación. Tal avalancha de visitantes, que llegaron a formar extensas hileras de coches en el camino de acceso, tuvo unas repercusiones negativas para los propietarios del recinto. La plantación de fresas que se encontraba en el interior del invernadero fue materialmente destruida y muy pronto comenzaron a sufrir daños los sembrados freseros colindantes. Los dueños se plantearon incluso retirar el plástico para evitar los destrozos. Para controlar las caravanas y la invasión humana, la Guardia Civil y la Policía Local de Moguer se vieron obligadas a intervenir. La solución adoptada fue facilitar el acceso al invernadero que albergaba la imagen y vallar el resto para evitar su destrucción. Los dueños, mientras tanto, deseaban que otra tormenta, igual a la que la creó, acabara con aquella pesadilla.
Pero no todos los curiosos eran tan fervorosos. Otros, menos devotos, no dudaron en causar leves daños al plástico, pintándolo con bolígrafos o clavándole palos, aunque sin deteriorarlo mucho. Sin llegar al vandalismo, también los hubo que le restaron divinidad, identificándolo como el Che Guevara o como el Camarón de la Isla. Nuevas interpretaciones desligadas de aspectos religiosos, pero con el mismo valor argumental.
En primer lugar descartamos que la mano del hombre estuviera detrás del origen de la imagen, ya que no había restos de pintura. Por el camino de acceso y en las inmediaciones del invernadero observamos muchas manchas de la misma naturaleza, aunque con formas menos caprichosas. Sin análisis, se abrían dos hipótesis distintas e indemostrables: la alteración por efecto de las descargas eléctricas conducidas a través de la humedad acumulada sobre los plásticos tras la lluvia o deterioros habituales de ese producto. En cualquier caso, tampoco se evidenciaba ningún indicio de un posible origen sobrenatural de la imagen. Es cierto que la misma se asemejaba a los rasgos de un rostro de varón, con cierta similitud con los que presentan algunas conocidas teleplastias, pero nada más.
Otro de los elementos que nos llamó la atención era que se identificaba la imagen con el rostro de Jesucristo pese a que no presentaba atributos específicos que así lo aconsejaran, como un aura, una corona de espinas u otros adornos crísticos. Tal identificación respondía claramente a interpretaciones subjetivas basadas en preferencias personales y carentes de rigor, un caso de lo que denominamos pareidolia, un fenómeno psicológico consistente en que un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible. Dicho de otra manera, es una interpretación arbitraria de la mente humana producida al asociar un patrón o forma con una figura reconocible de una persona u objeto. El ejemplo más habitual es la búsqueda de parecidos en las nubes. Es verdad que de alguna manera existía un cierto parecido con algunas imágenes de la iconografía clásica (por ejemplo, pinturas de El Greco), pero también lo había con los iconos del Che Guevara o Camarón, como alguna gente había anunciado, o de cualquier persona con barba y melena corta.
Algunos devotos habían respaldado la celestialidad de la figura argumentando unos supuestos cambios de tonalidad. Nosotros permanecimos allí casi todo el día y comprobamos que eran cambios de nitidez, que estaban ocasionados por la incidencia de los rayos solares, que hacían la imagen más nítida al mediodía que por la tarde. Por todo ello, llegamos a la conclusión definitiva de que el acontecimiento investigado no representaba ningún milagro ni fenómeno sobrenatural. Sólo presentaba interés como mero factor sociológico, indicativo de la superstición y la religiosidad popular.
Enhorabuena por el blog, amigo Ignacio. ¡Qué recuerdos me trae aquella visita que hicimos a Moguer para averiguar la naturaleza del rostro aparecido en el plástico!... Totalmente de acuerdo con tus conclusiones. Un abrazo, Moisés Garrido.
ResponderEliminarCamarón vive!
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