Visto desde cierto ángulo, su forma recordaba vagamente la silueta de alguna virgen, tal vez ataviada con un manto. Los más irónicos afirmaron que debía tratarse de la Virgen de Montserrat, ya que el color de la madera quemada era negro como el de la Moreneta. Chistes aparte, lo cierto es que desde el resto de perspectivas nada identificaba el perfil del árbol con ninguna figura religiosa. Pero, como la imaginación popular es tan creativa en algunos casos, el ansia de veneración se desbordó y el lugar se llenó, especialmente los fines de semana, de curiosos y de devotos, ávidos estos de lanzar al viento sus rezos y de atestar el árbol y sus alrededores de velas, rosarios, flores y estampitas de santos, vírgenes y mártires. Los cánticos de contenido religioso se convirtieron el la banda sonora original del entramado mitad folclórico, mitad pseudorreligioso.
Al conocerse la noticia, mi buen amigo Moisés Garrido, estudioso incansable de los enigmas de nuestra tierra, acudió hasta el lugar de los hechos, acompañado por el también investigador Francisco Bayo. Ambos comprobaron in situ la oleada de fervorosos orantes que se daban cita ante el carbonizado tronco. Vieron que no faltaban tampoco los enfermos que llegaban a pedir la curación. Algunos de los miembros de aquella cohorte de peregrinos identificaban en la madera a la Virgen de Fátima y otros, a la de Guadalupe. Cada cual a su gusto, pero la mayoría comenzó a denominarla la Virgen del Almendro. Una nueva advocación que jamás llegará a ser aceptada por la institución eclesiástica.
El párroco de la localidad no quiso pronunciarse públicamente sobre los acontecimientos, pero ante los investigadores evidenció su malestar por la dimensión y el alcance que tales hechos estaban tomando. Esa postura es de entender, ya que para cualquier persona -y más aún para el sacerdote- no resulta lógico que surjan lugares de culto en torno a tales manifestaciones, máxime cuando a muy corta distancia ya existe desde el siglo XVI un convento, el de Ntra. Sra. de la Consolación. Caprichos de la fe o del fanatismo.
Tampoco el dueño de los terrenos veía con buenos ojos la invasión de su propiedad privada, aunque no se estuvieran provocando daños de consideración. Al parecer, en alguna ocasión mandó cortar el tronco para acabar con la peregrinación, pero nadie se atrevía a ejecutar la orden, tal vez por miedo a un castigo divino o por temor a las represalias humanas. En consecuencia, el árbol siguió allí, junto a la cuneta, con su parafernalia de adornos piadosos y la idolatría de los devotos.
Un par de años más tarde tuve la ocasión de visitar el enclave, acompañado por Moisés Garrido y por Alejandro Rubio. La masiva peregrinación se había frenado considerablemente, pero aún eran visibles las últimas flores y estampas, resecas y descoloridas. Allí pude comprobar personalmente lo que ya sabía por Moisés, la forma del tronco era interpretable según el ángulo desde el que se mirara. Me fui con la evidencia de que nada de sobrenatural había en aquel despojo de madera semiquemada.
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